Fecha : 2011-07-31
  Ancianos del Hogar Quevedo, entre la soledad y el olvido
Sociedad

ABANDONO: LAS FAMILIAS LOS DEJAN Y ELLOS ENSEÑAN A REGALAR HUMANIDAD A SU ENTORNO

“Llegar a viejo es triste, no tengo familiares, me he quedado sola porque mi esposo ha muerto, uno de mis hijos también, y el otro sólo sé que está en Argentina y nunca viene”.

Marco A. Jiménez Vásquez


Cada mañana, más de una decena de ancianos traspasan el umbral de las puertas del Hogar Quevedo para ir en busca de los primeros rayos del sol, en una especie de intento de distraer la mente y alejar la soledad.

El tiempo no pasa inocente, deja huellas; el rostro de los ancianos es el mejor lienzo que encuentra para dibujar el paso inexorable de los años.

Con sus rostros agrietados, párpados cansinos, labios estremecidos y mejillas que ya no buscan el saludo cordial, sino que conducen hacia un caudal de lágrimas, los sabios ancianos dejan los últimos recuerdos de su vida entre las paredes de ese hogar.

La residencia María Esther Quevedo es mudo testigo de un corazón caritativo que se conmovió con el destino del adulto mayor. La antigua casona fue donada por la señora Esther Quevedo, a quien al carecer de una progenie que recibiera una herencia le resultó más acertado donarla.

El albergue funciona desde 1936. Con 75 años de servicio, trabaja coordinadamente con el Centro Transitorio Rosaura Campos, ubicado a pocas cuadras del Hogar Quevedo.

El Rosaura Campos cobija de manera transitoria a aquéllos que no necesariamente están solos, sino que se extraviaron.

La directora del Hogar Quevedo, Betsi Luna, informó que alrededor de 26 adultos mayores han encontrado un hogar de estadía definitiva en el Quevedo, en medio de una familia casual que nunca imaginaron.

Entre todos los internos hay seis mujeres, informó doña Alicia NN, una interna del hogar que aún mantiene lucidez y fuerza para conversar.

Los cuidados y la atención especial, según Luna, están garantizados. Los internos reciben una atención especializada en medicina, nutrición y cuentan con sesiones de fisioterapia.

Durante la tercera edad, los adultos atraviesan por una etapa de cambios bio-psicosociales, por lo que las necesidades se atienden de manera multidisciplinaria.

La avanzada edad no es ni ha sido un obstáculo para ser productivos. Con la sabiduría de los años y la destreza de sus manos, los ancianos elaboran tejidos y cultivan plantines, “para ayudarse”. Las ventas ayudan en la manutención del hogar y son una importante terapia ocupacional.

Estar involucrado con actividades productivas regala a cada interno la posibilidad de dar más de sí y sentirse “útiles” mientras pasan sus días.

Las frías estadísticas que maneja el Hogar Quevedo revelan que la mayor parte de los ancianos que ingresan a ese centro proviene del área rural y en calidad de extraviados.

Muchos de ellos llegan en calidad de “hallados” por la Brigada de Protección a la Familia, que coordina tareas con la Unidad del Adulto Mayor del Gobierno Municipal de La Paz.

Además del extravío, otros arriban a su nuevo hogar tras ser abandonados por sus propias familias, que simplemente dejan de lado a sus adultos, o los mantienen en su casa, pero en el abandono, lo que los arrastra a buscar espacios donde no sean considerados una “carga”.

En el Hogar Quevedo, los encargados buscan estrategias para hacer más llevadera la vida de los internos.

El trabajo con los ancianos enseñó al fisioterapeuta Cristóbal López que un adulto mayor tiende a tener una actitud sedentaria propicia a todos los males médicos y sociales.

En ese ambiente, sin embargo, López recoge como enseñanza el sentido de humanidad y solidaridad que cada uno de los internos expresa a su manera.  Como parte de una lección de vida, los adultos mayores, con frecuencia, reflejan el sentido de humanidad con los iguales.

Entonces, la soledad de un anciano demuestra, posiblemente, el hogar del hombre en busca de afecto, consideró el médico.

El Seguro para el Adulto Mayor (SPAM), dijo el doctor, cubre muy poco la necesidad que tienen los internos en medicamentos, importantes para combatir los achaques y males que aquejan durante la vejez.

A ello se suma el hecho de que  los propios adultos mayores tienen que acudir a los lugares donde se les brinda el servicio médico. Luego de la consulta, “en su mayoría, los adultos mayores acaban por cubrir los gastos de sus medicinas”, señala.

Una de las actividades frecuentes para los ancianos es salir a la calle a recibir los rayos del sol en las bancas de madera del frontis del Hogar.

Allí, Alicia Tobar Loza, esposa del ex jugador Jesús Bermúdez, se animó a hablar un poco de su día a día.

Como mujer de pollera y trabajadora a muy temprana edad para sacar a sus hijos adelante, revela que ahora la soledad y los recuerdos de su familia son sus únicos compañeros.

Cuenta que sus fuerzas aún le permiten realizar algunas actividades y ayudar a los administrativos.

En una mezcla de desconfianza ante los extraños, doña Alicia tiene ganas de expresarse, pero a momentos un recuerdo la frena.

“Tenemos miedo de declarar, nos van a hacer sufrir, como las wawas tenemos miedo”, comenta, sin ahondar en la descripción de las situaciones que la ponen en esa encrucijada.

Aunque para un extraño no resulta fácil allegarse a un anciano y ganar su confianza, ella supera la barrera y continúa. Desea que las personas sepan algo de su historia.

Al recorrer la mirada por doña Alicia queda un sentimiento de que, a pesar de todo lo que se haga para remediar su abandono, ella no oculta su resignación de vivir en soledad.

Sin embargo, si pudiera aclararlo, señalaría que “no es una soledad de reclusión, sino de destino”, como aquel que para saberse o autocontemplarse necesita de la soledad.

Uno de los recuerdos que logra apagarle la sonrisa de repente es el de su único hijo vivo, solamente sabe que  no la recuerda y que vive en Argentina. Con su otro hijo muerto, al igual que su esposo, ya no tiene familia que se acuerde de ella.

Más que cosas materiales, doña Alicia comenta que necesita compañía, que la valora mucho, incluso si se trata de algún ocasional periodista que la visita para removerle los recuerdos.

Extraña conversar, recuerda que hace mucho tiempo entre ancianos se podía convivir mejor, pero ahora se hace difícil, porque el idioma no lo permite. Señala que ella habla español y la mayoría se expresa en lenguas nativas, o simplemente no desea conversar, por lo que prefiere estar “calladita”.

Tengo 106 años, dice convencida de haber superado los años con valentía y revelar que aún tiene fuerzas para salir adelante, y si fuera posible lo haría por sus propios medios.

Antes de despedirse, entristecida murmura: “Cuando uno es viejo, así nomás se habían sabido olvidar”.       

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