Fecha : 2011-01-30
  La eterna guerra de los chiriguanos por la libertad
Revista 7 Dias

Apigauiqui Tumpa fue el último defensor de la liberación guaraní-chiriguana

Emilio Hurtado Guzmán*


La conquista karai (blanca-mestiza) de la cordillera chiriguana se reinicia en 1840 después de la Guerra de la Independencia, con la ocupación de tierras para la crianza de ganado vacuno en territorio indígena. Se observan desde entonces serios conflictos entre guaraní-chiriguanos y ganaderos karai. Desde 1842, además, se extiende la fundación de misiones franciscanas desde el río Parapetí hacia el sur y el oeste, que buscan evangelizar a los nativos.

El establecimiento de haciendas ganaderas se intensifica principalmente en la segunda mitad del siglo XIX con el auge de la plata. Grandes señores vinculados a la economía de la minería, como Aniceto Arce –quien sería presidente de Bolivia–, también se convierten en poderosos terratenientes y establecen sus haciendas en la chiriguanía. Por su parte, el Estado sienta presencia en esta región con el ejército, que resguarda los intereses de los hacendados y misioneros, y reprime a las comunidades indígenas.

El despojo de las tierras más fértiles del territorio chiriguano es cada vez más agresivo. La ocupación de tierras de cultivo de maíz de las comunidades por parte de los colonos y sus ganados provoca la reacción de los indígenas, quienes asaltan las haciendas quemando potreros, destruyendo cabañas y establos, y robando animales. Como respuesta, los karai protagonizan sanguinarias masacres –como la de Karitati en 1840–, donde mueren hombres, mujeres y niños de las comunidades.

Hartos de los abusos y de la ocupación de sus tierras, algunas parcialidades chiriguanas deciden emprender una guerra intensa para expulsar a los karai. Es la guerra de 1874-75, que se inicia con una ola de asaltos a las haciendas; luego se protagonizan asaltos a las misiones y valerosas batallas como las de Igüembe. Pese a tantos esfuerzos y pérdidas humanas, la derrota es inevitable para los indígenas. Los karai se hacen con mayores extensiones de tierras y echan a los vencidos de sus aldeas.

Después de esta confrontación, centenares de chiriguanos expulsados de sus tierras y aldeas deambulan en pequeños grupos buscando comunidades indígenas libres en tierras menos fértiles para incorporarse a ellas y mantener su libertad, aunque esto les signifique vivir en la extrema pobreza. Otros se resignan a acogerse a una misión franciscana buscando la protección de los curas para no ser esclavizados por los hacendados. También, muchos chiriguanos irremediablemente se convierten en esclavos de los karai, pues habían caído prisioneros durante la guerra. Por último, estaban aquellos que, despojados de sus tierras, al no encontrar una fuente de subsistencia, se resignan a ser empleados como peones de hacienda y así se someten a las duras condiciones de servidumbre.

Pese a la penosa situación de los chiriguanos tras la derrota, cuya propia subjetividad parecía haberse transformado definitivamente, es decir, de ser un pueblo orgulloso y libre pasaba a ser un pueblo sumiso y dominado, ésta no sería la última guerra que protagonizarían para expulsar a los karai. Estaría el esfuerzo final, como un último grito desesperado al mundo entero de lo que fueron los guaraní-chiriguanos: iyambaé, una nación que no admite dueños ni patrones. Esta guerra sucedida en 1892 estuvo dirigida por un joven chamán, Apiaguaiqui Tumpa. Ésta es su historia.

La lección de una madre


Apiaguaiqui fue hijo de una cuña y de un ava cualquiera, no de estirpe como señalan de manera absurda algunos. No se sabe nada de su padre, posiblemente fue muerto en la guerra de 1874-75, como muchos ava que lucharon por expulsar a los karai hacendados del territorio ancestral indígena para liberarlo de las condiciones de opresión que éstos trajeron.

Apiaguaiqui era entonces un niño que apenas superaba los 10 años cuando fue llevado por su madre de una aldea a otra buscando la triste subsistencia del indígena que es vencido. Por un tiempo también sufrió las condiciones de servidumbre, primero ayudando a su madre, quien fue sirvienta en la casa de hacienda de José Manuel Sánchez, el más rico ganadero de la región de Yohay, luego como pastor de cabras en la hacienda del mismo karai. Allí sufrió el maltrato y vio cómo su gente era sometida a los crueles castigos del cepo de tortura y los latigazos. Cuando los esclavos y peones cometían una leve falta contra el patrón, eran aprisionados de pies y manos con pesados cepos y expuestos al sol por varias horas y hasta días sin alimento. Cuando la falta era mayor, eran sometidos a crueles latigazos en el cuerpo, algunas veces hasta provocarles la muerte.

Su valiente y joven madre, resignada por un tiempo al insulto y al acoso del patrón, no estaría dispuesta a brindarle una vida de esclavitud a Apiaguaiqui. Una noche su fuerza maternal le hizo huir de aquel infierno llevando a su hijo de la mano. Esta actitud sería realmente ejemplar y aleccionadora para Apiaguaiqui. Supo entonces que la libertad había que conquistarla por las propias manos.

La masacre de Murukuyati

Apiaguaiqui y su madre nuevamente erraban entre las pobres aldeas indígenas buscando integrarse a una de ellas y obtener el alimento para sobrevivir cuando por fin se establecieron en Murukuyati. Era una pequeña aldea ubicada en la vertiente oriental del Aguaragüe, conformada por algunas familias chiriguanas que, expulsadas de su territorio por los hacendados, se habían establecido allí buscando tierras marginales donde sembrar su maíz y vivir en libertad. Para Apiaguaiqui y su madre, después de haber sentido en carne propia los abusos de los karai en las haciendas, Murukuyati les pareció un pedacito de la Tierra sin Mal que antes fuera el extenso territorio ancestral chiriguano, ya en esos días lleno de la maldad karai.

La pequeña chacra comunal no abastecía lo suficiente, pero ahora todos los esfuerzos en trabajo eran de todos y para todos los comunarios, no así para un patrón que los humillaba y maltrataba. Ahora podían darle descanso reparador a sus cuerpos. Las últimas horas de la tarde se observaba un ambiente festivo donde se escuchaba música interpretada con los temimbi y los tambores. Apiaguaiqui bailaba junto a los demás jóvenes, hombres y mujeres, o jugaba el tradicional juego de pelota llamado tóki con los de su edad. Los más adultos, parlanchines y alegres, jugaban sus tradicionales juegos de azar como el tshúcareta.

Por las noches todos se congregaban alrededor de los ancianos, los arakua iya (dueños del saber), quienes transmitían los valores ancestrales narrando la historia de los Tumpa, creadores de todos los seres, y de los Iya, sus dueños protectores, y la historia de los antepasados, brillantes mburuvicha (capitanes) y valientes quereimba (guerreros) y sus victorias contra el cobarde karai durante la época de la colonia española. Apiaguaiqui, que casi tenía 14 años, asimilaba con claridad las enseñanzas de los arakua iya y reflexionaba sobre su propia experiencia de cambio de vida desde que llegó a Murukuyati, así, en su mente y su corazón se iban formando con ímpetu los deseos de luchar por liberar a su pueblo de las cadenas de la opresión.

Pese a las estrecheces económicas, los chiriguanos de Murukuyati creían vivir bien porque gozaban de libertad, su felicidad no duraría por mucho tiempo, sería aplacada con la masacre. Un día llegó a la aldea el oficial del ejército Eduardo Cuéllar, junto con cuatro soldados, enviado por don Pedro Zárate, poderoso señor hacendado y Delegado del Gobierno de la República para la distribución de tierras conquistadas a los indígenas. Este tenía la orden de realizar trabajos de agrimensura e inspeccionar la calidad de la tierra. En ese afán, sin ningún respeto estropeó los cultivos de maíz indígenas. Curichama, mburuvicha de Murukuyati, lo hizo detener y desarmar, también a sus soldados, obligándolos a abandonar sus tierras. Cuéllar, sintiéndose humillado, fue con Zárate y no sólo le informó lo que había pasado, sino que agregó que los de Murukuyati planeaban una rebelión de gran alcance contra los blancos.

Zárate organizó inmediatamente una expedición de castigo. Con varias decenas de soldados. Una noche, cuando todos dormían, atacó Murukuyati y asesinó a balazos a hombres, mujeres y niños, y quemó las cabañas. La mayoría fue masacrada en su lecho sin darle tiempo a defenderse, algunas mujeres sobrevivientes fueron llevadas brutalmente como esclavas junto a sus pequeños hijos. Sólo Apiaguaiqui y un ava que recién se había integrado a la aldea pudieron escapar en la oscuridad de la noche. Apiaguaiqui, estaba lleno de dolor, se sentía impotente ante la irremediable muerte del ser que más amaba y admiraba, su madre. Era noviembre de 1877.

Conciencia de libertad


Vagando por el bosque los sentimientos encontrados inquietaban al adolescente Apiaguaiqui. Su corazón lleno de dolor le incitaba a vengar la muerte de su madre, lo que en aquellos momentos era un suicidio. Matar al señor Zárate no cambiaría su situación ni la de los suyos, por el contrario, en el intento podría encontrar la misma muerte. Por otro lado, su memoria lo empujaba a recordar las palabras de los ancianos de Murukuyati, ahora muertos. Entonces, quiso ser un guerrero, unificar a las comunidades libres, a los ava oprimidos de las haciendas y de las misiones y emprender una guerra para expulsar a los karai. Ése sería el mejor homenaje a su santa madre. De esta manera se dio cuenta de que le faltaba mucho por aprender de los inteligentes mburuvicha, de los sabios arakua iya y de los poderosos ipaye (chamanes).

Así, tomó conciencia de que para liberar a su pueblo, la paciencia y adquisición de sabiduría y conocimiento serían sus mejores aliados. Apiaguaiqui ya no era el mismo, había madurado de golpe, comenzó de esta manera su propia preparación rigurosa en camino a la liberación chiriguana.

La escuela

Encontró acogida en la aldea de Bororigua, asiento del mburuvicha guasu Machirope. Pronto se acercó a Machirope y ganó su confianza, a tal punto de que se convirtió en su mensajero. Aprendió política de él asistiendo a las Asambleas comunales e intercomunales, también conoció la cultura karai. Se informaba de lo que sucedía entre los karai y los indígenas llevando los mensajes de aquel mburuvicha guasu a otras aldeas en las cuales se extendía su influencia. En esos trajines conoció a un viejo ipaye muy respetado llamado Güirarayu.

Los ipaye jugaban un papel importante en la vida de los chiriguanos. No sólo curaban las enfermedades y dolencias corporales; por sus conocimientos del más allá profetizaban lo que iría a suceder en el futuro, por eso, durante la guerra no se tomaba una decisión sin escucharlos y su presencia entre los quereimba era de vital importancia para la victoria.

Un día, Apiaguaiqui agradecido se despidió de Machirope y se fue a vivir con Güirarayu, de quien se convirtió en su aprendiz. Pasaron los años y llegó a ser un excelente ipaye. Ahora se sentía preparado para convertirse en mucho más que un mburuvicha guasu (capitán grande), se sentía capaz de unificar a su pueblo e ir contra los karai. Para él había llegado el momento de actuar.

El profeta se encamina


La primera oportunidad que ejerció su poder para curar enfermedades fue sanando a Ayemoti, neófito de la misión de Cuevo, quien padecía una enfermedad aparentemente incurable. Éste se convirtió en su primer discípulo. Entonces, Apiaguaiqui comenzó a profetizar por todas las aldeas, y en reuniones secretas entre los peones de hacienda y neófitos de las reducciones misionales.

Era el año de 1889. Demostraba sus poderes curando las enfermedades y practicando la ventriloquia. Con esta última hacía creer a sus seguidores que él tenía el poder de hacer hablar a los animales. Llamaba a todos a la unión para ponerse en pie de guerra. Les decía que había llegado el momento de expulsar a los invasores, les pedía confianza asegurando que él les protegería de las balas haciendo que éstas se derritieran antes de llegar a sus cuerpos, o que si morían alcanzados por una bala resucitarían pronto.

La admiración de su gente creció a tal punto que recibió el nombre de Tumpa, es decir, espíritu grande que había bajado de entre las estrellas para liberar a su pueblo. Ya en la plenitud de su fama se estableció en Ivo.

Después de la Guerra de 1874-75, los mburuvicha de Ivo y Cuevo emprendieron una larga y desesperada gestión ante las autoridades gubernamentales y eclesiales para convertir a sus poblados en misiones, con el fin de no ser gobernados por los hacendados, perder sus tierras y convertirse en peones.

Cuevo fue escuchado y pasó a depender de la misión de Santa Rosa, en 1887, cuando gran parte de sus tierras de cultivo ya estaban cercadas como propiedades karai. Sin embargo, Ivo no fue escuchado, entonces este pueblo se dio cuenta de que el único camino para no ser sometido a una vida de servidumbre y maltratos era la guerra. Esta disposición hizo que Apiaguaiqui lo elija como el centro del último gran movimiento por la liberación del pueblo chiriguano del siglo XIX.

La guerra de 1892

En grandes Asambleas donde participaban mburuvicha y mburuvicha guasu de las regiones del Pilcomayo-Sur, Cordillera Central, Kaipipendi-Yuty, Alto Parapetí, Parapetí-Charagua y otras, se decidió dar inicio a la guerra en los días de carnaval de 1892. Sin embargo, un suceso precipitó el inicio de la guerra. La noche vieja de 1891, el corregidor de Ñuumbyte (Cuevo) violó y asesinó a una jovencita chiriguana, pariente de Asukari de Ivo. La furia de los chiriguanos se vino llegar cuando el asesino no recibió ningún castigo por parte de las autoridades. Era el colmo de los abusos karai.

La guerra se dio inicio el 7 de enero con el ataque quereimba a una tropa dirigida por el teniente Sanz, quien fue sorprendido por una lluvia de flechas en la quebrada de Mandiyuti. Grupos de guerreros chiriguanos distribuidos por toda la cordillera, asaltaron haciendas en la zona de Camiri y Lagunillas, en Alto Parapetí incendiaron las casas de las familias Franco y Chávez, varias propiedades fueron tomadas en la cordillera Central y en las cercanías de Ivo.

La movilización militar fue general en la cordillera y en Santa Cruz. El coronel Mercado de Saipurú fortificó sus tropas con voluntarios de Gutiérrez y Charagua, y con 100 flecheros neófitos de las misiones del Gran Parapetí. El cuartel de Choreti fue reforzado con peones obligados por sus patrones a asistir a la guerra. En la ciudad de Santa Cruz, el prefecto Gonzales reclutó a 150 milicianos. El obispo Belisario Santisteban exigió en esta ciudad rezar y realizar misas en todas las iglesias en contra de “los paganos” e “indios infieles sublevados en la provincia Cordillera”.

El 13 de enero se protagonizó una primera batalla en Kuruyuki. El coronel Frías de Sauces, con un ejército nada uniforme de soldados, voluntarios y flecheros, enfrentó a los quereimba de Apiaguaiqui. Frías tuvo que emprender la retirada al verse incapaz de vencer a sus enemigos. Hubo tres muertos y 20 heridos.

La madrugada del 21 de enero, Apiaguaiqui con 1.000 quereimba de a pie y 300 a caballo atacó el cuartel de Santa Rosa con el fin de tomarlo. Sin embargo, el traidor Mandeponay, mburuvicha de Macharetí, había advertido al coronel Frías de este ataque. Los defensores del cuartel enfrentaron al ejército chiriguano, preparados, distribuidos estratégicamente para disparar desde distintos puntos de las instalaciones castrenses. Después de una corta batalla, desconcertados, los de Apiaguaiqui emprendieron la retirada con 40 bajas.

Batalla de Kuruyuki

A los pocos días el cuartel de Santa Rosa recibió refuerzos de Santa Cruz. El coronel Gonzales tomó el mando de un ejército de 1.690 hombres, bien dotado de municiones y armas. Este ejército se encaminó a Kuruyuki.

Apiaguaiqui y sus quereimba, pintados sus rostros de negro y rojo con plumas sobre la cabeza, la mayoría armados con arcos y flechas, y unos pocos con armas de fuego, esperaron a sus enemigos listos para la batalla, mientras los mburuvicha enardecían el ánimo guerrero con sus palabras épicas.

La batalla se realizó el 28 de enero. Se dice que los chiriguanos lucharon con un valor sorprendente. Muchos caían muertos, pero ésa no fue razón para que disminuyera la moral. Los gravemente heridos continuaban usando sus arcos y flechas sin importarles su estado fatal. Estaba claro que en la conciencia colectiva prevalecía el deseo de vivir en libertad o morir antes de volver a verse dominados por los karai. Sin embargo, la desventaja en armas, municiones y hombres era demasiado grande para ellos. El ejército karai fue ganando terreno. La derrota chiriguana se tradujo en alrededor de 900 muertos y 800 heridos. Apiaguaiqui pudo escapar junto a los pocos sobrevivientes.

Gonzales hizo un rastrillaje para liquidar a los heridos y tomar prisioneros a sus mujeres y niños, a quienes luego hizo mandar a los siringales de la amazonia como esclavos. A mediados de febrero llegó el coronel Melchor Chavarría, delegado del gobierno de la República, quien emprendió una expedición de exterminio de todo prófugo chiriguano, cometiendo crueles castigos y violaciones en las comunidades; ejecutó a más de 1.200 prisioneros. En estas circunstancias Apiaguaiqui fue entregado a los karai por uno de sus seguidores.

La tarde del 29 de marzo de 1892, en la plaza de Monteagudo, donde se congregó a todo el pueblo, Apiaguaiqui fue sometido al tormentoso suplicio en la más dolorosa soledad. Los detalles de este suplicio no se conocen con claridad. Dicen que lo empalaron; es decir, que le clavaron un palo hasta que éste salió por su boca, posiblemente para que, por vergüenza, ningún chiriguano se atreva a contar su historia y se enorgullezca de su valentía.

Sin embargo, leal a sus ideales, Apiaguaiqui soportó la humillación y el dolor, y no pidió perdón ni clemencia en ningún momento. Pronto comenzó a oscurecerse el día, los últimos rayos de sol que se suelen observar tras las montañas de la Cordillera Chiriguana se desvanecían poco a poco junto con los últimos suspiros de Apiaguaiqui, la última esperanza de la liberación chiriguana frente al Estado republicano colonial.

* Es escritor e investigador social
 
Fuentes consultadas

Pifarré, Francisco. Los Guaraní-chiriguano. Historia de un pueblo. CIPCA, La Paz, 1989.

Saignes, Thierry. Historia del pueblo chiriguano. Plural editores, 2007.

Sanabria Fernández, Hernando. Apiaguaiqui-Tumpa. Los amigos del libro, La Paz-Cochabamba, 1972.

Varios autores. Chiriguano. Jürgen Riester editor, 1995.

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