Los funerales incluyen cada vez menos rituales

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Soldados custodian el velorio de un benemérito.

Jocelyn Giovanna chipana lópez

Cada persona sufre el duelo a su manera. Antes se realizaban diversas prácticas para que el difunto abandone la tierra con éxito y que la comunidad acompañe y alivie el dolor de su familia, tradiciones que con los años fueron cambiando.

Hasta hace pocos años, los rituales para despedir a un familiar que partió hacia el más allá requerían solemnidad, dedicación y participación de la comunidad o vecindad.
Lo primero que ocurría, según cuenta Primitiva Calle (de 72 años de edad), es que la noticia se debía difundir a toda la comunidad.

“En el campo se acostumbraba a quemar hojas verdes para que desprenda bastante humo blanco, así la gente se enteraba de la pérdida”, contó Calle.

Esta práctica cambió con la edificación de las iglesias y el repique de las campanas, que anunciaba la mala noticia.

David Escobar, adulto mayor de 75 años, recuerda que se debían tocar dos golpes largos o pausados seguidos de dos cortos.

“Todos los comunarios, anoticiados, ya planificaban sus labores para participar en los actos fúnebres y colaborar de la manera que podían”, contó el entrevistado.

Esta práctica cobró un nuevo sentido tras la Guerra del Chaco. “Se decía que cada que moría un benemérito era llamado por Dios por el valor que tuvo al defender a su pueblo, toda la comunidad debía orar por su alma, por ello se acostumbraba poner en altavoces música de caballería. Con el paso de los años, las viudas también realizaron esta práctica, hasta que finalmente se convirtió en una tradición para todos los difuntos”, explicó el historiador Tomás Fernández.

Velorio
De acuerdo con Cancio Mamani, jefe de la Unidad de Antropología de Descolonización, cuando una persona fallece tiene cuatro ajayus o almas.

“La primera se queda en la casa donde falleció (sayaña), su función es cuidar su cuerpo, la segunda vive con cada familia cuidándola, la tercera se queda en el ayllu o la comunidad y la cuarta se dirige hacia el Centro de la Galaxia, al Centro del Universo, al Q’untiki”, aseveró Mamani.

Por este motivo, las familias debían preparar al cadáver de una manera esmerada para que permanezca presentable en cada una de estas facetas.

“Usualmente los hombres más fuertes de la comunidad debían bañar al difunto si éste era varón, si era mujer lo hacían las cuñadas y hermanas. Era importante que le pongan su mejor ropa, la de fiesta, porque ésta sería la última imagen que tendría la comunidad del fallecido”, contó Calle.

También era importante que el difunto varón lleve sombrero y en el caso de las mujeres debía estar muy bien peinada.

“Las trenzas tenían que estar bien sujetas y escondidas porque se creía que había la posibilidad de que los cabellos se enganchen en el camino y no la dejen llegar a su destino”, añadió la entrevistada.

Ritos
Toda la comunidad debía asistir al velorio, que, por lo regular, demoraba tres días.

“Todos llegaban con algún aporte al velorio, se llevaban bebidas, pasankalla, coca, refrescos, cigarros, velas y artículos similares, mientras que las mujeres más allegadas a la familia se dedicaban a cocinar un ají de alverja”, agregó Escobar.

Todos los que asistían al velorio durante los tres días debían comer junto con el difunto sin importar si el ambiente tenía malos olores debido a la descomposición del cuerpo.

“Se consideraba que era la última oportunidad en la que el difunto compartiría con la comunidad y con su familia”, agregó Calle.

Entierro
“Era muy importante que dentro de su ataúd se ponga una moneda porque algunas creencias aseguraban que debía ser transportado por una barca y el conductor de la misma le cobraría esta moneda por trasportarlo”, detalló Calle.

Además de este objeto, todas sus pertenencias preferidas o más utilizadas debían ser enterradas también.

“El muerto tenía que llevarse su bastón, sus llaves, el cucharón de la madre que cocinaba, sus zapatos, hojas de coca y flores blancas; de no hacer eso, se cree que el difunto vuelve a atormentar a la familia por sus pertenencias”, dijo Escobar. Toda la comunidad acompañaba a la familia doliente hacia el cementerio. Durante el recorrido no podía faltar la música caracterizada por tonadas tristes. En el cementerio se abría el ataúd para dar el último adiós, excepto cuando el muerto se suicidaba.

“Para la sociedad, el cementerio era considerado un campo santo, mientras que el suicidio era un pecado imperdonable, por ello, a los que se quitaban la vida no se les permitía el ingreso, debían ser enterrados en la puerta como cuidadores eternos”, contó Escobar.

El 'quita pena'
Tras el entierro, la comunidad volvía al hogar de la familia y continuaba acompañando a los dolientes.

“La comunidad se encargaba de atenderlos como agradecimiento y consideración por su tristeza”, narró Calle.

Debido a ello, en algunas ciudades se crearon espacios de atención a los dolientes, uno de ellos, que en la actualidad funciona detrás del cementerio general de La Paz, continúa brindando este servicio.

“Cada día tenemos una atención nueva, el servicio depende mucho de la cantidad de dolientes y del requerimiento de la familia, algunos quieren con comida, otros con bebidas y otros solo piden cerveza”, señaló Gloria Chura, propietaria del negocio.

Para las familias era importante contar con el consuelo de la comunidad; sin embargo, para los viudos se debía tener más atenciones.

“Durante la semana siguiente, la viuda no podía dormir sola, tenía que llevar una acompañante que usualmente eran las hijas o las cuñadas, se creía que el difunto volvería a recogerla del más allá”, aseguró Escobar. Lo mismo ocurría con el viudo, solo que en esta ocasión los acompañantes acostumbraban a beber junto con el doliente.

Lavatorio de ropa del difunto
Antes de los siete días, las familias acostumbraban a lavar y a quemar la ropa de su difunto.

"Después de que una persona muere, se quema la ropa y todo objeto que perteneció al difunto en el lugar denominado Alma pichhaqara, que existe en cada comunidad. En la tarde, mientras secaba la ropa, los acompañantes, que eran amigos y familia cercana, bebían y comían a la espera del atardecer”, explicó el yatiri Lurelio Cutili.

Añadió que la ropa del muerto era sacudida a modo de espantar las penas, luego era puesta en el fuego, para lo cual en muchos casos se llevaba a un amauta o yatiri para que interprete las cenizas, y en algunos casos el experto adivinaba quién de la familia sería el siguiente viajero.

“Para finalizar los rituales, los dolientes más cercanos debían saltar sobre la fogata para eliminar la tristeza, aunque ello no significaba que debían sacarse el luto hasta dentro de un año, cuando se celebraría el cabo de año”, detalló Cutili.

Cada una de estas prácticas tenían el objetivo de aminorar la pena de la familia doliente; sin embargo, en la actualidad, gran parte de estos ritos fueron reemplazados por los servicios de las casas funerarias.