El gusto: un diferenciador cultural

Tapa del libro al que hace referencia el autor.

Por Ojo de Vidrio

El libro se llama La Distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Y es de Pierre Bourdieu (Ed. Taurus, 2012, 784 pp. Primera edición: 1979). Es un estudio sistemático del gusto como diferenciador cultural quizá no menos eficaz que el diferenciador de clase, porque obra incluso en el seno de la izquierda. No olvidemos que el gusto es “uno de los índices más seguros de la verdadera nobleza”. Leer el Diario del Tambor Vargas es también juzgar vanos sus esfuerzos porque algún bachiller, señor del “buen gusto”, corrigiera el texto; no lo hizo y así nos llegaron sus narraciones crudas sobre una guerrilla en la cual no se pasaba un solo día sin matar o morir por la patria, según decía Carlos Montenegro.

¿Qué ventajas tienen ellos, sean de derecha o de izquierda? Su proximidad de siglos a la cultura de Occidente los ha convertido en dueños del gusto, en fiscales del buen gusto, en monopolizadores del vivir náis tanto en la arquitectura como en el decorado de interiores, en la selección de cuadros, en los tés que toman, en las bebidas importadas que consumen, en los platos internacionales que comen, en los comentarios a las obras de arte, en la ropa discreta e incluso austera pero con tweed inglés, corbatas italianas, seda veneciana, zapatos Guante, y no se diga perfumes, de aquellos que uno se queda oliendo extasiado y pregunta qué siempre es. Esto no se aprende como capital escolar sino en el seno de la familia, en contacto con una tradición que quizás se remonta a la Colonia. Sean hijos de curas o de soldados, igual exhibirán sus orígenes más remotos y su heráldica, su escudo familiar y sus orígenes allende los mares.

El diferenciador de clase indica qué lugar ocupas en el aparato productivo y cómo te llega el ingreso, pero el diferenciador de gusto puede obrar incluso entre izquierdistas, pues nadie conoce a un líder que escuche radio aymara o quechua a las 6 de la mañana y se distraiga con bronces de morenada o quenas vernaculares. Primero, ellos dicen que nadie que se respete puede escuchar música de madrugada, a no ser que hayas tenido una velada prolongada, y entonces cuánto mejor la “música culta”, el puro habano, el coñac tibio y de marca, la media luz y el silencio.

Los dueños del buen gusto saben hasta dónde te puedes acercar, hasta aquí nomás, porque más allá está el salón y el club exclusivos a los cuales vos así nomás no vas a llegar, está la mansión en Tiquipaya, la “música culta” y las bebidas finas. Quizás algo de eso ocurrió con la composición del suboficial Eduardo Lafuente Limache, autor del Himno a Evo, cuya letra no “concuasa” con el buen gusto occidental, pero ¿acaso lo hace la letra del Himno Nacional, con sus símbolos grecolatinos que se repiten en el Escudo? ¿Y sus voces equívocas como “el hado propicio”, que a todos nos sonó como “helado propicio”? ¿No cantábamos, acaso: “guarda el Beni chancaca en petaca / y te brinda majau Santa Cruz?
Hay una morenada en la cual los músicos gritan con voces viriles: Esta noche te voy a decir / esas palabras de amor / yastá (Y algo como Te has jodiu). Fue un éxito hace muchos años, pero no faltará señorito que frunza la nariz. ¿No ve? Sea de derecha o, peor, de izquierda. No está dirigido a una “peregrina paloma imaginaria”, a una “llama inalterable”, a “este país tan solo en su agonía” sino a una cholita alteña monda y lironda.

El conflicto por el gusto estalló otra vez con la composición del suboficial Eduardo Lafuente Limache, que titula Himno a Evo y cuya letra es motivo de frunciditas de nariz: “Tu patriotismo, nuestro ideal / y también tu gran virtud / has unido a Bolivia en un gran corazón / gran ejemplo para imitar”. Y el “cuerpo del delito”: “Evo Morales, tú tienes la luz / la ideal Orinoca tu cuna tenió / al hombre que un día la historia cambió / y a la patria querida es quien la unió”. Si el suboficial mandaba a corregir eso de “tu cuna tenió”, quizás hubiera tardado los años que se atribuló el Tambor Vargas.

GAMALIEL CHURATA Y LA EDUCACIÓN

Gamaliel Churata (Arturo Peralta) fue uno de los fundadores de Gesta Bárbara. Era peruano y cumplió en realidad tres exilios: 9 meses en 1918, de 1935 a 1964 y de 1964 a 1969; las dos primeras veces de Perú a Bolivia y la última, de Bolivia al Perú, luego de trabajar por doce años en el Palacio y de participar en la acumulación de fuerzas populares para la revolución de 1952. Lo citamos porque es de los pocos formados por una educación occidental, que apostó por una estética andina, como lo hace en su novela El Pez de Oro. Churata, nuestro Joyce andino, no se planteaba la resurrección del aymara y el quechua, y quizá de otras lenguas prehispánicas, sino ese desenfado cultural que encontramos en la Nueva Cronica y Buen Gobierno, de Guamán Poma de Ayala, en el cual hay una simbiosis cultural castellana, aymara y quechua, que permite postular una estética andina.

No hay que fabricar culpas artificiales: desde la fundación de la República, no somos culpables de la educación que recibimos, mechada en todos sus ciclos por la historia del occidente del Mar Mediterráneo, pero ni siquiera la historia de todo ese mar, pues el Imperio de Oriente y el Patriarca de Constantinopla son minuciosamente negados por el Occidente. Esta historia parroquial la heredamos como si fuera una historia universal, y por eso tenemos dos estéticas, quizá más, que entran en colisión. No somos tan europeos como para resistirnos a los bronces de una morenada ni tan originarios como para sentir esos vientos y timbales como propios. Somos cholos de múltiples culturas pero no queremos admitirlo. En efecto, ¿dónde están esos disfrazados de otras culturas, esos chulupis con tongo de los que hablaba el Chueco Céspedes, en el suboficial o en los poetas que escribieron las letras de nuestros himnos? Hans Magnus Enzensberger se preguntaba cómo podíamos construir una cultura de paz si nuestros himnos estaban plagados de elementos bélicos; si a los niños alemanes se los había educado en el odio contra sus vecinos franceses, si “mexicanos al grito de guerra” o “morir antes que esclavos vivir”. Cuando Ernesto Cardenal fue ministro de Cultura en Nicaragua cambió el himno por una sinfonía de paz; pero cayó el sandinismo y lo primero que hizo fue restituir su himno de guerra.

Esta tensión cultural y educativa se nos aparece en el menosprecio de unos cuantos ligados a las redes sociales cuando se enteran de la composición del Suboficial La Fuente. No tratan de entenderla porque les han acumulado argumentos sólidos para desarrollar una “furiosa autodenigración”.