POTOSÍ 1600 c.c.

Tapa del libro en su nueva edición.

Por Ojo de Vidrio

La novela se llamaba Potosí 1600 c.c. porque no tiene rigor histórico y si los investigadores me reclamaban podía decir que era la cilindrada del Potosí de entonces, quizá más. Pero así ganó el Premio Nacional de Novela Alfaguara 2001 y hoy acaba de entregarla el Grupo Editorial Kipus en su quinta edición. Lo hice en la Feria del Libro de Punata, ubicada en un supermercado de lujo construido en la antigua Waca Playa y dotado de escaleras mecánicas que no encontraremos ni en la ciudad capital y por supuesto se llama Supermercado Evo Morales Ayma.

La presidenta del jurado me contó que, en la sesión final, Néstor Taboada Terán conjeturó que el autor seguramente era un anciano investigador que había dedicado su vida a conocer la Villa Imperial, y que debían darle el premio. Así se hizo, pero al abrir la plica se encontraron con el nombre de este hualaycho, y probablemente causé indignación en alguno de los jurados (o alguna de las juradas). La misma presidenta me preguntó cuánto tiempo había empleado en investigar y escribir la obra y le dije que dos años. Quiso saber cuánto tiempo había vivido en Potosí y le dije que nunca, y que apenas conocí durante pocas horas la noble Villa, pero para eso estaba la advertencia de la primera página, que no habla del Potosí de hoy sino de esa burbuja ilusoria que describe Bartolomé Arzans en los tres gruesos tomos de su historia.

Diez mil dólares
La concesión del Premio causó indignación en algunos críticos, entre ellos el malogrado poeta Rubén Vargas; pero él mismo dijo que, al escoger las 15 novelas fundamentales, quizás debían haberse acordado de otros autores, y al llegar a mi novela El run run de la calavera, es el único caso en el cual se pregunta si no habría sido mejor escoger Potosí 1600. Me dieron 10.000 dólares y en la ceremonia de entrega había un lleno completo en el Museo Nacional de Arte. Yo veía rostros aparentemente hostiles y me pregunté qué podía decirles que no los aburriera y les arrancara aplausos. Entonces se me ocurrió nada más esto: les juré que había prometido gastar el IVA del premio con todos los que me acompañaran al Restaurant Surucachi, como que el local se llenó y compré como dos cajas de singani, nada más, porque en La Paz no se acostumbra invitar a comer. Luego cumplí un par de experiencias como esa en mi ciudad, repartí entre mis hijos el premio y me regalé una fuente de piedra que me costó 350 dólares. Desde entonces concursé en nueve premios Alfaguara y no gané ninguno. Así nomás es.

El origen de la salteña
Un medio publicó una noticia histórica en entrevista realizada al chef de turno. La noticia decía que luego de “minuciosa investigación”, el chef tal había logrado determinar que la salteña fue inventada en Potosí por Leonor Guzmán de Flores en 1600. Eso de “minuciosa investigación” me sonó a chiste porque se trata de una conjetura incorporada a la novela. Hay que recordar que en el sur del país se le dice empanada de caldo, y no salteña, que es un nombre impuesto desde La Paz. Quizás el ingrediente más famoso de la “salteña” es el caldo y la sorpresa de abrir un horno hirviente y aumentar las calorías sin derramar ni una gota, como que los inexpertos se manchan y queman que es un contento.
Si se compara la empanada de Salta con la nuestra, se verá que las de Salta son pequeñas y secas, mientras las nuestras son grandes y jugosas; se puede comer diez empanadas de Salta, pero bastarían dos, quizás tres, para llenarse con las nuestras. Además la conjetura no es mía sino del pintor y arquitecto Ricardo Pérez Alcalá, valeroso potosino que alguna vez argumentó su teoría y yo se la endilgué a Leonor Guzmán de Flores, personaje histórico que figura en la Historia de la Villa Imperial, de Bartolomé Arzans.
La anécdota sirve para advertir que no se debe tomar una novela como fuente histórica, porque los novelistas solemos imaginar lo que no está comprobado y no tenemos el rigor documental del investigador. Sin embargo, el viejo París se conoce menos por los investigadores que por Los Miserables, de Víctor Hugo, que describen a los pobres en la Corte de los Milagros, y la mejor guía actual de la hermosa ciudad sigue siendo la novela Rayuela, de Julio Cortázar. Además, si los protagonistas de la historia revivieran, probablemente nos agarrarían a mandobles por haber mentido al tratar de reconstruir su época.

El Solipsismo
El primer versículo del Génesis dice que en el principio existía la Palabra (el Verbo) y que la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios. Los cabalistas judíos dicen que Jehová inventó en principio los signos del alfabeto, luego los combinó y con ellos creó las cosas que nos rodean. Palabras dulces para los oídos de los escritores que suelen inventarlo todo y para quienes la Palabra es más auténtica que la Realidad.
Como prueba, James Joyce, Virginia Woolf, Oscar Wilde tuvieron como maestro a Walter Pater, un solipsista consumado. De ahí surgen monumentos a la palabra como el monólogo final del Ulysses, la novela Las Olas o la afirmación de que la naturaleza imita al arte.
En Potosí 1600 hay una advertencia inicial, porque la novela tiene poco que ver con la Villa actual sino con esa “burbuja ilusoria” de la que habla Bartolomé Arzans, que no solo estaba poblada por machos cabríos y espadachines sino por mujeres, como esa Leonor que inventó la salteña y fue madre del primero de 40 Nicolases engendrados por 39 de sus comadres, así como Las Portuguesas, 200 hembras europeas que daban contento a los ricos azogueros y se las llamaba así porque la mamá grande, siempre según Arzans, era portuguesa.
De ahí nacen dos pupilas llamadas Gostosa y Dolorosa y un portero mano quebrada que se llama Desiderio (Deseo en italiano). Con esa presencia de mujeres y el rigor en la mezcla de elementos que hacen a una buena gastronomía construí una novela.
Esto me lo recordó el presentador de la obra, el escritor Gonzalo Montero Lara que suele reconocerse como potosino y punateño, o potonateño o, para mi gusto, putosino.
RAMÓN ROCHA MONROY (1950) hizo las cosas importantes de la vida en Cochabamba, como nacer, leer, escribir y convertirse en militante de la buena vida y cholo plurinacional. Caracoteño de nacimiento y villano de crianza, su niñez transcurrió entre el riego del campo en Villa Montenegro y Villa Galindo y las luces de la ciudad.