Estar siempre allí: La soledad de América

La tierra de Apolobamba, un éxotico lugar andino.

Apolobamba
Pablo Cingolani
Escritor e Investigador
Ven, jamuy, cantemos a la soledad de América. Es, la soledad de América, tan pura y tan sencilla, tan de piedra y de silencio, tan nuestra, que si te animas, puedas acariciarla con tus manos, puedes abrigarte con ella, puedes sentirla tu piel, una nueva, una rebelde, porque así es, la soledad de América, es soledad insurrecta. Ven, jamuy, honremos a la soledad de América.
Es una soledad de cerros que elevan con los vientos un sentimiento eterno de libertad, de libertad total, de libertad cósmica, libertad de hombres libres y de hombres buenos. Ven, jamuy, celebremos la soledad de América. Si la vives, si la cortejas, si la buscas y no temes, si eres capaz de reflejarla en tu propia soledad, y redimirte de angustias, curar heridas, ser libre una vez más, sabrás algo que yo no sé, que acaso sea el secreto de América y es que la soledad de América, la fuerza de las montañas, la memoria de las aguas, el agitar de piedras, el clamor de punas, si lo juntamos todo, si nos juntamos todos, es único y es tan potente que es invencible. Ven, jamuy, abre tu corazón a la soledad de América; siéntela: la soledad de América es la victoria de América y la victoria de América es tuya, es mía, es de todos.
Señores de Vicuñas
Habitan el cielo. O casi. Sus dominios son montañas y más montañas. Sus dominios son pampas bravas y ríos que se hielan y cuando estallan, cantan. Son Puquinas, Señores de Vicuñas. Ellas son también dueñas del espacio, ellas son también habitantes del cielo. O casi. Ellas y ellos, las gacelas de los Andes y los Señores de Vicuñas, ambos devocionan por igual a una montaña providencial, faro galáctico y majestad del cosmos.
La montaña se llama Katantika. Sus glaciares cuelgan, desafiando al vacío. Sus piedras, grandes como catedrales, se derraman y ellos, con tanta roca obsequiada, forman apachetas, altares donde veneran el sabio y santo aliento del cerro, donde se amparan de toda la furia de esas comarcas, donde pueden hablar con el viento, donde se alimentan y cantan. Ellos también cantan. Señores de Vicuñas, peregrinos. Mis hermanos, tus hermanos: los Puquinas.