Informe sobre la muerte de Jorge Lonsdale

Tapa del libro que narra los crímenes ocultos en democracia.

Análisis
Ojo de Vidrio
El 8 de abril de 1994, la Cámara de Diputados encomendó a su Comisión de Derechos Humanos una investigación sobre violaciones formulada por la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, la FSUTC de La Paz y Amnistía Internacional, entre otros organismos.
La resolución llevaba la firma de Guillermo Bedregal Gutiérrez, presidente de la Cámara; Juan Del Granado era presidente de dicha comisión, y Ramiro Barrenechea vocal. De acuerdo con las denuncias formuladas se tomaron 53 declaraciones y se acumularon 20.000 piezas documentales. En la página web de una ONG adscrita a la ONU figura el informe pero ha sido purgado el punto III, Consideraciones y Conclusiones Generales, que contiene un requerimiento para procesar a los culpables de las siguientes investigaciones: Caso Fal-Zárate Willka. Caso Comisión Néstor Paz Zamora. Caso Ejército Guerrillero Tupac Katari. Caso Ejército de Liberación Nacional y Caso Miguel Ariñez y Juan Marca. Éste es el contenido del libro Imperdonables. Crímenes Ocultos de la Democracia, de Ramiro Barrenechea Zambrana (Ed. Roalva, 2016), que el autor salvó recorriendo al Archivo General de la Nación, en Sucre, porque la documentación existente en el Archivo de la Asamblea Legislativa Nacional no pudo ser habida, aunque el autor salva la responsabilidad del Director y personal de dicho Archivo.
CRÍMENES OCULTOS
Los hechos que recibieron represión y torturas con severo incumplimiento procesal se reparten en el período 1989-1993 y, aparte de no contar en ningún caso con orden judicial, las detenciones y allanamientos produjeron las siguientes torturas y malos tratos: Golpizas intensas en 24 casos. Golpizas en genitales en 24 casos. Administración de drogas, en 4 casos. Simulación de ejecución y/o fusilamiento, en 6 casos. Privación de sueño por un promedio de 5 noches, casi todos. Privación de alimentos y agua, en 15 casos. Introducción de objetos (balas) en el ano, en un caso. Amenazas de descargas eléctricas, en 6 casos. Intento de asfixia en agua (submarino), en 2 casos. Descargas eléctricas, en 17 casos. Intento de asfixia con bolsas de polietileno, en 8 casos. Amenazas de violación, en 2 casos. Introducción de clavos en uñas de pies y manos, en 2 casos. Ruidos agudos y prolongados en el oído mediante audífono, 2 casos. Colgamiento de pies, introduciendo la cabeza en un recipiente metálico y golpeando el recipiente con instrumento percutor (campana) en un caso. Golpes contra la pared, en 20 casos. Posición prolongada en posición de ‘chancho’, casi todos. Amenaza de muerte, en 2 casos. Chantaje con detención y tortura de familiares, casi todos. Presión psicológica y amedrentamiento, casi todos. (P.197-8)
No he encontrado enumeración más sobrecogedora que ésta ni en La Historia de la Tortura, de Daniel P. Mannix, que, en el caso de Evaristo Salazar (o Alejandro Escobar Gutiérrez), le provocó la muerte (“En verdad todo el cuerpo revela signos de una violencia extraordinaria y sistemática provocada por diversos instrumentos contundentes”).
Las declaraciones del ex ministro del Interior Guillermo Capobianco, del ex subsecretario Raúl Loayza y del Cnl. Germán Linares hablan de “error”o “exceso”, y que la muerte se produjo en la Sección II del Estado Mayor General de Ejército. Las conclusiones del informe hallan 53 culpables, 13 responsables de homicidio y/o asesinato y fueron expedidas en 12 de julio de 1995 con las firmas de Juan Del Granado Cosío, presidente, Daniel Santalla Tórrez, secretario, Ramiro Barrenechea y Jorge Albarracín, Máximo Terán, Luis Eduardo Siles, Elena Urresti, Jorge Suárez, Rosario Paz, Jerjes Justiniano y Silvio Aramayo, vocales.

UN LIBRO VALIENTE
El libro de Ramiro Barrenechea tiene el valor civil de desenmascarar casos de tortura ocurridos en un período democrático en el cual estuvieron involucrados personajes como Carlos Valverde Bravo, por entonces jefe de Inteligencia del Ministerio del Interior. El requerimiento no fue procesado y el informe de la Comisión de Derechos Humanos pasó a archivo sin que nadie abogara por él.
TESTIMONIO DE UN ASESINATO A SANGRE FRÍA
Eduardo Ascarrunz (conocido periodista y escritor). El escenario, una casa de tres pisos sobre la Abdón Saavedra casi esquina Aspiazu, en Sopocachi. Los actores: el industrial Jorge Lonsdale, cinco de sus secuestradores (miembros de la Comisión Néstor Paz Zamora-CNPZ) y fuerzas policiales y del Ejército. El público, casi todo el que puede caber en un teatro del tamaño de un edificio. Son las seis de la mañana del 5 de diciembre de 1990. Ya nadie duerme en el vecindario. Los disparos aislados de armas cortas y las descargas de ametralladoras automáticas son cada vez más seguidos, más audibles. El fuego cruzado, al principio como a campo abierto, deviene unidireccional, desde afuera hacia la casa.
A las seis y media resuenan dos ráfagas de metralleta, presumiblemente disparadas en el interior del segundo piso. Cesa el fuego. “Sobre el piso, Lonsdale y dos miembros del CNPZ (Luis Caballero y Osvaldo Espinoza) yacen sobre un charco de sangre”, dicen los primeros relatos de las radioemisoras. Todo fue cuestión de segundos.
Un hombre asoma sus nervios aprensados a la azotea. Es de mediana edad, delgado, viste pantalón oscuro y chompa negra. Mira de un lado a otro. Ve una especie de tanque de agua. Corre, se refugia de rodillas detrás de él. En eso aparece otro hombre, más alto que bajo, con un revólver en la mano derecha, viste ropa civil de combate. Escruta el lugar, mira el depósito de agua, se acerca. El otro, arrodillado, alza los brazos, como rindiéndose, implorante. El hombre armado lo ve, apunta su revólver, dispara a la cabeza y al cuerpo que se desploma…, una, dos veces.
El hombre que dispara a sangre fría actúa como si estuviera solo, pero decenas de ojos lo vemos desde las ventanas del edificio Orión (Sánchez Lima y Aspiazu); entre ellos, los de mi esposa, Sandra, mis mellizos, Mateo y Nicolás, y Justina, la niñera. Sí, como de palco vimos el asesinato. El hombre de oscuro, íbamos a saberlo después: Miguel Northufster, cabecilla del grupo guerrillero; su victimador, un esbirro del operativo comandado, según dos de los sobrevivientes del CNPZ, por Carlos Valverde Bravo, en ese entonces jefe de Inteligencia del Ministerio de Gobierno. Hoy, siete de mayo de 2016, rememorando los hechos antes de escribir estas líneas, Eduardo Barrios, un colega de la Unesco, recién llegado de París, me pregunta: “¿No filmaron?, ¿no sacaron fotos?”. “Todo fue cuestión de segundos, hermano”, le digo.