Murió nuestro Voltaire

Carlos (Chaly) Rimassa. De fondo, una de sus obras.

Homenaje a un artista
Por El Ojo de Vidrio
Carlos Rimassa murió hace una semana. Su sonrisa, su ironía, su malicia renacentista lo postulan como nuestro Voltaire. Irónico y hasta sarcástico, era un iconoclasta de la talla de ilustres vallunos como Carlos Montenegro o Augusto Céspedes; como ellos, maestro en el arte de destilar vitriolo. Sin embargo, vi a sus alumnos del CENDI, dependiente de la universidad pública, en esa edad en la cual ya no son niños pero tampoco adultos. Le dejaron muestras de su cariño y, a pedido del profesor, resumieron por qué lo querían a Chaly: porque era bondadoso y siempre estaba de buen humor.
Quizá la raíz de ambos sentimientos estaba en su escepticismo raigal, que le hacía sonreír con cierto cansancio y amargura y tener la respuesta oportuna para cada caso.
Cuentan que un escritor se quejó de la tapa que le hizo, pues era fama que no aceptaba consejos ni pedidos, y le dijo: A mí no me gusta cómo pintas. Chaly le replicó: Y a mí, cómo escribes.
En el arte no era condescendiente con ningún creador y sus comentarios eran ácidos. Tenía, de la intimidad, la falta de énfasis, pero cuando hablaba era siempre mordaz y oportuno como tantos paisanos de este valle. Quizá por eso renunció a la amistad de muchos, aunque una retrospectiva de Édgar Ávila Echazú lo demoró cuando se prodigaba en risas y fotografías. De allí fue conducido a tomar un minibús hacia su casa y en algún momento lo atropelló un carro y le provocó, al parecer, muerte instantánea.
Carlos fue un arquitecto y un pintor brillante. En Cochabamba tenemos excelentes artistas plásticos quizá más volcados hacia el oficio que hacia la lectura, pero eso no ocurría con Chaly, un lector contumaz como lo recuerda René Rivera, ex Director del CENDI, cuando lo escuchaba repetir su inevitable pregunta: ¿Qué estás leyendo? Desde los tiempos del falso color y el offset, no recuerdo mejores tapas de libros que las que hizo Chaly para la universidad, la editorial Los Amigos del Libro y el Grupo Kipus.
Su talento inagotable para la lectura tenía que resumirse en el teatro y la poesía. Como buen lector hedonista, él no se limitaba a lo clásico, pues leía hasta los letreros y, a poco, escribió varios libros de poesía: Recontando actitudes (1980) y Perfil de un tiempo (2009), a cargo de Escritores Unidos y del Grupo Editorial Kipus. El prólogo de Elena Ferrufino Coqueugniot a esta última obra es lúcido: “Contrariamente a la pintura de Chaly, donde el color es fuerza y es pasión, perfil de un tiempo parece silenciar las expresiones del cuerpo y de la historia y se sitúa en un espacio apócrifo donde las energías no provienen de las pulsiones representadas, sino del tratamiento inteligente del lenguaje. No hay aquí amores ni angustias; no hay dolores ni alegrías. La sensación se desprende de la imagen, de la forma donde palabras confluyen en versos y éstos establecen dialécticas de realidad y representación en relación constante entre lo cotidiano y trascendental”.
René Rivera dice que dejó Azul imposible, un libro de poesía, en imprenta, y cita palabras que son proféticas:

camino

este mundo

para volver

al principio

dejando huellas

que se van borrando

mientras das pasos
en el silencio
Rivera cita asimismo el cuento El velorio (Cuentos y Cuentos, Antología de Escritores Unidos - 2011) y el oficio de Chaly como director de teatro. Eran tiempos en los cuales a unos cuantos nos seducía Ionesco, Sartre, el surrealismo, el absurdo, la Europa de entreguerras, todo lo que nos aburriera, como el cine que nos hacía parecer más inteligentes. Naturalmente, en los festivales de teatro Chaly tenía pocos espectadores, mientras el teatro popular volcaba taquilla. Eran tiempos en los cuales Adolfo Mier triunfaba con El chiqui de mi barrio o Don Quijote de la cancha y su escenógrafo era Carlos Rimassa. Nada tengo contra el teatro popular, pero el propio Oso Mier me contó que alguna vez, mientras recibía el aplauso del numeroso público lo llamó a Chaly para decirle algo así como “ven pues a conocer cómo es un teatro lleno”.
Carlos Rimassa fue un testigo lúcido de su tiempo. Vio el ascenso de una nueva clase media y de una cultura de nuevo rico que prefiere comprar un plasma o un celular o un lavaplatos automático a algo tan inútil como una pintura o una obra de arte en general. El mercado de arte se vino abajo en el país, tanto más en el interior, donde hay pocas salas de espectáculos y a veces ninguna librería. En Santa Cruz, la segunda ciudad de Bolivia, Peter Lewy anunció que va a cerrar la legendaria librería LewyLibros. Sin embargo, Chalyera generoso y quizá por ello conservo una pintura de dimensiones mayores que me regaló sin que le tiemble el pulso.
Quiso el destino que lo llamara en la víspera y no me contestó el teléfono. Luego supe de su muerte y nadie sabía darme el sitio exacto de su velorio. Quizás murió del abandono mutuo de algunos de sus amigos, porque ya no lo vimos más en los cenáculos y cafés que él frecuentaba con comentarios agudos e invariablemente volterianos. René Rivera nos cuenta que hace ya 15 años lo vio como profesor de Artes Plásticas del CENDI, donde enseñaba a pintar a niños y niñas ya crecidos. Su misión en esta vida no era crítica, sino despertar el artista que todos llevamos dentro.
“Les mostraba que el talento en la niñez es innato y, al igual que en la teoría de la iluminación de San Agustín, sacaba la creatividad latente de sus educandos”, comenta René Rivera.
Una personalidad que figuró entre los 100 mejores pintores bolivianos del siglo XX e hizo más de 300 portadas de libros acaba de partir. Chaly era valluno y universal en tiempos que lo volvieron escéptico al calor de grandes conversadores como el Ckusu Quiroga o Víctor Zannier. Si publicabas por entonces un libro, jamás tenías que comentarlo en el café, porque era de mal gusto. Su elevado sentido crítico, tan propio de sus orígenes en este valle nuestro, lo hicieron invulnerable al elogio, aunque su obra tuviera solo elogios y no críticas.