Abraham König

Opinión
Democracia Directa
La prepotencia y carencia diplomática, fueron, sin espacio a duda, las cualidades innatas del enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Chile en Bolivia Abraham König. Prueba clara es la nota ultimátum que envió a Bolivia para forzar la firma del Tratado, para apropiarse del territorio boliviano.
En el escrito, König hace gala de la fuerza bélica que su nación había consolidado desde la finalización de la guerra que provocaron contra Bolivia y Perú, y la facilidad que representó, dice, “ocupar todos los puertos del litoral de Bolivia en 1879”.
“Chile ha ocupado el Litoral y se ha apoderado de él con el mismo título con que la Alemania anexó al imperio de Alsacia y la Lorena; con el mismo título con que los Estados Unidos de la América del Norte ha tomado a Puerto Rico. Nuestros derechos nacen de la victoria, la Ley suprema de las naciones. Que el Litoral es rico y que vale muchos millones, eso ya lo sabíamos. Lo guardamos porque vale, que si nada valiera no habría interés en su conservación”.
“Terminada la guerra, la nación vencedora impone sus condiciones y exige el pago de los gastos ocasionados. Bolivia fue vencida, no tenía con qué pagar y entregó el Litoral”.
La altanería de König no quedó ahí, señaló que era más importante para Bolivia tener la amistad de Chile que un puerto soberano en la costa del Pacífico, e incluso que las “bases de paz propuestas y aceptadas por su país” en el Tratado, que acababan con la cualidad marítima boliviana, “eran no solo equitativas sino generosas”. ¿Se podría entender tal atrevimiento?
El Gobierno chileno reconoció la torpeza de su representante. De hecho, el autor chileno Aquiles Vergara Vicuña, en su libro El mar, nexo de paz entre Bolivia y Chile, señala que se “lanzó una nota ultimátum más agresiva e insólita que se conoce en la diplomacia de todos los tiempos”, refiere la obra de Rodolfo Becerra de la Roca El Tratado de 1904, la gran estafa.
En efecto, el ministro Rafael Valentín Errázuriz Urmeneta se vio obligado a precisar algunos términos que König empleó y tuvo que enviar una circular al cuerpo diplomático chileno, explicativa, en vista de la “errada inteligencia que se ha dado a ese documento. Lo primero que reconoció: Chile tiene sólo la posesión provisoria de la zona Litoral de Bolivia”.
Hay algo que molestaba a la Cancillería chilena y pasó inmediatamente a aclararlo. König había dicho que el título chileno para ocupar el Litoral boliviano era “la victoria”, o sea, en otras palabras, la conquista.
Explicó entonces la circular lo que ya había dicho el gobierno chileno en más de una oportunidad y que aún hoy, a un siglo de distancia de la Guerra del Pacífico, es útil no olvidar: 1) que Bolivia tiene litoral propio entre el paralelo 23º y la desembocadura del Loa, administrado por Chile desde el Pacto de Tregua, y 2) que Chile reivindicó sólo lo que era suyo, al quedar invalidado el contrato de cesión, pero no por conquista, cita Becerra de la Roca en la obra citada.
Está claro que la firma del Tratado de 1904 no fue a voluntad de Bolivia, como de forma falaz han propalado por más de 100 años las autoridades de ese país y mucho más claro fue la Corte Internacional de Justicia (CIJ) que señaló el 24 de septiembre de 2015 que el acceso soberano de Bolivia a las costas del océano Pacífico no fue resuelto con ese leonino documento.
Becerra de la Roca no se equivoca al impugnar la legitimidad de ese documento que fue aprobado por simple mayoría en el Congreso Nacional, por solo 42 traidores que rifaron la patria.