Chuquiago Marka, la ciudad y su arte

Foto: Archivo
Illimani, de Arturo Borda

 

Reynaldo J. González 
Como sede de gobierno y como una de las ciudades más antiguas y grandes del país, La Paz es el núcleo de la vida cultural de Bolivia. A las decenas de actividades de arte, teatro, danza, música y literatura que acoge cada día, se suman las culturas vivas comunitarias expresadas, entre otras manifestaciones, en el arte popular y en el folklore, además de una amplísima tradición histórica y patrimonial que la hacen uno de los destinos turísticos más atractivos del continente.

Fundada en 1548 como punto de tránsito entre Potosí y Cuzco, la ciudad creció rápidamente en una doble tradición indígena-europea conjugada en el urbanismo caótico y apretado de una topografía accidentada. Los siglos de la Colonia (XVI, XVII, XVIII y el primer cuarto del XIX) fueron testigos del establecimiento de su urbanismo permanente, centrado por el río Choqueyapu separador de los barrios de indios y de españoles y criollos, y guía de la posterior expansión urbana hacia el sur. Fue este el tiempo del establecimiento de los cimientos de grandes construcciones religiosas y civiles, de las cuales solo permanecen algunos de los ejemplos más hermosos en arquitectura barroca, como la basílica de San Francisco, la iglesia de Santo Domingo, la iglesia de San Pedro, o el palacio Díaz de Medina (actual Museo Nacional de Arte), el Palacio de los Marqueses de Villaverde (actual Musef) y el Tambo Quirquincho.

Un segundo momento urbanista llegará con el nacimiento de la República en 1825 con ambiciosas edificaciones neoclasicistas estatales, como el ex-Palacio de Gobierno o el Palacio Legislativo y la construcción de viviendas de influencia francesa e italiana ubicadas en el centro de la ciudad, en los actuales paseos de El Prado y sus alrededores. Este es el tiempo de establecimiento de una burguesía criolla que, sin perder del todo su modelo francés, siente cada vez un mayor arraigo por lo local. 

Tras la consolidación de La Paz como sede de Gobierno a inicios del siglo XX, la urbe se modernizará lentamente. La influencia de lo originario se fortalecerá con las excavaciones arqueológicas de Tiwanaku y con un movimiento americanista internacional, que en las décadas de 1920 y 1930 se materializará en construcciones de estilo neotiwanacota y en la arquitectura de Emilio Villanueva, representada hoy en el Monoblock de la Universidad Mayor de San Andrés. Será este mismo arquitecto el precursor de un urbanismo sistemático, con el diseño de la avenida Camacho y del barrio de Miraflores. Desde entonces, la ciudad adquirirá poco a poco su fisionomía actual de elevados edificios funcionalistas y modernistas, y el surgimiento —todavía en ciernes— de una arquitectura andina que fusiona elementos originarios y modernos. 

En el campo del arte y la literatura, La Paz se convierte en el centro del país recién con la llegada del siglo XX. A la obra intelectual de pensadores como Franz Tamayo y Alcides Arguedas, y de muchos otros, se sumarán en este período algunos de los artistas más destacados de nuestra historia: el potosino Cecilio Guzmán de Rojas que funda, en La Paz, el indigenismo boliviano; ‘la escultora de los Andes’, Marina Núñez del Prado; el multifacético José María Velasco Maidana, creador del filme Wara Wara, y, más tarde, la poeta Yolanda Bedregal.

A mediados del siglo XX emergerán dos figuras determinantes en el imaginario contemporáneo de ‘lo paceño’: el poeta y escritor Jaime Sáenz, y el pintor y escritor Arturo Borda. Ambos, signados por la noche y por una concepción mística del espacio urbano, ejercerán una influencia determinante en casi todo tipo de manifestaciones artísticas posteriores, no solo por la potencia de sus obras, sino por la fascinación de sus figuras de filósofos bohemios. La mitificación de la vida y obra de ambos no impedirá, sin embargo, que como en toda gran urbe florezcan en la ciudad las expresiones artísticas más variadas y vanguardistas de toda Bolivia, que, sin embargo, conservarán el referente urbano y andino como principal fuente de inspiración. Nombres como Óscar Cerruto, Blanca Wietüchter, René Bascopé Aspiazu, Adolfo Cárdenas, Víctor Hugo Vizcarra, Juan Pablo Piñeiro construirán una literatura afincada en un imaginario determinado por la ciudad. En arte, maestros de todo el país llegarán a La Paz para triunfar: de forma paralela a un arte social de evocaciones andinas y contenido político como el que los muralistas Solón Romero y Alandia Pantoja solo pueden desarrollar efectivamente en cercanía al núcleo de poder estatal, se potenciará una imagen idílica y etérea de lo andino desde la obra de María Luisa Pacheco, y de los paceños putativos Alfredo La Placa y Ricardo Pérez Alcalá, y los paceños de nacimiento, Fernando Montes, Julio César Téllez, Gastón Ugalde y Keiko González. 

No muy lejos de las élites y vanguardias culturales, La Paz será escenario también de la emergencia de una burguesía chola orgullosa de sus raíces. Esta encuentra en la entrada del Gran Poder, la Fiesta Mayor de los Andes, y en centenares de entradas folklóricas realizadas anualmente en una periodicidad casi diaria, la máxima manifestación de su cultura mestiza y siempre en movimiento.