En campaña, ¡march!

 

Luis Bruschtein

En plena campaña electoral, Mauricio Macri reactivó los desfiles militares que había archivado el año pasado. Y su Ministro de Defensa justificó la participación de Aldo Rico en ellos. La contradicción es que Oscar Aguad es radical y Aldo Rico y los carapintadas se levantaron contra el gobierno radical de Raúl Alfonsín. Lo real, es que el ministro  —como muchos de los radicales que hoy respaldan a Cambiemos— fue parte del entorno amistoso de Luciano Benjamín Menéndez en Córdoba.

Para una parte del radicalismo la participación de Rico en el desfile y las declaraciones de Aguad constituyeron una ofensa a la democracia y a la memoria del expresidente. A otra parte —en la que se encolumna Aguad—, acostumbrada a los viejos fragoteos y a los coqueteos con gobiernos militares, le pareció de lo más apropiado.

Como es lógico, Ricardo Alfonsín criticó con vehemencia las palabras de Aguad, quien al darse cuenta del malestar que había provocado en sus propias filas, prefirió rectificarse. Aguad había dicho que los levantamientos eran “cosa del pasado” y que habían sido episodios “chiquitos”.

En coincidencia, Aldo Rico dijo que los levantamientos carapintadas habían sido “cuestiones internas” de los militares y no contra la democracia. Fue una forma de disfrazar las verdaderas intenciones de esas rebeliones contra el presidente Raúl Alfonsín por los juicios a los genocidas.

Los carapintadas
Como todas las asonadas militares, los carapintadas se levantaron para arrastrar al conjunto de las Fuerzas Armadas así como para obtener el necesario respaldo de la embajada norteamericana que siempre había alentado estas movidas de los ejércitos latinoamericanos. Si hubieran encontrado esas respuestas, hubiera asumido un nuevo gobierno militar.

Pero el mundo había cambiado, la embajada no respondió y, aunque simpatizaba con ellos, una gran parte del Ejército prefería evitar problemas con la sociedad civil. La dictadura había sido un enorme y sangriento fracaso y había poco o nada para defender. En el gobierno de Mauricio Macri, los radicales son socios subordinados de los amigos de la dictadura, de los representantes de los organismos financieros internacionales y de los sectores de la ultraderecha religiosa. La base original de la furia antikirchnerista provino de los defensores de los represores y torturadores. Ellos fueron el primer sustrato furioso de los cacerolazos.

La incapacidad de reconocer las consecuencias desastrosas de las políticas del gobierno de Fernando de la Rúa, hizo que el radicalismo de derecha se sintiera agredido cada vez que se criticaba al expresidente, que falleció el mismo día que otro radical profanaba la memoria de Alfonsín. De hecho, varios funcionarios y referentes de la Alianza son los que acompañan con más entusiasmo esta estrategia de acatamiento al macrismo y de ataque furioso al kirchnerismo. Este sector del radicalismo es también el que menos se referencia con el Alfonsín de los juicios por los derechos humanos.

Macri de uniforme
Macri ha demostrado su aversión a las conmemoraciones históricas. Se lo ha visto incómodo en la mayoría a las que tuvo que asistir. El primer año de su gobierno reactivó los desfiles militares del 9 de julio para mostrar el contraste con los gobiernos kirchneristas y luego los suspendió por razones de presupuesto.

Pero ahora, en vísperas de las elecciones y en plena campaña electoral, decidió reactivarlos y promover una serie de medidas que consoliden el respaldo que tiene en el ámbito castrense. El analista Rosendo Fraga estima que las fuerzas armadas y las de seguridad, junto con sus entornos familiares, implican un caudal cercano al millón de votos, que equivalen a tres o cuatro puntos del total del padrón. Y de ese millón se calcula que el 84% vota a Cambiemos.

Está en la mentalidad castrense. Los dos gobiernos que más achicaron a las Fuerzas Armadas no han sido los de Alfonsín o los kirchneristas, sino los gobiernos menemista y macrista que las desmantelaron y dinamitaron sus salarios. El hundimiento del ARA San Juan es un ejemplo muy concreto.

Sin embargo, la mayoría de los militares los respaldó porque a pesar de todo mantiene una mentalidad falsamente “prooccidental” —que en los hechos es pronorteamericana y punto— y por su defensa de los torturadores y violadores de la dictadura.

La paradoja en estos militares está en que cuando fueron los juicios, los empresarios que convencieron a los generales para el golpe del 76, en el 84 les dieron la espalda. Y ese sector empresario es el que estuvo representado en los dos gobiernos que fueron apoyados por la mayoría de los militares. Fueron abandonados y destruidos por los que apoyan. Una actitud masoquista similar a la de la base radical que respalda a un gobierno que está ahorcando sus economías, igual que la de los demás argentinos.

El voto militar
Los números difíciles que muestran las encuestas al oficialismo y el surgimiento de la candidatura del mayor retirado Juan José Gómez Centurión —carapintada y extitular de Aduanas— prendieron luces de alarma. Parte de la respuesta para consolidar el respaldo castrense han sido el desfile y las declaraciones de Aguad.

Además, las Fuerzas Armadas han reclamado que se les devuelva el control de dos cajas importantes que eran manejadas por funcionarios civiles. Una de ellas es el Instituto de Ayuda Financiera, una especie de Anses de los militares que tiene un fondo de capitalización de más de 30 mil millones de pesos. Desde el principio del gobierno de Macri, lo dirigía el exdiputado Fabián Rogel, pero acaba de asumir el general retirado Hernán Prieto Alemandi.

El jefe de Gabinete, Marcos Peña, prometió que haría lo mismo con el Instituto Obra Social de las Fuerzas Armadas, que maneja un fondo de 20 mil millones de pesos. En los dos casos, la jerarquía militar había denunciado el mal manejo de los fondos en detrimento de las Fuerzas.

Cambiemos ha lanzado su campaña electoral hacia las Fuerzas Armadas con promesas que difícilmente pueda cumplir después y con gestos antidemocráticos que las separan aún de la sociedad civil.