La Caverna del pez

La tapa del libro: La Vanguardia Plebeya.

análisis literario
Por El Ojo de Vidrio
Pocos poetas y literatos me fascinaron más que Gamaliel Churata (Arturo Peralta), fundador de Gesta Bárbara y quizás más boliviano que peruano, no obstante que lo comparan con Mariátegui, González Prada, Ciro Alegría y el fotógrafo Martín Chambi, pues desde esa aldea de entonces, Puno, fustigó a la dictadura de clase media limeña frente a un país serrano y andino en su mayoría. Pues acabo de comprar La vanguardia plebeya del Titikaka. Gamaliel Churata y otras beligerancias estéticas en los Andes, de la boliviana Elizabeth Monasterios Pérez (Ed. Plural, IFEA, 2016, 345 pp.), que es el estudio más completo sobre Gamaliel y su intento de fundación de una estética andina en El Pez de Oro, una novela que escribió virtualmente toda su vida y se publicó en 1957, fecha clave, porque Gamaliel sufrió dos exilios que lo ligaron a Bolivia y uno más de Bolivia a Perú, cuando cayó el régimen de la revolución de 1952 por el golpe militar de Barrientos en 1964.
Del copioso estudio de Monasterios, que sigo devorando, rescato, entre muchos temas, la polémica incomprensible para su época, que sostuvo Gamaliel con la filosofía dualista de occidente inspirada en Platón, para quien la humanidad vive en una caverna donde ve solo sombras, distorsiones de la realidad, pero un iluminado la lleva al mundo de las ideas absolutas, la primera de las cuales es el bien y luego la verdad, la belleza y otras.
Como tengo más de una diferencia con occidente por la idea que tenía gente como Hegel y Kant sobre indios y negros, me encantó esta superación del dualismo occidental —bien y mal, cuerpo y alma, vida y muerte, dios y diablo, cielo e infierno— en la cual el indio vive siempre en la caverna y solo será salvado si acepta las ideas absolutas de la civilización occidental. Frente a este dualismo, Churata propone fundar una estética nuestra, andina, sobre el monismo de nuestras culturas, basado ya no en la Idea absoluta, que conspira contra los principios nuestros, sino en la capacidad de engendrar, de mamar, de parir, de vivir uncido a las tetas de la Pachamama, sin sentirse superior sino parte de ella, que es para nosotros un factor nutricio.
Me sorprendió saber que Einstein proponía lo mismo, rechazar los principios absolutos que habitan el sentido común de occidente y decir que la materia es energía y que las paralelas en una esfera al final se encuentran y que todo es relativo, el espacio y el tiempo, palabras que iluminan el texto de Gamaliel Churata comentado generosamente por Fernando Diez de Medina, entre otros, pero ignorado incluso por José María Arguedas en Perú.
Más me sorprendió que Einstein y Churata, como Gaughin o Kandinski, Yeats o Joyce, Jung o Edison, Darío o Lugones, eran devotos lectores de Madame Blavatsky, fundadora consciente de la teosofía e involuntaria del New Age o la Era de Acuario en sus libros Isis sin velo y La doctrina secreta, que tienen relación con los avances de la física moderna: que la materia es energía y movimiento y que todo, incluida la Madre Tierra, es energía viviente.
Pienso en mi devoción por Churata porque mi novela El run run de la calavera es una versión viva de la muerte, ya no una vieja fea, negra, desdentada, que amenaza con una enorme guadaña, sino una mujer vestida de túnica blanca, delgada y sutil, que clausura sus castos senos con una guadañita de oro.
La curiosa suerte de El run run, dedeñada por la crítica durante 35 años, es quizá un pálido eco del desdén que sufrió Churata desde la publicación de El Pez de Oro y el brillante análisis de Elizabeth Monasterios, que lo rescata del olvido. Por pura intuición y sin un mínimo de conocimientos filosóficos que poseía Churata, en El run run hay un atisbo de la estética andina que supera el dualismo de occidente porque la muerte está viva y el paso de la vida a la muerte es leve y entre ambas hay una separación tan delgada como un celofán. Una estética chola, volcada hacia lo nuestro, sin un cultivo ortodoxo del quechua o el aymara, pero sí en la sintaxis, tan nuestra que hoy la siento más mía, tal como festeja la estética andina con estas palabras: Elake, Khori-Challwa, que en estas kellkas se trata de tu patria de oro y se llora en trinos la patria de tu trino. Se llora el trino de los huesos, el lakato, las thayas y del phesko.
El agua gorgorea con gorjeos. Aúlla el perro lobo por sus trinos. Trina la Kharka que te ama. La ahayu ya no trina porque te habla. Trina, llora y espera el Chullpa-Tullu (…) Trina el monte, trina el aire, trina el agua. Trina en la khellka la imilla que por trinarte vino y ya es la pirwa de tus trinos. Trina la Pachamama y es su corazón el trino de tu trino. Tus trinos son, no hemorragia de mis llagas, khori-challwa. Trinos para el niño viejo, trinos para el viejo niño. Y los mismos alaridos del chullpar que espantan a los chiñis son el trino de oro que trina con tus trinos.
¡Pero ha llegado tu hora, Khori-Challwa!... Rome ya tu trino y emboca la trompeta. Hay quienes en el mundo aguardan las tempestades de tu trino. (La cita es de Elizabeth Monasterios). Churata dominaba el castellano, el aymara y el quechua; fundió vanguardismo e indigenismo y está todavía por estudiarse la influencia que tuvo en el antiguo MNR, pues, según testimonio de Ángel Torres, citado por Monasterios, él fue el autor de discursos parlamentarios, de Víctor Paz, que lo catapultaron a la fama recién estrenada de Honorable Cifras, cuando sustituyó la vieja retórica grecolatina del Parlamento por la cita fría de cifras con las cuales demolió el sistema oligárquico en 1942.
Churata fue editorialista de La Nación, libretista de radio Illimani y antiguo redactor de La Calle, íconos periodísticos del MNR durante el gobierno de Villarroel y después de la revolución de 1952. Si esa clase media no entendió su legado, muy su gusto, pero Elizabeth Monasterios lo rescata en medio de la prosa intrincada, pero poética, para decir lo menos, de El Pez de Oro.