Rompiendo el silencio en Israel

 

Por Alejo Brignole

Sin dudas desde su fundación en 1948, el Estado de Israel ha sabido utilizar políticamente la historia de su pueblo, plagada de persecuciones y masacres. Una nación que fue víctima durante la II Guerra Mundial del más sistemático, demencial y atroz genocidio que el ser humano haya perpetrado en sus miles de años como parte de una civilización. El denominado Holocausto en la Alemania nazi, entre 1942 y 1945, tuvo la trágica virtud del despertar al mundo sobre los alcances posibles de los genocidios programados y la voluntad política de ejecutarlos.

Pero a pesar del pleno consenso internacional sobre la necesidad de evitar que se repitan episodios de lesa humanidad, en realidad la sociedad globalizada ha ido desandando ese camino de no retorno a la barbarie. Muchos países —con Estados Unidos a la cabeza— han naturalizado dentro de su esquema estatal todo aquello que el mundo se propuso desterrar tras los horrores de la II Guerra Mundial. Lo llamativo y tremendamente trágico es que una de las naciones que más ha insistido en recorrer ese camino retrógrado hacia la crueldad sistematizada, es el propio Estado Israel. Dato no menor para un país que fue creado bajo la sombra de un Holocausto que acabó con seis millones de personas.

Israel parece haber resuelto que la mejor arma para evitar ser víctima de nuevos genocidios era convertirse él mismo en un Estado genocida y replicar las atrocidades que su pueblo padeció en diversas épocas. Quizás la frase que mejor sintetiza esta lógica del lobo herido fue la que pronunció la mítica primera ministra israelí entre 1969 y 1974, Golda Meir, cuando le respondió al papa Paulo VI: “cuando fuimos compasivos, débiles y apátridas, nos condujeron a las cámaras de gas”.

No solo Golda Meir asumió que el humanismo no era un camino conveniente para mantener un Estado de Israel saludable y unido frente a las amenazas de la historia y la geopolítica. Hubo otros líderes sionistas y mandatarios israelíes (citemos a Menahem Begin, Ariel Sharon, Ehud Barak o el dos veces elegido y actual mandatario Benjamín Netanyahu, entre muchos otros) que expandieron estas premisas para hacer de Israel un Estado agresor, supremacista y de lesa humanidad. Hubo excepciones —pocas— como el fugaz primer ministro Yigal Alón, o Shimon Peres, que buscaron la paz y cierta concordia con los palestinos, reconociendo su estatus de nación con derechos a la autodeterminación.

Nos obstante los diferentes matices en las políticas sobre Palestina, desde hace décadas el ejército hebreo se ha ido convirtiendo en una fuerza de choque brutal y al servicio de un proyecto racista y de tintes teocráticos.

Muchos fueron los episodios con masacres y operativos militares que aniquilaron a la población palestina en diferentes eventos que llenan de vergüenza a cualquier judío —y no judío— que asuma valores universales y de respeto a la dignidad humana. No hace falta para ello rebuscar en la historiografía del siglo XX, pues las noticias sobre las atrocidades del ejército israelí sobre aldeas y poblaciones palestinas pueblan las páginas más frescas de la prensa mundial independiente. Podríamos citar las célebres masacres de Qibya en 1948 bajo el auspicio de la Operación Shoshana, o las matanzas de Sabra y Shatila en 1982 durante la Guerra del Líbano, en la cual Israel ocupó territorio libanés y organizó asesinatos masivos que indignaron a la comunidad internacional. Sin olvidar la Operación Plomo Fundido, que tuvo lugar en 2008 y duró 23 días durante los cuales las fuerzas israelíes destruyeron 20 mil viviendas y 57 edificios públicos junto a 356 escuelas, incluso aquellas que servían de refugio a los que habían sido arrojados de sus viviendas.

Por fortuna, Israel no es una entidad homogénea si la analizamos desde una perspectiva humanista, pues no todos los que adscriben al sueño de un Estado hebreo están dispuestos a pagar el precio de naturalizar la barbarie para conseguirlo. Un gran número de soldados israelíes que cometieron actos de lesa humanidad se han convertido en fervientes críticos de la violencia que ellos mismos cometieron bajo instrucciones de sus mandos superiores.

Muchos jóvenes reservistas retirados decidieron en los últimos años dar testimonio sobre cómo debían acatar órdenes odiosas en los territorios ocupados por Israel. Cuentan cómo incluso llegaban a insensibilizarse para perpetrar acciones brutales, como disparar a niños palestinos, separar padres y madres de sus hijos o entrar a casas cisjordanas para golpear, disparar o detener a civiles de manera indiscriminada. Esposarlos sin motivos reales, vendarles los ojos y retenerlos durante horas o días sin ninguna explicación. “La orden era quebrar el espíritu de los palestinos, confundirlos, maltratarlos y atemorizarlos” diría una exsoldado ante las cámaras de la ONG israelí, Breaking the Silencie[1] (Rompiendo el silencio), que desde hace algunos años recoge los alegatos de soldados israelíes que hoy son objetores de los excesos que protagonizaron.

A la luz de la autocrítica, muchos de estos jóvenes judíos no admiten que el sueño sionista deba construirse sobre los cimientos de la muerte, el colonialismo territorial, el apartheid y la violación sistemática de los derechos humanos de cientos de miles de palestinos confinados en la Franja de Gaza y Cisjordania.

Israel, no obstante, parece haberse blindado a las críticas internacionales gracias al apoyo irrestricto de Washington y de los medios globalizados. También ignora las resoluciones de la ONU que los sucesivos gobiernos israelíes desoyen impunemente desde 1967 en adelante. Pero también han ido tomando forma en el seno de las Fuerzas Armadas israelíes y en la propia sociedad, diversas plataformas y movimientos que comprenden que Israel, en tanto Estado y nación, comienza a tener innegables similitudes con lo más terrible que ha engendrado la civilización occidental. Las tenebrosas semejanzas con la Alemania nazi resultan demasiado indigeribles para muchos humanistas judíos que se solidarizan con el padecimiento palestino y el derecho de todos los pueblos a la paz y a un territorio propio.

Por eso en 2005, la periodista israelí Ronit Chacham decidió escribir un valioso libro titulado Rompiendo Filas - negarse a servir en Cisjordania y Gaza [2] en donde refleja los testimonios de los objetores de conciencia dentro del ejército israelí —entre ellos su hijo— y como estos son perseguidos con la cárcel y otras represalias por hacer visibles las políticas genocidas de su país.

Hoy el mundo sabe que Israel pudo convertirse en el mejor refugio de los valores humanos tras aquel brutal horror de la Shoá. Hacer de ese Estado un monumento vivo a la concordia y al diálogo entre los pueblos. Y sin embargo Israel escogió su antítesis, abriendo así las puertas para nuevos genocidios aún no perpetrados y que algún día asolarán a la humanidad. Y de la misma manera que el mundo ha perdido una oportunidad única, también muchos israelíes han comprendido que el mejor sueño sionista no puede ser realizado sacrificando la propia dignidad oprimiendo a sus vecinos. Palestina es hoy la víctima de un estrago militar y colonial que llena de vergüenza moral a muchos hijos de ese Israel que parece haber perdido el rumbo y sentido de su existencia.

[1] https://www.breakingthesilence.org.il/ Y también en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=2DLjQ-5DK7g 
[2] Véase la nota ¿Es Israel Un Estado tóxico?, en Democracia Directa, en la edición de domingo 31 de diciembre de 2017.