La oposición pierde el libreto y la compostura

 

Delfín Arias Vargas (*)

Videos que circulan en las redes sociales desnudaron el grado de desesperación extrema que padece la oposición política al Proceso de Cambio y que corroe lo poco que le queda de los principios básicos de la democracia: el respeto a la pluralidad de voces, el derecho al disenso, a la libertad de expresión, de prensa y de conciencia.

Un grupo de activistas cercó el viernes pasado el vehículo en el que el candidato Carlos de Mesa (Comunidad Ciudadana-CC) salía del Comité Cívico pro Santa Cruz, y sus integrantes no tuvieron una mejor idea que lanzarle una serie de improperios como “falso opositor”, “traidor”, “cobarde”, “vendido”, “sinvergüenza”, entre otros adjetivos calificativos, producto de la dura realidad política que enfrentan por la carencia de apoyo popular.

En medio de gritos y del escándalo que captaron las cámaras de televisión, De Mesa intentó dialogar con los violentos interpelantes, pero su intento quedó en eso. “¡Tiene que escuchar al pueblo!”, “¡tienen que unirse!”, fueron las otras demandas al postulante presidencial por parte de unos opositores desaforados y fuera de sí.

Ahora bien, esa agresión verbal —que estuvo a punto de convertirse en física— contra De Mesa no fortalece ni defiende la democracia, que con tanto rigor asumen las autodenominadas ‘plataformas ciudadanas’ y los partidos políticos neoliberales que, con ocho postulantes a la Presidencia del Estado, participan de la carrera electoral.

Tras el escándalo, el expresidente dijo que se encontró con un “pequeñísimo” grupo de personas con el que vanamente intentó dialogar y aseguró que el “activismo sin argumentos y sin ideas no es bueno”.

Sea como fuese, lo cierto es que aquella agresión contra uno de sus candidatos pinta de cuerpo entero a una oposición que encuentra en las violentas acciones de hecho su único argumento, más cuando hoy se encuentra en estado de shock.

El multitudinario inicio de campaña electoral del MAS-IPSP, que el 18 de mayo reunió a un millón de militantes y simpatizantes en la pista del aeropuerto de Chimoré, y el apoyo del secretario General de la OEA, Luis Almagro, a la institucionalidad democrática boliviana, al dejar en claro que “sería absolutamente discriminatorio” que Evo no pudiera participar en las elecciones de octubre, carcomieron sus expectativas electorales de una oposición que perdió el libreto y la compostura.

Entonces, esa oposición en estado de shock y, por lo mismo, sin lucidez mental, ya no distingue quién es su amigo o su adversario político, y se las lía con uno de sus postulantes presidenciales: Carlos de Mesa, a quien responsabiliza por el fracaso en construir la decantada unidad para enfrentar al binomio Evo-Álvaro.

El shock político que padece la oposición boliviana es una afección potencialmente mortal, porque no está recibiendo el flujo de apoyo popular que necesita para posicionarse con mejores opciones en la carrera electoral, por lo que sus planes de revancha y de retornar al pasado pueden dañarse irremediablemente.

Además, el estado de shock político en el que se debate la oposición boliviana requiere de un tratamiento democrático inmediato o puede empeorar muy rápidamente. Sus líderes lo saben y se desesperan, por eso, a través de sus violentos grupos de choque, presionan para que sus candidatos con nulas opciones de triunfo electoral se bajen de la carrera electoral y se sumen a la decantada unidad, a ver si así frenan la victoria en las urnas del binomio oficialista.

Solo así se explica que durante su reciente visita al país y tras expresar su respaldo a la institucionalidad democrática boliviana, el Secretario General de la OEA haya sido objeto de una desmedida y furibunda agresión por parte de políticos opositores, quienes consideraban a Luis Almagro como un aliado natural de sus afanes desestabilizadores de nuestra democracia. Ahora lo llaman traidor.

Ahora bien, lo que no está claro es en torno a qué candidatura podría construirse la unidad opositora: en torno a la de Carlos de Mesa (con un respaldo del 27,1%, según una última encuesta) o la de Óscar Ortiz (8,7%). Los demás no tienen ninguna opción electoral, respecto del 38,1% de apoyo popular que le otorga a Evo la misma consulta de la empresa Tal Cual.

No obstante, “del dicho al hecho hay mucho trecho”, señala un viejo aforismo popular que conlleva una irrefutable verdad, que los voceros opositores se empeñan en minimizar. Veamos por qué:

Durante el lapso de tiempo que al neoliberalismo gobernó Bolivia (1985-2005), los ahora opositores develaron su angurria de poder, su apego a la inmunidad parlamentaria (léase impunidad) y al enriquecimiento ilícito. Fue tanto el latrocinio neoliberal que un pueblo escandalizado por la galopante corrupción acuñó una frase que resumía su impotencia ante tanta bellaquería: “Que robe, pero que haga obras”, qué tal.

Entonces, no es Carlos de Mesa el obstáculo que impide la decantada unidad opositora ni el calendario electoral que legalmente imposibilita la conformación de un solo frente opositor, sino el gran ‘culpable’ de su fracaso son los intereses personales y corporativos de políticos con viejas mañas y sinuosas conductas antinacionales.

Debemos recordar que la conformación de las famosas ‘megacoaliciones’ para gobernar Bolivia en el pasado neoliberal fue posible mediante la firma de incestuosos acuerdos políticos, cuyo eje de convergencia era la repartija de las instituciones del Estado. 

Y cuando la estructura estatal no abastecía para satisfacer su angurria de poder, los neoliberales creaban los tristemente célebres ‘Ministerios sin Cartera’, sin tareas de gestión pública, pero con millonarios presupuestos costeados por organismos financieros internacionales a cambio de la enajenación de las empresas públicas y la riqueza de la patria. Así nomás era.

En ese contexto, ¿qué puede esperar el pueblo de una oposición que acude al engaño y a la mentira para sostener su campaña electoral y carece, además, de propuestas y planteamientos programáticos? Sencillamente nada.

Estas y otras son las poderosas razones para prever que Evo tiene todas las cartas para ser reelecto en octubre, apuntalado por un Modelo Económico, Social, Comunitario y Productivo que ha permitido a Bolivia liderar el crecimiento económico regional, bajar los niveles de pobreza, incorporar a más de 3,3 millones de bolivianos a la clase media.

Y mientras la oposición pierde el libreto y la compostura, el éxito económico boliviano es reconocido en el mundo y ha convertido a Bolivia en un referente suramericano, en momentos en que otros países de la región atraviesan una severa crisis económica.

(*) Comunicador social y periodista.