Drogas, un círculo vicioso que termina con la vida de inocentes

Fotos: Archivo
Un joven adicto a las drogas, junto a varias pastillas

Jóvenes de entre 18 y 24 años son los que más consumen marihuana y cocaína
Gabriela Ramos
Leonardo soñaba con vencer el tercer año de la carrera de Auditoría para buscar trabajo como cajero en una entidad financiera y ayudar a su mamá, pero la marihuana y la cocaína se interpusieron en sus planes y cambiaron su vida.
Una noche, cuando salía de clases, se encontró con un amigo y se quedó a beber con varios jóvenes en el atrio de la UMSA. Entre copa y copa, uno de los chicos que estaba con ellos sacó una especie de cigarrillo liado manualmente, pero en vez de tabaco en su interior tenía marihuana.
“Ése fue el principio de mi perdición. Me gustó la marihuana mucho, y siempre que podía consumía. Empecé a descuidar la U por tomar y drogarme. Estuve como seis meses así, hasta que probé cocaína, ahí perdí el control de mi vida”, contó.
Según datos del Viceministerio de Defensa Social, en Bolivia la marihuana es la droga ilícita más consumida, pues tiene un índice de consumo del 1,3 por ciento, seguida de la cocaína con 0,3 por ciento, y la pasta base de cocaína, que está en 0,1 por ciento.
Si bien el viceministro de Defensa Social, Felipe Cáceres, afirmó, en un cuestionario enviado a su persona por Cambio, que el consumo de drogas en el país bajó ostensiblemente, de 4,5 a 1,3 por ciento en el caso de la marihuana, quienes caen en el flagelo de la adicción a las drogas son en general jóvenes que están empezando a vivir.
Leonardo tiene 26 años y es un adicto en rehabilitación hace dos años. Tenía 20 cuando probó la primera pitada de marihuana, y meses después inhaló la primera línea de cocaína.
El joven refleja las estadísticas, pues cuando empezó su adicción por las drogas estaba en el grupo etario en el que generalmente se ubican los consumidores de estupefacientes: de 18 a 24 años.
Según el Segundo estudio nacional de prevalencia y características del consumo de drogas en hogares bolivianos de diez ciudades capitales de departamento más la ciudad de El Alto (2014), el grupo de personas entre 18 y 24 años consume con mayor frecuencia marihuana, clorhidrato de cocaína e inhalantes.
Las estadísticas señalan que el grupo comprendido entre los 18 y 35 años es el que presenta mayor índice de consumo. Dicho estudio también muestra que el consumo de alcohol, tabaco y estimulantes reporta mayores prevalencias en las personas comprendidas entre 25 y 35 años.
Los datos citados por el viceministro Cáceres señalan que la edad promedio de inicio de consumo de alcohol se ubica, conjuntamente el tabaco, en los 19 años, con diferencias marcadas por sexo, predominando el consumo de los varones.
El infierno
Leonardo recuerda que comenzó a probar marihuana para integrarse al grupo de su amigo, porque hasta antes de eso su vida se limitaba a estudiar y ayudar a su madre, ya sea en las labores de la casa o con algún trabajo ocasional, pues el dinero que ganaba se lo entregaba.
“Antes era muy responsable, pero cuando probé drogas me gustaron, y ahí me empezó a ‘valer’ mi mamá, mi familia y todo”, recuerda.
Dice que la marihuana en sí no fue una adicción, pero fue la puerta para su infierno: la cocaína. “Lo que sientes con la marihuana es súper, difícil de describir, un estado de alegría, pero hay un punto en que buscas sensaciones nuevas y cuando estás pasado, puedes hacer todo. Te ofrecen una línea de cocaína y dices ¿por qué no? ¡Meta!”.
El joven cuenta que su necesidad ya no era trabajar para ayudar a su madre y sus dos hermanos, sino que ahora laburaba para pagarse las dosis de cocaína y marihuana que su cuerpo le exigía.
Decidió buscar un trabajo estable e ir a la universidad en las noches, para luego drogarse, pero no pudo cumplir su plan ni un solo día, pues su necesidad de droga era inmensa. Pronto dejó su carrera.
Leonardo dice que tampoco le fue bien en el trabajo, pues sin drogas no rendía bien y si iba drogado “mi jefe se iba a dar cuenta y más que seguro que me mandaba a la Policía”, entonces comenzó a faltar, y su jefe lo despidió.
Se dedicó a buscar trabajos ocasionales para conseguir dinero, hubo un punto en que ni eso conseguía, puesto que la droga dejó huella en su apariencia: ojos permanentemente rojos, temblores, rostro avejentado, sucio, además que el olor a marihuana ya era como su aroma personal.
En su hogar también se dieron cuenta de que andaba en malos pasos, y su madre le cortó todo apoyo. “Había veces que ni comida me daba, ya no me hablaba y tampoco mis hermanos, entonces como no había dinero y necesitaba la cocaína empecé a robar a mis hermanos y luego a mi mamá”, recuerda el joven.
Primero fueron objetos, útiles escolares, luego el dinero que su mamá guardaba. La desconfianza de su familia llegó al punto de que todos encerraban bajo llave sus objetos por temor a Leonardo. La fama se extendió a sus tíos y abuelos, pues en más de una ocasión la adicción lo llevo a ir a sus casas, y a título de visitarlos les robó objetos y dinero.
“Todos me cerraron las puertas de su casa, mi mamá me botaba todos los días, pero no me importaba, solo pensaba en conseguir plata para la droga y comencé a robar en la calle. Iba a seguir así hasta que un día en la Garita me pillaron robando a una doñita y la gente casi me mata a golpes, ahí toqué fondo y decidí buscar ayuda”, contó.
Rehabilitación
La fundación Remar, que se dedica a trabajar con personas con problemas de adicciones a la droga y al alcohol, recibe a la semana un promedio de 15 a 20 personas que buscan ayuda para dejar la droga o el alcohol.
Leonardo acudió a este centro para rehabilitarse y pasó el proceso de año y medio para retomar en algo la vida normal que tenía.
El encargado de admisiones de Remar, Félix Álvarez, explicó que la terapia consiste en tres etapas, cada una de seis meses: en las que el rehabilitado vive en el centro, luego sale al mundo exterior para comenzar a reinsertarse, con la ayuda de un voluntario que “lo supervigila”. El último paso es la reinserción total en la sociedad. Álvarez afirmó que todo este proceso es inútil sin la voluntad del adicto a rehabilitarse, es por eso que, muchas veces, quienes acuden a este tipo de lugares desertan.
Señaló que la familia también es un pilar fundamental dentro del proceso, puesto que es importante que el adicto pase de ser una carga para padres y hermanos, a volver a ser un elemento útil. Leonardo está en este proceso, señala que el recuperar la confianza de su mamá y hermanos es un proceso difícil y lento.
“Dos de mis tíos todavía no me reciben, temen que les vacíe la casa”, dice con un tono que denota pena y resignación, frente al largo camino que aún le toca enfrentar para recuperar en algo la vida que tenía antes de conocer las drogas.
El joven aún tiene dos temores: flaquear y volver a probar drogas o alcohol, y los años. “Siento que ya estoy viejo, sometí a mi cuerpo a tantos excesos que ya me veo en la parte final de mi vida y veo que no he hecho nada más que hacer sufrir a mi mamá, y siento pena por los planes que tenía y que tal vez no podré realizar”.
Pese a ello, Leonardo planea retomar su carrera, o en todo caso buscar un trabajo y velar por su familia.

19 años es la edad promedio en que un joven empieza a consumir bebidas alcohólicas, según datos oficiales.
64% de la población boliviana entre 25 y 35 años consume alcohol, siendo La Paz donde hay más bebedores de este rango etario.

Alcohol, la principal droga consumida
Según el viceministro de Defensa Social, Felipe Cáceres, el principal problema con las drogas es el consumo de alcohol, que está clasificado dentro las drogas lícitas, con una prevalencia de 48,53 por ciento, seguido por el tabaco, con un índice de 25,05 por ciento, luego están los tranquilizantes, con 1,87 por ciento, y los estimulantes con 0,26 por ciento.
Cáceres expresó la preocupación del Gobierno frente a este panorama y aseguró que se están generando políticas y acciones en procura de bajar estos índices de consumo, que por cierto son de los más bajos a nivel de países de la región.
Por ejemplo, el Gobierno aprobó la Ley de Control y Expendio a las Bebidas Alcohólicas, que establece prohibiciones a la venta de este producto, señalando sanciones, así como a quienes beben en las calles.

Microtraficantes operan en plazas y colegios
De acuerdo con los datos de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (FELCN), los microtraficantes de droga reclutan a nuevos consumidores, atrayendo su atención con la invitación de dosis de droga y una vez que adquieren dependencia, son clientes seguros. A veces se convierten también en vendedores de cocaína o marihuana para costear esta adicción.
Los lugares de expendio son generalmente los colegios, calles, avenidas, plazas, night clubs, discotecas, puestos de ventas.
Los tipos de entrega para la venta son en “sobreteo”, boleo, quesitos, cajas de fósforos, que son entregados por los “dealers” (distribuidores) a pie, en vehículos, motocicletas, automóviles, a domicilio u oficinas (llamadas telefónicas o entregas a clientes fijos).