Agresividad

Opinión
Democracia Directa
El 24 de septiembre de 2015 representa el punto de quiebre de la diplomacia chilena, muy a pesar de las autoridades de ese país que intentan dibujar como una victoria la “derrota gigantesca”—parafraseando al analista chileno Tomás Mosciatti— que obtuvieron en la Corte Internacional de Justicia (CIJ).
Es evidente que Bolivia no está en el mismo lugar que en abril de 2013, cuando presentó la demanda contra Chile.
El contexto actual es diferente, kilómetros distantes, y la preocupación chilena es más que evidente. Veamos algunos hechos.
En noviembre del año pasado, el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Chile llevó adelante el ejercicio militar denominado Huracán 2015.
Se trató del ejercicio de mayor relevancia, de los últimos años, “ya que conjuga una mayor participación del personal de las Fuerzas Armadas desplegadas en un entrenamiento conjunto” (La Tercera, 10 de noviembre de 2015). Esto generó una gran repercusión internacional, pues se desarrolló en la frontera con Bolivia y Perú.
Se movilizaron alrededor de 5.500 efectivos, de los cuales 2.500 eran del Ejército, 2.000 de la Armada y 1.000 de la Fuerza Aérea. El Ejército desplazó tanques, la Armada fragatas y submarinos, y la Fuerza Aérea aeronaves de combate y transporte.
¿Qué mensaje intentó dar Chile a sus vecinos con estos ejercicios, que desde Santiago se atribuían a una práctica común? Qué extraño que todo ello ocurriera meses después de la derrota en La Haya.
Veamos más. Felipe Bulnes pagó la factura del fallo adverso que Chile obtuvo en el principal órgano judicial de las Naciones Unidas. Su carta de renuncia, que la presentó semanas antes de que se comunicara su salida, fue categórica:
“Los países que salen airosos de desafíos como el que enfrentamos son aquellos que logran apoyar decididamente a quienes los representan en estas instancias. Apoyo que no solo supone un sólido respaldo del gobierno de turno, cuestión de la que siempre he sido beneficiario y sinceramente agradezco, sino también de la sociedad en general. Es eso último lo que se ha perdido de un modo suficiente como para estimar que debo dejar el cargo”, alegó Bulnes.
El exsecretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, aterrizó en el lugar de Bulnes, y desde entonces se ha convertido en la figura principal de la estrategia frente a la demanda marítima.
De una muestra conciliadora pasó a una posición mucho más dura, agresiva, que la mostró con claridad hace unos días al culpar al presidente Evo Morales del ambiente de “exasperación” creado entre Chile y Bolivia, por los resientes hechos vinculados a la instalación de una base militar chilena y a la defensa que asumió La Paz por las aguas del manantial Silala.
Es más, sugirió afanes belicistas del Presidente. ¿Puede llegar a comprenderse ello? cuando es Chile que mantiene minas antipersonales en la frontera con Bolivia, considerando, además, que esa nación destina unos 8.230 millones de dólares por años a potenciar sus Fuerzas Armadas?.
De acuerdo con la información oficial divulgada por el Gobierno de Chile, en noviembre de 2015, “de un total de 181.814 minas antipersonal que fueran sembradas en territorio nacional, se ha removido y destruido 123.263, equivalentes al 67% del total”.
La información es clara, como evidente la instalación de la base militar, muy bien equipada, y que vulnera la Carta de la Organización de las Naciones Unidas.