Entrevista a Homero Carvalho: "La construcción de un escritor"

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Carvalho.

Calificado como el escritor más completo de Bolivia por su aporte en creativo en cuento, poesía y novela y por los abundantes premios obtenidos dentro y fuera del país. Hoy, a poco de presentar su obra de microcuentos, también recibirá dos importantes distinciones de la Cámara del Libro de Santa Cruz y de la Casa de la Cultura de Beni.

¿Cómo despierta Homero Carvalho a la vida?
Desperté, después de un sueño infinito, en Santa Ana del Yacuma, Beni. Cuando el cielo está despejado y miro los caminos de las estrellas, recuerdo a mi pueblo, una pequeña ciudad fundada por los jesuitas en el centro mismo de los Reinos Dorados; los guerreros de San Ignacio de Loyola la bautizaron con el nombre de la abuela de Jesús y los movimas le dieron el apellido del río. En Santa Ana, a tres cuadras de la plaza, en el patio del hogar donde nací, mi madre, Janola, enterró mi ombligo para que nunca olvide de dónde vengo y siempre vuelva al solar

¿Cuáles son sus primeros recuerdos de aquella primera infancia? ¿Qué ha permanecido nítido en el escritor?
Literariamente mis recuerdos se inician con mi nombre: Homero. Recuerdo que cuando tenía unos cinco años le pregunté a mi padre, que era escritor, por qué me había puesto un nombre tan feo, tan feo que nadie en el pueblo se llamaba igual. Él, sonriendo, me respondió que cuando aprendiera a leer lo iba a saber. Y así fue, cuando ya sabía leer me trajo de regalo una versión infantil de La Ilíada, cuyo autor era el tal Homero y, desde entonces, me siento orgulloso de la elección de mi padre. El problema es que, ahora, a los amigos de mis hijos tengo que aclararles que me bautizaron en homenaje al aeda griego (que no conocen) y no por el gordito amarillo de Springfield.

¿Cómo vive y siente el contacto con su tierra de origen?
El Beni, la amazonia boliviana, es la columna vertebral de mi ser literario. Todo lo que escribo está cargado con la tinta de los ríos de Moxos. Sin embargo, debo reconocer que la tierra de origen también son mi padre y madre. De él aprendí a leer el lenguaje de los libros y de ella el lenguaje de la naturaleza, la grafía de las estrellas, el sonido del agua al caer a la tierra y humedecerla.

¿Cómo fue su niñez en general? ¿Quién fue su persona favorita en ese entonces?
En la infancia fue mi padre porque estaba ausente, ya que mis padres se habían divorciado y cada quien había rehecho su vida. Mi padre era una figura legendaria para mí, a quien veía en las vacaciones.

¿Cuándo empezó su inclinación a la escritura?
Me inicié intentando cumplir una promesa y un supuesto destino. La promesa tenía que ver con mi tartamudez, de niño no podía hablar y me frustraba que no podía participar en las charlas de mis amiguitos contando esos cuentos de aparecidos de un pueblo amazónico como Santa Ana del Yacuma, donde nací, así que cuando supe escribir me propuse contárselos al papel. El supuesto destino tiene que ver con mi nombre, Homero, yo quería creer que mi padre me había bautizado predisponiéndome a la literatura. Luego tuve la suerte, que es otro de los nombres de Dios, de ganar varios premios tanto nacionales como internacionales, un gran incentivo moral.

¿Recuerda el momento en el que sintió por primera vez atracción hacia una joven o una mujer? ¿Cómo vivió esa experiencia de primer amor?
De niño, en un colegio católico, creí enamorarme de sor Rosario de la Penitencia, una joven monja, ¡virgen hermosa bajo la negra cofia de lino de las religiosas!, que sabía todo sobre Dios y sus misterios y nos catequizaba cinco veces a la semana y yo creí amarla con devoción cristiana. De adolescente creí hacerlo de la miss Peñafiel, una bella profesora de inglés que nos contaba de Mark Twain y las aventuras de Tom Sawyer, y me dediqué a escribirle unos barrocos cuentos de la selva para hacerle saber mi afiebrado origen amazónico. Meses después, cuando el otoño pendía de los árboles de El Prado paceño, creí enamorarme de la profesora de francés, la madeimoselle Camille, cuyos atrevidos labios me hicieron creer que si aprendía el idioma de Villon y Baudelaire podía haberla conquistado y le escribí unos cursis poemas románticos que aspiraban a ser conjuros seductores. En la universidad, en el alba de las revelaciones, cuando la revolución también era una muchacha, creí que lo estaba de una socióloga revolucionaria (cuyo nombre confundo con el de una dirigente de la Juventud del Partido Comunista), que dominaba los textos de Marx y Gramsci, tanto como mis deseos juveniles, y pronto me di cuenta que debía aprender más de la dialéctica de los cuerpos. Hasta que un día, en el atrio de la universidad, como una aparición entre los profetas del trotskismo, vi pasar a una muchacha pecosa y de crespa cabellera, vestida con jeans y un poncho de alpaca, que iluminaba el mundo con su sonrisa, de la que no sabía nada, ni siquiera su nombre; el sol proyectó su sombra sobre mi nostalgia y, al verla, fue como si toda la energía oculta de la tierra subiera por mi cuerpo.

¿Qué es lo que le molesta más en el mundo?
La injusticia, la discriminación y la gente soberbia y altanera.

¿Qué es lo que le agrada más del país?
Definitivamente nuestra gente, con todos su defectos y su virtudes, porque esa es la única manera de amar.

¿Qué le gustaría cambiar si tuviese poder para hacerlo?
Me agradaría que todos tengan libros a la mano.

¿Alguna vez se sintió discriminado?
Sí, en algunas ocasiones, porque así como hay ‘comecollas’ también existen ‘comecambas’ y en La Paz me he encontrado con algunos de ellos en los espacios laborales; personas que se creen únicos y tocados por la Pachamama.

¿Puede compartir cuál ha sido su dolor más grande en la vida?
La muerte de mi padre el año 1989. Me hubiera gustado que vea y disfrute mis logros.

Del mismo modo, ¿recuerda el momento de mayor felicidad, es decir, alguna vez sintió tanta felicidad que tuvo miedo?
Cuando nació mi primera hija, Brisa, felicidad que se repitió con Luis Antonio y luego con Carmen Lucía.

¿Dónde y cuál es ese lugar donde usted se siente en casa en total libertad? ¿Su sitio favorito en la tierra?
Mi hogar, porque después de 26 años de matrimonio hemos llegado a la comprensión y a la tolerancia. Llevo una tremenda relación con mis hijos. Me siento feliz con mi familia y con la literatura, pues gracias a ellas he logrado ganar premios en los tres géneros: novela, cuento y poesía.

¿Su comida favorita?
Me gustan los picantes.

¿Una canción que ame, un libro que haya tocado las fibras más íntimas  de su interior?
Canción: Imagina, de John Lennon. Libro: El Quijote, de Cervantes. Música: El adagio de Albinoni.

¿Una película que recuerde, recomiende o simplemente la disfrute si la vuelve a ver?
Dos películas: Blade runner y Cinemaparadiso.

¿Qué recomendaría a quien desee convertirse en escritor sin tener nombre de escritor o un destino trazado?
Ja ja ja me gustó lo del nombre de escritor y destino. El consejo que siempre doy en los talleres de escritura creativa es que si alguien quiere escribir bien, debe leer mejor. Y luego cito a Rainer María Rilke: ‘Si puedes vivir sin escribir, no escribas’. La escritura debe ser una necesidad.