¿Qué ciudad queremos?

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Tapa del libro comentado por el autor del texto.

Ramón Rocha M.
Columnista y escritor

Ciudades rebeldes. Del derecho de la ciudad a la revolución urbana es un libro del geógrafo británico David Harvey (Ed. Akal, versión para Bolivia del CIS-Vicepresidencia de la República, 2014). Un libro que equipara la Comuna de París, de 1871, con El Alto, la Guerra del Agua en Cochabamba y otros sucesos bolivianos que hoy se estudian en Europa y Estados Unidos (Universidad de Duke) y tienen profusa bibliografía. Me agrada saber que tanto la Guerra del Agua como la Guerra del Gas y el orgullo alteño de haber derribado a dos gobiernos neoliberales y consumado elecciones generales se equiparan a lo ocurrido con los indignados en Madrid, con la población urbana de El Cairo, con mayo del 68 en París y México, con la primavera de Praga, con la plaza Syntagma, de Atenas, con la movilización de los estudiantes chilenos por una educación superior gratuita y la lucha contra el modelo neoliberal, con el Foro Social Mundial de Porto Alegre, que protesta contra las consecuencias de la globalización, con la ocupación de Wall Street por los inmigrantes desocupados y con tantos otros movimientos urbanos que exigen el control popular de sus respectivas ciudades. Leo este hermoso libro cuando vivimos en Cochabamba uno de los episodios más tristes de nuestra Llajta y marchamos al abismo por indiferentes al haber cedido el control urbano a grupos privilegiados y neoliberales que están destrozando esta ciudad y la están llevando al colapso. Por inspiración de David Harvey, redacté los siguientes puntos:

1. La revolución industrial hizo crecer a las ciudades como centros de las fábricas y del ejército de obreros que fueron desplazándose del campo a la ciudad, y también como centros nunca vistos de acumulación de capital. Pero el abandono de las tierras de cultivo y la migración del campo a la ciudad amenazaron directamente el mercado interno, la producción de alimentos y la soberanía alimentaria.

2. Incluso muchos izquierdistas nos hicieron creer en el mito de la industrialización, que debía conseguirse a cualquier precio, es decir, con la subvención del campo a la ciudad debido a los precios bajos de los alimentos que se destinan a las ciudades. Pero en realidad un país es rico cuando tiene una población rural asentada en la producción agrícola, una población rural que produce alimentos orgánicos y garantiza la soberanía alimentaria del país y la ampliación del mercado interno. Eso es un país rico y no un país industrializado que debe importar alimentos de otros países porque ha subordinado su soberanía alimentaria al mito de la industrialización.

3. El problema se agrava porque el capital invertido en la industria al menos generaba empleo y seguridad laboral, planes de vivienda, seguridad industrial, beneficios sociales y otras ventajas, porque hoy el capital antes industrial se ha convertido en capital especulativo, capital financiero, para jugar en la Bolsa a comprar y vender acciones sin importar cuál es el destino final de esos dineros. Si uno ha acumulado capital, la banca le garantiza dividendos y especula con dicho capital donde le plazca, sea en el cultivo de transgénicos, en la carrera armamentista o en la especulación inmobiliaria para no hablar de inversiones ilícitas.

4. Entretanto, las ciudades fueron diseñadas para explotar a quien se emplea, pero también a su hogar, su familia, su barrio, sus condiciones de vida. Por eso los explotados de las ciudades son también los desocupados o subocupados, los trabajadores por cuenta propia, las empleadas domésticas, las prostitutas, las y los cleferos, las vecinas y vecinos de barrios periféricos donde no se cumple la oferta de las ciudades, como es el acceso a los servicios públicos, a la calidad de vida, al vivir bien que cada vez es más relativo en el área rural.

5. La población joven y femenina del área rural tiene su espejo en las ciudades y en la sociedad de consumo. Ellos sueñan con invertir los restos de capital que tienen en celulares, automotores, motocicletas, plasmas, aparatos de sonido, así como en gaseosas, alimentos enlatados e importados y comida chatarra que sustituye sus viejos hábitos alimenticios. Estos que son los sectores más vulnerables de la población rural no tardan en emigrar a las ciudades, donde se desplazan a los suburbios en busca de un techo, y a la intermediación en busca de una estrategia de sobrevivencia.

6. Sin embargo, esa población rural trae a las ciudades sus usos y costumbres culturales, tienen un pie en la ciudad, otro pie en el empleo o el trabajo por cuenta propia en el trópico y otro pie en la fiesta de su pueblo. Esto cuando no trasladan las fiestas al medio urbano, donde procuran conservar su identidad y cultura provincianas y rurales en las fiestas, las danzas, el folklore, el deporte, la religión, la comida y la bebida.

7. El sector de explotados en las culturas urbanas es cada vez más amplio porque no solo está conformado por el proletariado, que al fin y al cabo tiene empleo, sino por esa inmensa masa de explotados que se afilian a diversas OTB, juntas vecinales, sindicatos y otros grupos sociales. Ese sector de explotados no es privativo de Cochabamba, sino que se repite en El Alto, en La Paz y Santa Cruz, en las ciudades intermedias y en otras capitales mundiales como Londres, Nueva York, París, México, Tienanmen, Seattle, Madrid y Atenas, en un movimiento global que quiere recuperar el control de sus ciudades frente a las estrategias del capital que quiere acumular más mediante la explotación de los trabajadores en sus fuentes de trabajo pero también en sus hogares, en sus barrios, en su calidad de vida, en su futuro.

8. El control sobre el desarrollo urbano de Cochabamba es desastroso, con bolsones de riqueza y bolsones de pobreza, con un río entre dos cantones que no es un punto de encuentro sino un punto de separación entre norte y sur; con una sequía que amenaza los acuíferos más importantes; con tres puentes colapsados que dificultan el tránsito; con una contaminación ambiental y una tala de árboles indiscriminada; con dificultades artificiales contra el transporte público y masivo de población a sus fuentes de trabajo o de sobrevivencia; con soluciones para automotores pero ninguna solución para peatones, ciclistas, ambientalistas y otros sectores que quieren recuperar el control sobre nuestra ciudad para reproducirla en su clima, su verdor, su planificación adecuada y su distribución de alimentos propios de una soberanía alimenticia.

9. Esa es nuestra fuerza social: la certeza de que nosotros somos los agentes de la democracia, de que nosotros decidimos qué espacios urbanos son públicos, la certeza de que una ciudad para peatones y ciclistas es una ampliación sabia y ambientalista del vivir bien, que se repite en cada día del peatón, que por cierto nació en Cochabamba. Recuperar el control sobre nuestra ciudad y nuestro futuro es tarea de todas y todos los habitantes urbanos conscientes de que estamos caminando al abismo porque miramos indiferentes cómo se desdibuja el privilegio de vivir en una ciudad hermosa como es nuestra Llajta.