Venezuela bajo ataque: apuntes sobre el atentado eléctrico

Foto: AFP
El presidente Nicolás Maduro acusa a EEUU del colapso eléctrico.

 

LA ÉPOCA / CAMBIO

Entre la tarde del 8 de marzo y la madrugada del 10, Venezuela fue víctima de un nuevo ataque de sabotaje, el mayor en su historia republicana, esta vez a la central hidroeléctrica de El Guri, que dejó sin electricidad a por lo menos un 80% de la población. El atentado tuvo el objetivo de socavar todo intento por parte del Gobierno venezolano de lograr la estabilización de la economía y frenar el cuadro insurreccional que Estados Unidos y sus delfines, como Juan Guaidó, intentan culminar exitosamente en el país. 

Previo al sabotaje —que estremeció al conjunto del Sistema Eléctrico Nacional y que dejó sin luz a gran parte del país durante los últimos dos días—, varios pronunciamientos anunciaron que se recurriría a una acción de fuerza bruta para evitar el colapso.

En ese contexto, el retorno falsamente épico de Guaidó duró menos de lo esperado en cartelera ante la llegada del “presidente interino”.
No hubo deserciones críticas en la FANB que, mezcladas con una revuelta social generalizada, lograra instalarlo en Miraflores para ejercer el poder a como dé lugar.

DERROTA ANUNCIADA

Ese round de recuperación (la gloriosa llegada a Maiquetía de Guiadó), tras la derrota del 23 de febrero, día en que dio por sentado el ingreso de la ‘ayuda humanitaria’, no surtió efecto más allá del frenesí temporal de los medios.

En consecuencia, Guaidó volvió al incómodo punto de partida de hace dos meses. Desgastado por la derrota del 23 de febrero y sin acciones concretas de mando presidencial que lo catapulten a lo interno, la orquestación de las siguientes operaciones correría a totalidad y por cuenta propia de Estados Unidos. 

Un excitado, como de costumbre, Marco Rubio, anunciaba horas antes del apagón que los “venezolanos vivirán la más severa escasez de alimentos y gasolina”, así dejó ver que tenía conocimiento de que algún tipo de shock se suscitaría. 

Por su parte, el Gobierno ruso emitió un comunicado en el que alertó que “Estados Unidos está elaborando un plan de respaldo que trata de introducir en Venezuela grupos armados ilegales entrenados con el fin de llevar a cabo sabotajes y actividades subversivas”. 

Guerra sucia

La guerra sucia en curso fue alertada por ambos bandos del conflicto geopolítico sobre Venezuela. 

La profecía autocumplida de Rubio se hizo realidad en un apagón generalizado que tuvo un impacto ampliado en la red bancaria, de telecomunicaciones y de servicios públicos vitales del país (hospitales, provisión de agua, transporte, etc.), obstaculizando de forma prolongada su funcionamiento y paralizando las actividades rutinarias de la población.

En resumen, un ataque encubierto al centro de gravitación del sistema eléctrico venezolano, planificado para agudizar el malestar social y económico, reflotar la narrativa de “crisis humanitaria” y “Estado fallido”, con la cual esperan reactivar el alicaído liderazgo de Guaidó.

 
Pero esta tendencia de apelar a las opciones antipolíticas y de guerra no convencional cuando los recursos políticos no dan resultados no es nueva ni reciente (basta recordar los ataques eléctricos continuados cuando las revoluciones de color de 2014 y 2017 entraron en reflujo). 

A su modo, Bloomberg lo insinuó en su último reportaje.

El desgaste de Guaidó, su incapacidad para encabezar un proceso de transición más o menos serio, despeja el terreno para que los ataques como los del Gurí, la violencia armada, la guerra irregular al estilo Contra nicaragüense, se conviertan en alternativas “legítimas” y “urgentes” para confrontar el chavismo.

De esas formas de guerra tiene amplio conocimiento el delegado de Trump hacia Venezuela. Así, Elliott Abrams es el papá de la guerra mercenaria contra Nicaragua en los años 80.  

Embargo y sanciones

A las vulnerabilidades históricas de un sistema eléctrico dependiente de los ingresos de la renta petrolera se sumó una feroz política de sanciones financieras que ha mermado la capacidad de inversión pública en ramas estratégicas del Estado. 

Se contabilizan en 30 mil millones de dólares el dinero venezolano embargado por Estados Unidos, que utilizando como herramienta el “gobierno paralelo” de Guaidó, ha dejado al país sin recursos líquidos para atender las dificultades que estimulan las sanciones. 

Mientras tanto, Guaidó usa el dinero embargado, según él, para cancelar opacamente algunos intereses de la deuda externa. 

El sistema eléctrico nacional ha estado bajo ataque por una mezcla explosiva entre desinversión potenciada por el bloqueo financiero, pérdida de personal técnico especializado por la depreciación del salario, y operaciones de sabotaje sistemático, las últimas puestas siempre en vigor cuando la ofensiva política la recupera el chavismo. 

Razón tenía Chris Floyd, autor del libro The Empire Burlesque en designar las sanciones financieras como un “holocausto”. 

El empleo de esta arma de destrucción masiva en países como Irak, Irán y Siria, da cuenta de que el daño a la infraestructura crítica es similar a una intensa campaña de bombardeos con misiles crucero. 

En este sentido, el apagón es una extensión del embargo contra Venezuela, es la extensión de la política estadounidense de restringir importaciones, bloquear cuentas y obstaculizar el acceso a dinero líquido en el mercado financiero internacional, y en su propio mercado petrolero, prohibiendo el pago de las exportaciones a Venezuela. 

El apagón también es una metáfora del estado de sitio en el cual se mantiene al país y cómo el bloqueo financiero, que obstaculiza el uso de dinero para recuperar un ya debilitado sistema eléctrico nacional, que sostiene la actividad petrolera y económica del país, es el sustituto de las armas bélicas.

La modalidad de fabricar una situación de colapso es una estrategia desplegada por Estados Unidos en más de una oportunidad. Los hechos históricos así lo atestiguan.