Cholitas escaladoras: las faldas de la montaña

El grupo de cholitas escaladoras antes de hacer cima en el gigante Aconcagua. Los objetivos no tienen límites, ya empezaron a soñar con ir al Everest.
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Madrid, España / Marca.com / Roberto Palomar

Cinco diminutas figuras trepan por la Canaleta, el tramo final que decide la suerte de todos aquellos que pretenden hacer cumbre en el Aconcagua (6.962 metros), la punta más alta del continente americano. La Canaleta es una lengua de piedra y polvo, con una inclinación de 45 grados. Un lugar donde “das un paso y retrocedes dos”, al decir de quienes han transitado por allí. 
Las cinco figuras, a punto de ganar el Filo del Guanaco y enfilar hacia el castillo de cumbre, a la izquierda, no destacan por la calidad técnica de sus ropas, aunque sí por su destreza y la ligereza de sus movimientos. 
Son cinco mujeres ataviadas con polleras, la colorida falda típica de Bolivia, sombrero de hongo y mantón. Son las cholitas escaladoras, el grupo que está revolucionando estos días algunos de los campos base de los nevados sudamericanos.
Las cinco cholitas lograron hacerse la fotografía en la cruz de la cumbre del Aconcagua, junto al enorme cajón metálico que contiene un libro de firmas para todos aquellos que aún tengan resuello para dejar su rúbrica a casi 7.000 metros de altura.
La historia de las cholitas no es solamente algo pintoresco. No son apenas un grupo de mujeres que escalan ataviadas de forma estrafalaria a ojos de un occidental. En el fondo, es una reivindicación de vida en un deporte con un marcado tinte masculino y en unas latitudes donde el papel de las mujeres es secundario y discriminatorio.
De hecho, el grupo de las cholitas, que oscila entre cinco y 16 mujeres, dependiendo de sus quehaceres cotidianos, ocupa uno de los lugares más bajos en el estrato de la enorme industria que suponen las expediciones montañeras en países como Bolivia o Perú.
COCINERAS Y PORTEADORAS
La altitud y la accesibilidad de algunos nevados, por encima de los 6.000 metros y la cercanía a algunas capitales —el Huayna Potosí (6.088 metros) está a sólo 25 kilómetros de La Paz—, han creado un turismo de montaña en algunos países sudamericanos que necesita una cierta infraestructura. Guías, porteadores y cocineros conforman una comunidad que atiende la demanda turístico-deportiva. 
Contratados por las grandes agencias que venden los paquetes de aventura al mundo occidental, se juegan la vida por unos pesos en el caso de los guías y cargan con las tareas más penosas siendo porteadores y cocineros. Y aquí es donde entran en acción las cholitas. Ellas provienen de ese mundo. Son las mujeres de los guías.
Las profesiones de sus maridos las fueron llevando a los campos base para que se encargaran de cocinar y de hacer de porteadoras de altura entre los campamentos intermedios. Cargan con los bultos más pesados de sus clientes, mientras ellos ascienden en busca de esa pieza llamada cumbre. Y ahí empezó todo. 
“Como ya tenía mucho tiempo de estar yendo como cocinera, quería subir, saber cómo se sentía allá”, explicó Lidia Huayllas Estrada, la coordinadora de las cholitas. En 2015 reunió a otras mujeres que estaban en su misma situación, trabajando en el campo base, levantándose al alba para cocinar, yendo por bloques de hielo para hacer agua, subiendo fardos de un campo a otro, y las convenció: “Les dije a mis compañeras de trabajo que por lo menos hiciéramos la prueba; ver hasta dónde podíamos. Y llegamos a la cumbre del Huayna Potosí en un solo intento. De esa manera fue mi idea escalar las montañas”.
Detrás de este volcán vinieron otros. Y poco a poco se empezó a forjar una pequeña fama en torno a ellas. Sorprendentemente encontraron el apoyo mayoritario de sus maridos, que ya no las veían sólo como las abnegadas cocineras del campo base, sino como mujeres con la misma fortaleza que ellos para asaltar una cumbre.

CON IDENTIDAD PROPIA
Además de sus logros deportivos, lo que las hizo singulares fue un detalle secundario: su indumentaria. Las cholitas no renunciaron a la vestimenta tradicional, al traje de faena con el que transitaban de un sitio a otro entre las tiendas de campaña, cuando bajaban al torrente a fregar los cacharros o hacían un porteo a un campo de altura. 
La pollera (con sus espectaculares colores), el sombrero de hongo y una toquilla, que lo mismo vale para arroparse que para acarrear cualquier objeto, son parte de su equipo. Su aspecto rural las hizo enormemente populares en los campos base, pero, al mismo tiempo, vulnerables a ojos de los escaladores ataviados con los últimos modelos de las grandes marcas montañeras: aquellas mujeres en falda no podrían llegar a la cumbre. No en pollera. Pero las cimas empezaron a caer: el Huayna Potosí, el Acotango (6.050 m), el Parinacota (6.350 m), el Pomarapi (6.650 m) y el Illimani (6.462 m). Y ahora, el Aconcagua. “Para hacer las cumbres no hemos dejado nuestra vestimenta, porque es lo que siempre nos ha caracterizado. Tampoco podríamos dejarla”, asegura Lidia.

“Hemos demostrado que las señoras de pollera, las cholitas, sí pueden subir con su propia ropa”, remata en tono reivindicativo.

LA POLLERA, CERCA DEL CIELO
Las cholitas, que son montañeras de pura cepa y que conocen perfectamente el terreno que pisan, no juegan a poner el punto pintoresco en zonas donde se juegan la vida sólo para que las fotografíen y tener su minuto de gloria. Bajo las polleras utilizan un equipo de alta montaña de verdad. Tejidos técnicos, buen calzado, casco cuando es necesario o crampones son elementos de los que no pueden prescindir en altitudes por encima de los 5.000 metros y en condiciones meteorológicas que son adversas.
Lo contrario, reconoce Elena Quisque, sería una temeridad: “También es complicado andar con pollera en la montaña. Pero ya estamos acostumbradas, ya sabemos cómo pisar, caminar. A veces, la enagua se engancha en el crampón y no se puede sacar”.
Su acceso a la equipación no es fácil y prácticamente viven del alquiler o del préstamo que les hacen otros montañeros. Una buena indumentaria costaría aproximadamente 2.000 euros, una cifra prohibitiva para unas mujeres con salarios extremadamente bajos. De hecho, esperan que esta conciencia de grupo que están transmitiendo al mundo les ayude a financiar alguna de sus aventuras. Entre sus reivindicaciones está el poder cobrar lo mismo que los hombres. Un guía o un porteador percibe cantidades superiores a las cholitas sólo en virtud de su género.
No es la única discriminación con que han tenido que luchar en la montaña. Cuando quisieron ascender el nevado Acotango (está en la frontera entre Bolivia y Chile), fueron repudiadas por los lugareños de la zona. Todo transcurrió con normalidad hasta que en su vuelta al primer lugar civilizado, los habitantes les advirtieron que habían puesto en marcha una maldición, que ninguna mujer puede escalar montañas y mucho menos el Acotango. 
Lidia recuerda con amargura aquella experiencia: “Llegamos al pueblito, nos preparamos y escalamos, todo bien. Pero al retorno los del pueblo nos reclamaron el haber subido a la montaña y dijeron que se iba a derretir todo, que ya no iba a haber nieve. Nos hicieron sentir mal”.

APOYO PRESIDENCIAL
Poco a poco, todos esos prejuicios van cayendo. El propio Evo Morales, presidente de Bolivia, les ha transmitido su apoyo y fueron recibidas con honores en su país, donde son ya una celebridad. 
No sólo los turistas de los campos base piden hacerse fotos con ellas como si fueran un souvenir de la zona. Se están ganando el respeto de la comunidad montañera, porque sus logros no son menores. Se trata de mujeres que tienen sus obligaciones cuando no están en la montaña, con hijos, familia a la que mantener y muy lejos de las comodidades de un deportista occidental al uso. 
No hay gimnasios, ni planes de entrenamiento, ni aerobic, ni crossfit para las cholitas. Se reúnen para subir a las montañas cercanas a La Paz cada 15 días y acude quien puede. Algunas ni siquiera pueden costearse los 100 euros de una ascensión de fin de semana. Y, sin embargo, un nombre empieza a resonar en sus cabezas: Everest. Quién sabe si la próxima temporada el colorido de las polleras vaya a inundar el Escalón Hillary, camino de la cima del mundo. “Toditas a la cumbre” es uno de sus lemas.