Nada altera la calma en comunidades de los Yungas

Vista panorámica de la población de Irupana.
Foto: Archivo

Irupana / Cambio

En la terminal de Minasa en Villa Fátima de La Paz, el movimiento del transporte hacia el norte paceño es normal. Cerca del mediodía, el sol cae a plomo sobre la ciudad mientras los vendedores de boletos para flotas y minibuses vocean los diferentes destinos buscando ganar pasajeros.

La afluencia de gente es propia de un lunes que abre septiembre en medio de un conflicto que busca irradiar con un reducido sector de los productores de coca que se resiste a la erradicación de cultivos en una de las más de una decena de comunidades que conforman La Asunta, la quinta sección de la provincia Sud Yungas.

La salida de La Paz se produce luego del paso de una columna de manifestantes, a la que se sumaron —en inmediaciones de la sede de la Asociación de Productores de Coca (Adepcoca)— grupos opositores al Gobierno. Se podía ver, en medio de aquella manifestación, a conocidos activistas del llamado 21F.

En la terminal de buses, los viajeros continúan sus afanes para iniciar la travesía. Hacia Irupana, la segunda sección de Sud Yungas, son algo más de cuatro horas de viaje y los pasajeros se aprovisionan de lo que pueden para llegar hasta su destino.

Poco a poco el bullicio de la ciudad queda atrás y comienza a verse el paisaje propio de la Cumbre, donde un cristo se erige en lo alto de la apacheta para abrazar a los poderosos cerros yungueños que se extienden hasta perderse de vista.

El asfaltado Chulumani-Unduavi, aquel sueño de los pobladores de la zona, aún es un anhelo inconcluso; a lo largo de los más de 140 kilómetros que se extienden entre los empinados desfiladeros, sólo un tramo de cinco kilómetros está asfaltado, poco antes de llegar a Puente Villa, el sitio anterior a la población de Huancané, que marca la llegada a Chulumani, la capital de la provincia Sud Yungas.

Las comunidades dispersas a los lados del camino se ven tranquilas. El ambiente cálido y húmedo se llena del olor de la vegetación que rodea el camino.

Irupana

Tras cuatro horas y algo más de viaje, el minibús llega a Irupana despidiendo los últimos rayos del sol yungueño. El pueblo, como ya es habitual, se ve tranquilo y en paz. Acogedor y sin más bulla que los juegos callejeros de los niños que aprovechan en fresco de la noche para disfrutar de lo que queda de la jornada.

“Aquí en Irupana las actividades son normales. Todos los colegios han pasado clases y los comercios han atendido sin problemas”, dice a Cambio un comerciante al comentar que aquí los pobladores viven en paz y no han tenido nunca problemas por la coca.

“No sólo en Irupana, sino también en todos los Yungas, la principal actividad es la coca; en menor escala está el café, la miel de abejas y la producción de verduras”, afirma Wálter, el comerciante que prefiere guardar en reserva su nombre completo. Irupaneño de nacimiento y con sus más de 50 años encima, dice que él y su esposa están decididos a quedarse a pasar su vejez contemplando Churiaca, el sitio de encuentro de los vecinos y de las comunidades campesinas que rodean el pueblo.

Bolsa de valores

El testimonio del comerciante de productos electrodomésticos es por demás ilustrativo. Una lección breve de economía básica que dibuja la magnitud que adquiere esta planta sagrada para los pueblos indígena originario campesinos: “La coca es como una bolsa de valores, cuando suben los precios se mueve el mercado, los productores compran y consumen, y los comerciantes mejoran sus precios y sus ingresos”, dice el entrevistado, que precisa que en esta coyuntura el precio de la coca se ha disparado a cerca de Bs 50, un récord que beneficia a muchos.

De acuerdo con su testimonio, en los últimos años se ha registrado en la zona una creciente migración de campesinos de Potosí, Oruro, La Paz y de los propios Yungas a la zona de La Asunta, donde hoy se concentra el 41% de la producción de coca de la región. “Allí, en La Asunta, en tres meses ya están volviendo a cosechar”. Eso explica —en parte— por qué quienes hoy se han lanzado a la producción de cultivos ilegales en la zona se resisten a la erradicación. En paralelo, han surgido verdaderos patrones de la coca que poseen más de cinco hectáreas de cultivos que están fuera de control.

La vida en Irupana no se detiene. En un café-internet, un grupo de niños juega a las carreras de autos en red y alborotan el recinto con sus gritos cruzados. No hay tregua en sus pantallas.