Invasión a la isla de Granada

Hombres y Procesos

Contrarios a Latinoamérica

Por Alejo Brignole

Dentro del extenso —podríamos decir infinito— catálogo de atrocidades y vulneraciones al derecho internacional perpetrados por Estados Unidos en el mundo entero, la invasión a la isla caribeña de Granada de 1983 resultó didáctica por diversas razones.

En primer lugar demostró sin atenuantes el rol tutelar, profundamente antidemocrático e imperialista que se arroga Estados Unidos en las relaciones internacionales, el cual no duda en ejercer por la vía violenta, sometiendo a una población civil reducida y periférica como la granadina, y provocando un centenar de muertos y medio millar de heridos.

También el episodio nos legó una dolorosa lección, que consiste en ver los trágicos resultados que producen las históricas divisiones de la izquierda, las cuales, siempre y sin excepción, terminan siendo funcionales a alguna forma de fascismo o dominación colonial, tal y como ocurrió en la isla caribeña.

Ubicada en las Antillas Menores y no muy lejos de las costas venezolanas, Granada —que pertenece a la Commonwealth británica— era gobernada en 1979 por el primer ministro Sir Eric Gairy, en el poder desde 1967 mediante fraudes electorales.

Si bien era un régimen formalmente democrático, mantenía a la isla sumida en la pobreza y con dependencia crónica de su economía a los intereses británicos y estadounidenses. Debido a ello, mientras Gairy realizaba un viaje a las Naciones Unidas, un grupo de jóvenes revolucionarios liderados por Maurice Bishop tomaron el poder de manera incruenta el 13 de marzo de ese año, y ocuparon la sede de gobierno, las estaciones de radio y televisión y los cuarteles de la Policía.

El movimiento New Jewel (Nueva Joya) fue formado en 1973 por Bishop y su amigo de la infancia, el abogado y docente comunista Bernard Coard, aglutinando a otras agrupaciones de extracción marxista. Se trataba de una estructura inspirada en la lucha de los afroamericanos estadounidenses, bajo la filosofía del Black Power o Poder Negro. En un Estado insular de mayoría negra gobernada por poderes fácticos surgidos de una situación colonial, la reivindicación étnica resultaba medular y coherente para el proyecto revolucionario de aquellos jóvenes movidos, además, por el gran ejemplo liberador de la Cuba revolucionaria.

Ante este panorama, Bishop —de apenas 34 años— y su movimiento ya consolidado vieron que la isla caribeña podía intentar el gran salto hacia una institucionalidad más madura y descolonizada para abordar políticas sociales justas y redistributivas. Si Cuba lo había logrado... ¿por qué Granada no podía seguir esa senda?

Tras el exitoso golpe y destituir a Sir Gairy —que también era negro y estaba de viaje por Nueva York—, Maurice Bishop se puso a trabajar intensamente bajo los nuevos lineamientos socialistas.

Junto a su equipo de ministros se dispuso a fortalecer la economía de la isla propiciando el crecimiento de cinco sectores estratégicos: la agricultura, la industria forestal, la agroindustria, la pesca y el turismo. Todo ello requería innovar y replantear las infraestructuras del país. Además de invertir en educación y salud, Bishop decidió dotar a la isla de un aeropuerto con una pista de grandes dimensiones para recibir al turismo y agilizar los intercambios regionales.

Cuba y su Revolución, siempre sensible a la emancipación de los pueblos, colaboró estrechamente con el nuevo gobierno socialista, no sólo asesorándolo, sino financiando proyectos, prestando trabajadores, tecnología y asistiéndolo en tareas de inteligencia, considerando que Washington ya afinaba sus consuetudinarias estrategias intervencionistas y desestabilizadoras.

De hecho, la construcción de la pista comenzaba a ser discutida por los halcones del Pentágono como una razón valedera para justificar una invasión militar bajo el pretexto de que el aeropuerto serviría para el aterrizaje de aviones de carga soviéticos y eventualmente aprovisionar de armas a las insurgencias continentales. Como siempre, la falsedad de la justificación poco importaba. Lo vertebral era malograr el proyecto soberano que vivía el pequeño Estado caribeño. Pero también la disensión interna —aquellas eternas divisiones que la izquierda alberga en su seno— jugó un papel decisivo en la caída de ese gobierno portador de un humanismo inédito en la isla. Su amigo y viceprimer ministro, Bernard Coard (que era también Ministro de Finanzas, Comercio e Industria), quería llevar la revolución más lejos y más radicalmente, sin entender del todo las limitaciones coyunturales que se vivían en plena Guerra Fría, en la que las sensibilidades estratégicas de ambos bloques —el soviético y el occidental— estaban al límite.

En realidad Coard, que en los cuatro años de gobierno había construido una sólida base de poder interno, quería hacerse con el gobierno. Decidido a ello, inició un debate doctrinal en las filas del movimiento New Jewel y sus cuadros exigieron a Bishop que renunciara o se aviniera a un acuerdo de poder bipartito con Coard y en el que ambos compartirían el control del gobierno, pero Maurice Bishop y sus seguidores se negaron.

Así planteado el frente interno, Coard decidió dar un golpe de Estado a su viejo camarada de luchas y el 19 de octubre de 1983 dio orden de arresto domiciliario contra Bishop.

Ante la noticia, grandes muestras de adhesión popular ganaron las calles de Saint George (la capital) en favor del carismático Bishop. Tras años de reivindicaciones sociales efectivas y un nuevo lenguaje con el pueblo, Bishop había sabido ganarse el respeto de la sociedad granadina, que fue a su rescate para liberarlo. Sin embargo, Bishop y otras 15 personas, incluidos varios ministros de su gobierno, fueron otra vez apresados y ejecutados por el Ejército a las órdenes del general Austin Hudson.

Hudson también resultó un oportunista Judas y se puso al frente del Consejo Militar Revolucionario autoproclamándose Jefe de Gobierno y derrocando a Bernard Coard tras sólo una semana de mandato. Impuso toques de queda y un Estado de excepción militar en toda la isla. 

Ante este panorama, Estados Unidos decidió ejecutar el plan de intervención que ya había diseñado desde el mismo momento en que Granada se había proclamado un Estado revolucionario y soberano. Para ello utilizó las viejas fórmulas de maquillaje diplomático que son parte de su menú como Estado agresor y militarista: convocó a los gobernantes más sumisos del entorno caribeño, Barbados y Jamaica, para que se unieran a las tropas estadounidenses bajo la exigencia de cumplir los acuerdos de la Organización de Estados del Caribe Oriental, creada apenas dos años antes.

La administración Reagan dio luz verde a la invasión, que se produjo el 25 de octubre de 1983, mediante una operación bautizada Furia Urgente y en la que participaron unos 1.900 marines y algunos cuerpos de élite.

Sin embargo, hallaron la eficaz resistencia de unos 1.500 soldados granadinos dirigidos por 700 trabajadores y asesores cubanos que construían la pista, provocando serias bajas a los invasores. Cuba, como siempre, dejó también en Granada a sus muertos, como en el Congo, como en Nicaragua, Angola o El Salvador y otros escenarios en donde la emancipación de los pueblos estuviera comprometida.

La invasión de Granada fue, no obstante, una lección útil para explicar —una vez más— dos verdades irrefutables: que el Caribe sigue como rehén de una potencia esencialmente inmoral, y que la Revolución cubana continúa siendo el muro de contención más sólido y comprometido de toda Nuestra América.