La gesta de la industrialización boliviana

Foto: Cambio
La planta de la Empresa Azucarera San Buenaventura.

Por Alejo Brignole *

Que las revoluciones no sólo se hacen con ideas y fusiles lo saben bien aquellos que han dedicado su existencia y sus luchas a engendrar una sociedad mejor. Las revoluciones —ellos lo saben— se ganan con estudio y con palabras, que son instrumentaciones de aquellas ideas. Pero también se ganan con potencia psicológica y esfuerzo físico. Muchas veces a golpe de machete bañándose en el sudor que el cuerpo agotado exuda, día tras día y pasando penurias.

Para refrescar esta verdad, bastaría remitirse a las imágenes del Che y Fidel cortando caña de azúcar y cargando sacos en aquella épica zafra llamada ‘de los 10 millones’ en 1970, en la que Cuba intentó llegar a una producción récord de diez millones de toneladas de azúcar.

Y aunque la meta no se alcanzó —se produjeron algo más de ocho millones de toneladas—, esa campaña agrícola-industrial de una Cuba victoriosa en plena Guerra Fría nos legó una verdad irrefutable: que el buen revolucionario debe entenderse con libros, fusiles y machetes por igual.

Esto sin duda lo comprendió cabalmente Ramiro Lizondo Díaz, un economista nacido en Potosí en 1965 y que en 2011 abrazó como propia una encomienda presidencial y un imperativo nacional: dotar a Bolivia de una industria azucarera estatal.

Ese reto, verdadera prueba humana de resistencia física y compromiso político, presentaba obstáculos tan monumentales como el ideal que lo impulsaba. Se trataba nada menos que de instalar una planta procesadora de caña de azúcar, postergada por más de medio siglo.

Naturalmente, el comandante del proyecto asumió que esa lucha no era sólo una batalla de ingeniería y cálculos técnicos. La pelea debía librarse también —y sobre todo— con la empuñadura de un machete, resistiendo temperaturas infernales, enfrentando la ponzoña letal de víboras e insectos, y combatiendo a feroces terratenientes dispuestos a matar para mantener sus privilegios en regiones en las que el Estado apenas tenía presencia. La Revolución Económica y Cultural de Bolivia cambiaría para siempre las relaciones sociales de poder y producción en el país. La lucha era, pues, múltiple además de peligrosa.

Industrializar a Bolivia en un sector importante como la producción azucarera —insumo esencial de la economía doméstica y también de la macroeconomía nacional— se convirtió así para Ramiro Lizondo Díaz en su particular reto vital. En la prueba superior de su existencia.

Escritor de artículos, conferenciante, asesor constituyente y protagonista fiel de muchas otras misiones a lo largo de su fértil vida política, este boliviano comprometido que encarnaba a muchos otros en su propio espíritu, dijo que sí al presidente Evo Morales Ayma y se puso al frente de la Empresa Azucarera San Buenaventura (Easba), sabiendo que ese compromiso no sólo iba a exigir un esfuerzo de titanes a todos los implicados, sino tal vez la propia vida. 

El desafío no fue vano, pero tampoco gratuito, pues el terreno hostil y las condiciones extremas, sumados a los inherentes problemas técnicos de levantar una industria en la profundidad del trópico, se cobraron su precio de dolor y angustia para dar fe de que sólo una Revolución puede cambiar la realidad de su pueblo y dejar testimonio de otro país posible.

Y si esta épica no se ha contado hasta ahora, si ha permanecido en un suave silencio que engrandece aún más la gesta, será porque en esta Bolivia redimida existen cientos, quizás miles, de narraciones memorables igualmente enterradas en la abnegación más pura: la de luchar sin buscar más reconocimiento que el de entregar el sudor y la sangre al proyecto común.

Allí donde habitaba el jaguar y la bruma milenaria permanecía virgen, hoy existe un ingenio azucarero con capacidad para procesar 7.000 toneladas diarias de caña de azúcar y la posibilidad de elaborar 57 mil toneladas anuales de producto terminado, listas para abastecer el mercado interno y exportar azúcar a todo el mundo. Una producción que facilita y abre las puertas para otras industrias subsidiarias como la del alcohol, los fertilizantes, la energía eléctrica y el compost. Que introduce divisas genuinas a la economía boliviana, ya emancipada de las tutelas perversas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial.

El proyecto de Easba liderado por Ramiro Lizondo Díaz, que hoy es una realidad concreta y tangible de nuestra nueva economía industrial, demostró que un machete es más que una herramienta campesina en las manos adecuadas. Un machete movido por un puño revolucionario (tal como nos demostró el Che con su ejemplo personal) puede ser la llave hacia nuevas formas de libertad colectiva que nos dotan de recursos, de horizontes factibles y, por supuesto, de una nueva dignidad.

Muchas veces escuchamos frases excusatorias o evasivas del tipo “aquello es imposible” o “es un proyecto utópico”. Pero la historia universal y en especial la latinoamericana —tan rica en sueños truncos pero nunca abandonados— nos hablan de que la persistencia y el valor siempre dan sus frutos. “Seamos realistas, soñemos lo imposible”, nos decía una vez más el soldado de América, nuestro amado Che.

Como un moderno Fitzcarraldo —aquel empresario del caucho peruano que en 1894 arrastró un enorme barco a lo largo de 10 kilómetros de impenetrable selva—, Ramiro Lizondo Díaz se atrevió a superar sus propios límites, y con ellos expandió también los límites de esta tenaz Bolivia.

El embrujo de las selvas bolivianas lo atrapó para convertir una quimera en una realidad posible. Esas mismas selvas que reclamaban la llegada del brazo estatal, que es, en definitiva, el brazo vivo de todos los bolivianos. Allí se construyeron 145 kilómetros de caminos y 25 mil metros de canales hídricos con la ayuda de más de 1.300 vehículos pesados. Para 2020, Easba espera plantar 9.000 hectáreas de cultivo de caña y generar 500 empleos directos y 10 veces más de empleos indirectos.

Por supuesto no faltaron los críticos habituales que todo progreso genuino convoca. Fueron los mismos que callaron durante décadas la inoperancia de gobiernos dóciles que jamás se atrevieron a dotar al país de iniciativas industriales.

El proyecto industrial azucarero fue cuestionado sin más fundamento que el del perro que ladra al paso de la marcha revolucionaria. Pero criticar la Revolución y  sus secretas épicas nacionales es un deporte ya gastado que a nadie sorprende.

Por eso Ramiro Lizondo Díaz jamás abandonó su machete ni dejó de garabatear sus cuadernos, pensando y creando un sueño de muchos que hoy se yergue como un monumento a la tenacidad más pura. Cada tonelada de azúcar producida equivale a un río de sangre boliviana que nuestra historia vio derramada en cien infamias innombrables. Por eso lo hicieron. Para conmemorar tanto sacrificio y esclavitud haciendo de esta nación una nueva casa mucho más digna y grande.

Marx nos decía que “la historia no es ni hace nada. Quien es y hace es el hombre”. Y podríamos agregar… “esa historia se hace con libros, fusiles y machetes, como hicieron esos obstinados bolivianos comandados por Ramiro Lizondo Díaz”. 

Para adentrarse en la problemática del extractivismo y el aprovechamiento nacional de los recursos naturales, véanse:  García Linera, Álvaro. La condición obrera. Estructuras materiales y simbólicas del proletariado de la minería mediana (1950-1999). IDIS-UMSA. Comuna.

La Paz, 2001. Y de Lizondo Díaz, Ramiro, el extenso artículo La condición del extractivismo en Bolivia. Revista Correo del Alba Nº 49 agosto-septiembre de 2015.

* Escritor y periodista