[Opinión] El Mariscal de Zepita

Democracia Directa

La unidad de Bolivia y Perú no es sólo territorial. La Confederación Perú-Boliviana, cuyo principal promotor fue el Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana, lo demuestra.

Hijo del criollo peruano de Huamanga, don José de Santa Cruz, y de una noble indígena descendiente del cacicazgo de Huarina, doña Basilia Calahumana, el Mariscal hizo de la “unión, progreso y libertad” la bandera que superó “todas las fronteras de América”.

El biógrafo e historiador Arturo Costa de la Torre señala que Andrés de Santa Cruz tuvo una figura “de dimensión continental y una de las personalidades más egregias de la historia americana”.

No se equivoca cuando afirma que la sonoridad de su nombre repercutió en todos los confines del continente “como una clarinada evocadora de aquel lejano tiempo heroico” y que en su personalidad se revivió “el sueño y la grandeza de los Incas, reencarnada en la sangre de su férrea contextura andina” (Homenaje al Gran Mariscal de Zepita Andrés de Santa Cruz en el centenario de su muerte).

Por ello, el Mariscal de Zepita, luego de presidir el Perú (1827) y decidir servir a Bolivia, nación de la cual puso los cimientos de su creación, la organizó y creó su estructura legal (entre 1829 y 1839), se propuso traducir en hechos la amistad sincera y constante entre ambas naciones.

Así, el 28 de octubre de 1836 consolidó la creación de la Confederación Perú-Boliviana, que —de acuerdo con Costa de la Torre— tuvo el sueño visionario de dar “a los dos pueblos hermanos la cohesión, la fuerza y grandeza”.

Santa Cruz sintió que al constituir la Confederación materializaba el objetivo de toda su vida, por el cual luchó con energía para consolidarlo y defenderlo aun a costa de su propia vida.

El Mariscal señaló: “Aplasté por las armas el intento del argentino Juan Manuel de Rosas por doblegarnos desde el sur. Sólo así fui leal con mi alma y con mis sangres”.

Sin embargo, el surgimiento de la Confederación Perú-Boliviana fue definido por naciones como Chile y Argentina como una amenaza y, en consecuencia, trataron de dar fin a esa unificación patriótica.

Diego Portales, el gran enemigo de la Confederación, se dio cuenta de que Bolivia y Perú unidos serían “siempre más que ese Chile modesto y encerrado en el extremo sur de América”.

Si bien las armas de la Confederación se impusieron en Yanacocha, Socabaya, Iruya y Montenegro, avasallando a las huestes peruanas y argentinas, e hicieron capitular a las chilenas en Paucarpata, la constancia de las fuerzas chilenas, apoyadas por la traición de los exconfederados peruanos, destruyó la Confederación en los campos de Yungay (1839).

Esa derrota fue sólo “una caída, sólo eso” y de ello no hay duda porque el legado de integración del Mariscal de Zepita resurge en estos tiempos.

Las naciones hermanas de Bolivia y Perú volvieron a reencontrarse en el camino de la construcción de un bienestar conjunto. El acercamiento generado por los gabinetes binacionales que se celebran desde 2015 es un reflejo irrefutable de ello y se constituye en una oportunidad perfecta para continuar la marcha de Santa Cruz.

Como lo señaló el Mariscal de Zepita en el Testamento Político que escribió el 19 de abril de 1846, en Valparaíso, Chile, ese camino llevará a las dos naciones a “amalgamar los intereses de sus pueblos” y a “una mayor prosperidad”. Ése es el horizonte.