Pa’ su verdá

Emilio Adolfo Bonadona Rivero*

La luz de una lámpara tallada en madera, el ruido de la TV, me puse a meditar sobre los hechos de la vida, donde estamos involucrados todos, transitando por la misma senda. Meditando sobre las palabras vertidas por un pequeño de apenas cinco años que, ignorando lo que dijo, provocó un revoloteo en mi espíritu en silencio y mis ojos se cerraron por un momento, porque él no sabía el significado de las palabras o las escuchó en algún programa animado, de esos que han perdido mensaje y no ayudan a la formación de los niños. —Abu…., ya es hora de que visites a Diosito. Con sus  manos tocándome la cara, mirando sus ojos picarones a los míos, complementando el cuadro, un fuerte beso en la mejilla. El lugar se llenó con su risa, saliendo a buscar su juguete preferido.
Esas palabras me acompañaron hasta este momento, en mi mente rondaron y preguntándome por qué duramos en sus vidas tan poco tiempo, y abriendo en la caja vieja los recuerdos, recordé a mis abuelos. La visita constante con ellos, el amor que me ofrecieron desde (seguramente) mi nacimiento, sus enseñanzas y sus actitudes de atención permanente. Los veía cada  año, más arrugaditos. Luego preguntar: ¿por qué mis abus se han marchado para no volver? El último acto que permanece en mi mente es el velorio de ambos, aunque en diferentes  fechas; las palabras que escuchaba a los asistentes: —ya estaba cansadito, estaba muy enfermo. Pocas lágrimas, muchas flores y la vestimenta de color negro. A la pregunta de ¿volverá mi abu…?, la respuesta de uno de los padres: —¡sabes que está en el cielo, ahora pórtate bien y no me hagas renegar!
Qué diferente es ser abuelo y comprender ese amor que te brindaron de niño. Amor diferente, distinto, que se ofrece cada día a los pequeños, que alegran el espíritu y te llenan las horas con su ternura. Contrariamente a los padres, que tratan de imponer sus criterios, pensando que es la forma correcta de recibir respeto. Comentar como pareja sobre sus actividades sociales y para asistir a los compromisos, una vez con razón y otras veces sin razón: —ahí están los abuelos, finalmente, tienen todo el tiempo, no trabajan; en cambio nosotros “dicen” tenemos que mantener la casa, pagar los servicios, el colegio, la ropa, en fin, un mundo de cosas, que ellos nos ayuden de esa manera. 
Y estamos  presentes, cambiando pañales, bañando, jugando con ellos para que coman, preocupados por sus fiebres y enseñando el amor, respeto y saludo a sus padres cuando éstos llegan del “trabajo”. Llevando y recogiendo de la escuela al niño, con paso lento, pero seguro.
Los abus no gritamos, los amamos, porque nos recuerdan a nuestros malcriados hijos, que hoy  apenas hablan con nosotros, sin tener en cuenta que nuestros años nos dan mayor sabiduría y experiencia, y que sería de gran apoyo nuestros consejos.
Qué diferente es ser abuelos y qué poco duramos, unas veces los dejamos pequeños, que no recuerdan, a no ser por los videos o fotografías, y muy pocas veces, casi jovencitos les causamos dolor, abandono de comprensión y amor.
Esas palabras —“es hora de que visites a Dios”— y la felicidad que nos causan los nietos cuando están con nosotros  hacen  pedir al Creador y relojero del mundo un tiempo más para compartir con ellos y disfrutar la felicidad de ser dobles padres.  Porque los abus… no duramos mucho.

*Poeta, embajador de paz 
Círculo Cultural de Poetas, Narradores y Declamadores