Frei Betto, entre el cielo y el marxismo

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

Cuando la Teología de la Liberación surgió tras el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín de 1968, celebrada en Colombia, impulsó otra interpretación del Evangelio cristiano al centrarse en la opción preferencial por los pobres y produjo reacomodamientos en el seno de la Iglesia. Nacida en América Latina, esta renovada lectura teológica fundada en lo social luego fue suprimida e incluso reprimida por la misma Iglesia católica bajo el papado ultraconservador de Juan Pablo II, que fue declarado santo en 2014.

Esta persecución y silenciamiento eclesial le valió a los representantes de la Teología de la Liberación, ente otras cosas, padecer la tortura de sus miembros, desapariciones y muertes violentas bajo varias dictaduras latinoamericanas sujetas a la Doctrina de Seguridad Nacional.

Sin dudas, la Iglesia católica de aquellos años estaba dividida entre una jerarquía distante o cómplice, y pastores o sacerdotes tercermundistas dispuestos a llevar hasta las últimas consecuencias el mensaje evangélico, ahora interpretado a la luz de ciertas premisas sociales compartidas incluso con el marxismo. La jerarquía de Roma y los episcopados locales, casi siempre aliados de las opresiones y de los diseños estadounidenses para la región, no tardaron en confrontar esta visión. Hubo, no obstante, ejemplos claros de lucha por los pobres surgidos desde algunas jerarquías católicas, como el monseñor Romero en El Salvador, ejecutado en 1980 por un comando paramilitar mientras daba misa, o el cardenal Miguel Obando y Bravo de Nicaragua, que defendió los derechos humanos durante la feroz dinastía Somoza en aquel país.

En este sentido, el pontificado de Juan Pablo II, a pesar de las aclamaciones internacionales y de su acelerado e inusual proceso de canonización, constituyó uno de los períodos más vergonzantes y retrógrados de la historia eclesial moderna. Un papado que fue cómplice de Washington al pactar su silencio sobre varios procesos genocidas liderados por Estados Unidos. Un papado con manejos muy oscuros entre el Banco Vaticano y el Banco Ambrosiano, que fue señalado de reunir y administrar fondos secretos de la CIA para el sindicato polaco Solidaridad y para La Contra nicaragüense, formada por torturadores y exagentes de la dictadura somocista que buscaba desestabilizar la Revolución Sandinista.

Pero a pesar del espeso lodo en que transcurrió el pontificado de Karol Wojtyla y que hizo invisible el genocidio latinoamericano, entre otros crímenes de omisión, hubo también en la acera contraria de esa Iglesia peligrosamente ausente, una constelación de sacerdotes, religiosos y obispos que dieron testimonio de su compromiso evangélico con los sencillos y los pobres. Aquellos que Cristo siempre defendió, tal como Marx o Engels, como Rosa Luxemburgo y Fidel Castro lo hicieron desde otras cosmovisiones.

De ahí que estas coincidencias filosóficas sobre cuestiones sensibles como la liberación de los pobres y la lucha de clases que la propia Teología de la Liberación reconocía como medular en sus postulados, convirtiera a sus impulsores en claros enemigos de los diseños estadounidenses para las periferias.

Entre aquellos hombres destacadísimos que emergieron a luz de este nuevo enfoque evangélico claramente emparentado con el humanismo marxista, hubo sacerdotes como el peruano Gustavo Gutiérrez o los hermanos brasileños Leonardo y Clodovis Boff.

Sin embargo, uno de ellos brilló especialmente por su extensa y fértil trayectoria, no sólo pastoral, sino política y personal, además de intelectual. Carlos Alberto Libânio Christo, popularmente conocido por Frei Betto (o Fray Betto), es un sacerdote dominico brasileño nacido en 1944, que mientras estudiaba periodismo en 1964 se decidió por el camino religioso e ingresó en la Orden de los Predicadores (dominicos). Año también en que fue detenido por la dictadura de Castelo Branco y torturado durante dos semanas; un episodio que marcaría definitivamente su senda ideológica y cristiana, al padecer en sus carnes lo que el sistema siempre reserva a los pobres y oprimidos.

En 1969 vuelve a ser apresado bajo la nueva dictadura de Artur da Costa e Silva y permanece en prisión hasta 1973. Allí, en la reflexión obligada que impone todo encierro, concluye que debe permanecer cerca y dentro de la realidad de los marginados y se muda a una favela en la ciudad de Vitoria, capital del estado de Espírito Santo. Allí toma contacto con las luchas populares más crudas y las formas de represión que la dictadura genocida aplica entre esos sectores.

Se relaciona de manera colaborativa con la lucha armada y milita en la organización guerrillera Acción Libertadora Nacional (ALN), pero sin empuñar las armas. Junto a otros religiosos de su orden organiza tareas de apoyo a los muchos perseguidos políticos de esos años y a la vez se introduce de lleno en el estudio de la teología, filosofía y la antropología.

En 1979 se traslada a otra favela ubicada en la ciudad de São Paulo, donde conoce a un joven, Luiz Inácio Lula da Silva, con quien se unirá políticamente, incluso tras alcanzar Lula la presidencia del Brasil, décadas más tarde.

De sus años de cárcel surgió su libro Bautismo de sangre, traducido a varias lenguas, en el que relata su experiencia en cautiverio, la tortura y muerte de varios de sus hermanos dominicos y cómo éstos se enfrentaron a la dictadura iniciada en 1964.

Hombre ubicado en dos universos diferenciados pero complementarios (la religión y las luchas populares), Frei Betto fue en la década de 1980 un importante asesor en diversos países socialistas, conciliando las relaciones entre estos Estados y la Iglesia católica, trabajando en escenarios tan diversos como la Unión Soviética, Polonia, Cuba, China y Checoslovaquia, además de la Nicaragua sandinista.

Años más tarde, cuando Lula llegó a la presidencia en 2003, fue convocado por su amigo para trabajar como coordinador de Movilización Social para el Programa Hambre Cero. Lamentablemente, luego se distanciaría del gobierno del PT debido a discrepancias en los enfoques sobre el rol del Estado en la labor liberadora de las clases desfavorecidas, aunque su amistad con Lula permaneció incólume.

Intelectual premiado, Frei Betto ha incursionado además en casi todos los géneros literarios, con varias novelas escritas, además de ensayos y libros de memorias, entre otros.

En 2016 fue publicada Frei Betto: una biografía, escrita por el historiador Américo Freire y la periodista Evanize Sydow, obra que fue prologada por Fidel Castro poco antes de morir. El último galardón recibido por Betto fue el Premio Internacional José Martí de la Unesco, en 2013. Sin embargo, Frei Betto sigue vinculado a su claustro religioso y mantiene su celda monacal en el convento que tiene la orden en São Paulo mientras continúa su vida pastoral.

De la misma manera que existen alternativas para otro mundo posible por fuera de los esquemas rígidos y decadentes que plantea el capitalismo, Frei Betto ha dado (y sigue dando) un claro testimonio de que también otra Iglesia es posible. Que las relaciones entre las diferentes cosmovisiones humanistas, como el marxismo, el cristianismo, el budismo y otras formas sincréticas de religiosidad o filosofías políticas, lejos de ser incompatibles, son complementarias. Y más aún, necesarias entre sí, en tanto potenciadoras de una articulación entre universos diferentes con un denominador común: el ser humano como centro de las preocupaciones y sujeto último de toda realización colectiva.