Jacobo Regen

Regen fue un regalo de Reyes: nació el 6 de enero de 1935 (aunque el acta de nacimiento diga que nació el 5 de enero… a las 24.15) en Campo Quijano (Salta), hijo mayor de un matrimonio de inmigrantes judíos, don Samuel Regen y doña Clara Spalter de Regen, que huían del horror que ya se respiraba en su Polonia natal y que luego se asentaron en este recóndito y bucólico lugar del mundo, Salta.

David Slodky Kafkale*

En Salta hay un ángel. Un ángel que se desliza por sus calles, que está casi siempre despierto en sus noches, que crea belleza, constantemente, dolorosamente.
A veces es un ángel espléndido, refulgente. A veces es un ángel caído, abatido. Pero siempre es un ángel.
Es un ángel poeta. Es Jacobo Regen. Un grande poeta salteño que, al decir de muchos, es la voz lírica más representativa de su generación, en el país. 

Franz Kafka escribió alguna vez: “Cualquiera que no pueda arreglárselas con la vida mientras está vivo, necesita una mano para apartar la desesperación sobre su destino, pero con la otra mano puede apuntar aquello que ve entre las ruinas, pues ve más y diferentes cosas que los demás. Después de todo, está muerto durante su propia vida y es el real sobreviviente”. Al leerlas, pensé en Kafka, pensé en Poe, pensé en Regen. 

La irrupción de Jacobo Regen en la poesía salteña
Ya a poco de comenzar a transitar su destino de poeta, Raúl Aráoz Anzoátegui decía de él en su Panorama poético salteño (1963): “Es poeta de extraordinaria lucidez. (…) Tal vez él sea el más desasido de la realidad visible, el más personal y puro, el que mueve con más justeza las palabras. Hasta pareciera que toda otra expresión, no colocada por su mano, huelga en cada línea de su verso”. Jacobo acababa de publicar su plaqueta Seis poemas, que —como su nombre no lo indica— contenía siete conmovedores poemas. Dos años después, Aráoz Anzoátegui agregaba, ante la publicación de su primer libro: “Los poemas de Canción del Ángel revelan uno de los temperamentos más originales y poderosamente líricos de la actual poesía salteña” (1965).
Pocos años después, el poeta salteño Wálter Adet publicaba en El escudo de Dios (1971) algunas de las palabras más delicadamente logradas, estremecidas y atinadas referidas a la vida y a la obra de Jacobo. Cito algunos párrafos: 
(…) Su voz sigue siendo la misma, transparente, de sus primeras elegías y canciones. Una voz sin parientes literarios y levantada como un grande y atmosférico acontecimiento en este pueblo de aguerrida geografía.
Ojos de pez para la poesía, siempre abiertos, y negándose de por vida a convalecer de su dolencia. Poemas que tienen mucho de plegaria mental en su fecunda brevedad y ese poder de concentración que encontró Emerson en todo arte verdadero. No la potencia de la locuacidad, de padres propensos a poblar de hijos escuálidos el mundo, sino esa vitalidad esencial de los que no confunden la lujuria con la fecundidad ni el desenfreno con la fuerza. 
Jacobo Regen es en ese libro [Canción del ángel y otros poemas] dueño de la palabra justa, irreemplazable; y con la suya y otras muy pocas voces, la poesía de aldea que se escribe todavía en el país recibe un golpe del que no podrá recuperarse.
Profunda vida condensada en aparentes tenuidades y que condice singularmente con el ser físico de Regen, bajo cuyos suaves modales se oculta, como una piedra en una felpa, un insobornable rigor para con su destino de poeta. 
De esa granítica materia está hecho su mensaje, del temple de su vida profunda. Y no importa mucho que pase casi desapercibido en esta Salta del desenfado verbal y del mester de juglería…(…)
Son poemas mágicamente confabulados con el silencio y que repelen el gesto teatral, declamatorio, tal como el organismo un cuerpo extraño. Poemas nacidos en su luna justa, sin el socorro de fórceps literarios y religiosamente fieles a ese otro tiempo personal, intransferible, cuyo transcurso escapa del reloj. (…) 
Los que conocemos a Regen, los muy pocos, sabemos qué lejos del ocio su tensa espera del poema y de su lucidez para entreverlo cuando aflora. De su crispada sujeción a ese otro tiempo intransferible.
Y se lo ve salir de esto y aquello, como quien pide disculpas por ser como es, pero sin ninguna intención de dejar de serlo. Se le ve irse, siempre, después de tocar fondo, porque ‘en un mundo de fugitivos, todo el que se busca parece que huye’, y sólo él sabe dónde su luz y cuál su fuerza. 
Es su voz la de un hombre que, para ser consecuente con su vida, eligió el camino de la más rigurosa y despojada poesía.

III
Envuelta en una música doliente
llegas a mí, de lejos, madre mía.
Y aunque no cantes tú, la melodía
vibra en mi corazón, llora en mi frente.

Pueblas mi sangre silenciosamente
y, al prolongarte en mí, soy tu agonía:
raído azogue, remembranza fría
de tanto amor y tanta luz ausente.

Madre, mi soledad a ti se aferra.
Nada me habita como tu recuerdo
por la infinita sombra iluminado.

Protégeme en las lindes de la tierra
donde sin causa ni razón me pierdo,
donde ya ni conmigo me he quedado. 
 
*Escritor salteño-Invitado a la FIL-La Paz