La cita

Fue en ese instante, cuando meditaba sobre lo que podía ocurrir minutos después, que un ruido sordo y duro cortó su mirada.

Elisangela Heredia* 

Tania llevaba tal prisa que no podía tolerar el paso de los segundos controlados por el latido de su ansioso corazón; las calles atestadas de vehículos y trancaderas habían menguado el buen humor con el que se levantó en la mañana.
Pese a ello, podía percibir, sentir el cambio de los olores de la ciudad que bullía y escuchar las charlas de las personas que cedían espacio a su paso acelerado. 
No las miró y difícilmente podría describir los rostros de dos mujeres, ya muy adultas, que conversaban entre sí mientras caminaban. 
Lo que se quedó en su memoria fue la frase emitida por una de ellas “…es de ese tipo de mujeres a las que sus parejas las golpean de manera constante…”.
Sintió el desprecio con el que eran masticadas esas palabras, el timbre le supo amargo y sin estar muy consciente, su cerebro ya había formulado preguntas: ¿cómo son ese tipo de mujeres? ¿Se las puede clasificar en un “tipo” de mujer? ¿Existen “tipos” de mujeres? Intentó no pensar más en el tema y concentrarse en llegar a su cita. 
Era un hombre a quien le gustaba la puntualidad, un hombre que despertaba en ella un montón de sensaciones que la dejaban sin aire, un alguien por quien se sentía vulnerable y a quien no quería dejar de mirar. Un amor extraño que la invadía de miedo y a la vez de una dicha desconcertante; presentía que ese día él iba a pedirle matrimonio, lo sentía así y se sentía invadida de espanto y ansiedad. 
Fue en ese instante, cuando meditaba sobre lo que podía ocurrir minutos después, que un ruido sordo y duro cortó su mirada, su paso y sus pensamientos.
Fredo (diminutivo de Alfredo) había amanecido bebiendo, su mujer no le abrió la puerta de su casa al amanecer y estaba furioso; retornó a su coche, decidió volver al taller de su amigo Guido para continuar la farra, total, qué putas le importaban la vida, su mujer Cristina y sus dos hijos, Tobías y Miguel. 
Imaginaba las caderas calientes de la puta Roberta… cuando no distinguió el cambio de color del semáforo y con la prisa y el chaqui de la chupa, se fue con todo y golpeó a una mujer que no lo vio llegar.
Tania despertó en una habitación blanca y fría, las enfermeras le informaron que estuvo inconsciente, en terapia intensiva por más de tres meses, que no lograron ubicar a ningún familiar para informar sobre su estado, tampoco hubo nadie que preguntara por ella durante ese tiempo.
Se sintió invadida por una pena agria, y le costó unas horas recordar. ¿Qué hacía?, ¿de dónde venía o adónde se dirigía el momento en el que el coche la golpeó?
Días más tarde, con ayuda de Sofía, su compañera de trabajo, logró cubrir los costos del hospital y que el seguro le reconociese gran parte de todo el gasto acumulado durante el tiempo de su inconsciencia; luego se trasladó a su modesto departamento en la zona de Miraflores de la ciudad de La Paz. 
Pasaron días mientras se reincorporaba a su rutina; cuando un día, al pasar por un puesto de periódicos, reconoció en una foto de portada la imagen de un hombre, era él, a quien vería ese día del accidente.
Compró el periódico temblando y fue a leerlo entre las paredes de su habitación. 
La noticia decía que Raúl, un reconocido escultor, había asesinado a su amante Victoria golpeándola con una de sus esculturas hasta quitarle la vida. 
Decía la nota que el aludido en cuestión llevaba una vida muy promiscua y violenta con cuanta mujer se atreviese a tener intimidad con él.
Tania sufrió entonces un ataque de náuseas que la hizo vomitar por tres días seguidos. 
Lloró sin estar segura de por qué lloraba y una noche, mientras trataba de dormir, recordó las palabras arrastradas y llenas de desprecio de aquella mujer que se refería a “tipas así”.

*Poeta y escritora