Lecturas, efectos y réplicas

Tres obras y las impresiones que perduran cuando la lectura atrapa al lector y lo lleva a viajar por páginas imposibles.

 

Jackeline Rojas Heredia

Hay libros cuyo efecto perdura en el tiempo, en la cotidianidad e incluso en los sueños y pesadillas; obras que recreas, personajes que son construidos en la memoria más de una vez, situaciones tan inesperadas o inverosímiles quizá, que la medida de la imaginación no se ajusta. Esa reacción a la acción de leer a Wilmer Urrelo Zárate perdura en el tiempo, como las réplicas del temblor.
Leí a Urrelo hace 20 años, cuando apareció la obra Mundo negro, con la cual no me llevé nada bien, un encuentro con lo desconocido que me provocó pereza descubrir, quizá porque entonces andaba por las nubes suspirando aún por el “realismo mágico” que de cuando en cuando me reduce la edad y renueva mi fe (a veces ridícula en esos amores reales).
Eso impidió que lo disfrutase más a fondo, hasta que poco tiempo después apareció Fantasmas asesinos, imposible huir, se ajustó a extractos de la realidad conocida, de aquella a la que todos escapamos, a la que le damos la espalda pese a que sabemos que está ahí, que llega a rozarnos con su aliento de desidia, muerte y abandono. Personajes lúgubres adheridos a los sentidos más extraños y más sensibles. Ya entonces (2009) si no me equivoco, me convencí de la calidad de esas letras que penetraban mis retinas con la dureza de los alfileres fríos, ya solía repetir mi interna voz que estaba frente a una revelación, una que consideré fresca, pero auténtica, esa manera de narrar como un paseo en bicicleta, como una caminata entre verdes praderas y luego el afán de escalar montañas o cruzar los ríos, un ir lejano sin detenerse, sin descansar, un ir sin tiempo.
Fantasmas asesinos se quedó mucho tiempo divagando en mi memoria, entre las paredes de mi habitación, entre las tapas de libros que me deleitaban y entre los patios y porterías de las escuelas a las que visitaba. Fue una reacción que duró una infinidad porque tras los primeros días de réplica, se sucedieron los meses y luego los años, nuevas lecturas, paseos junto a otros autores y autoras, paréntesis de olvidos, pero eternos regresos, recuerdos, memoria que no pudo diluirse.
Y Wilmer Urrelo, por supuesto, siguió produciendo, pero aún no era momento de retornar a él, porque aún sus fantasmas acompañaban mi caminata y con ellos ya tenía suficiente. Sin embargo, retornó la voz y fue en la XXIII Feria Internacional del Libro (FIL-La Paz) en la que el impulso de volver a esas letras me invadió como un frenesí del que fue imposible escapar, como una música que despierta sentidos dormidos y que hace del cuerpo el instrumento para su perpetuación, así me ocurrió y sin mucho meditarlo, reuní el monto que se requería para concretar la compra y adquirí el libro.
Hablar con los perros me atrapó, me pasé dos noches corridas sin pegar los ojos, sin quitarlos de esas páginas, sin tener vida ni libertad hasta llegar al final a la última página. Son más de 600, no recuerdo exactamente cuántas porque no se me hizo la memoria con los números, pero creo que bien podía llegar a las 700, ¿y luego? Dos noches de pesadillas con los personajes y otras midiendo, analizando, recreando, construyendo una y otra vez “esos personajes”: Alicia (no la del país de las maravillas, pero podría ajustarse metafóricamente), el perro loco, el más molesto de todos por su nulo valor la mayor parte de su vida y su valentía tardía a poco para terminar su inútil existencia. El más de todos, ese ser pesado, extrañamente amado y temerario hasta la médula, Aníbal o ¿papá? Lo he masticado letra por letra, he repasado su vida, su figura, su manera de hablar, su mirada tétrica y he anhelado en el interior ser Alicia, tener un “papá” como ése.
Efectos que producen las lecturas, efectos contradictorios que duran, reacciones que no puedes disimular, que te quiebran, que te permiten cuestionarte y reconstruirte, discernir y enloquecer, todo a la vez, es como comer una deliciosa pizza para luego vomitarla y despreciar el aliento a queso rancio que se quedó en el paladar.
Los Infernales, Dios, qué infierno de vida o de vidas y que cielos tan al alcance de la mano, tanta soledad, miedo, violencia, una forma de pisar la tierra, la vida y a los demás con la total lucidez de que, obviamente, tendrá consecuencias, esas que se buscan y que se encuentran. ¿Y el amor? Ese ilusorio y mentiroso, el de siempre, de las parejas que se juran una eternidad que vulneran. No existe, pero aparece otro, un amor capaz de traer de retorno a los animales muertos, capaz de hablar con los perros asesinados, ese amor que le mueve la cola y lame las manos de quien lo protege por horas, de quien se hace uno por las similitudes halladas, ese amor de señas, de accionar de manos que simplemente comunican, que están sin estar, pero que hablan, los perros hablan.