El arte de narrar mucho en breve

La autora es un referente en la creación de historias cortas, en las cuales se revelan los miedos y terrores más profundos.

Eliana Soza Martínez 
Escritora potosina

 

Transfiguración

Despertó espantado por aquella pesadilla, no podía recordarla pero le costaba respirar y sentía el miedo incrustado en sus entrañas, trató de volver a dormir, no pudo, vio el amanecer, y sintió que algo había cambiado en su espíritu. 

Se levantó y al intentar prepararse café y alcanzar el azucarero no fue necesario estirar la mano, éste voló hacia él. 

Dio un salto atrás, no podía creerlo, intentó lo mismo con la cucharilla y funcionó. Todo el día estuvo haciendo trucos en su cuarto de universitario. 

En los siguientes días fue descubriendo más poderes de los que sólo había soñado, como levitar y, el más impresionante, la invisibilidad. 

Estaba tan extasiado con sus nuevas habilidades que ni se dio cuenta de que pasó dos días sin comer ni dormir, encerrado en su cuarto; al estar consciente de esto se sintió cansado y cerró los ojos apenas por un instante; al abrirlos estaba en un lugar desconocido con todos sus allegados sentados alrededor, quiso contarles sobre sus poderes, pero nadie lo veía ni escuchaba, sólo hablaban en voz baja y su familia lloraba frente a una foto suya, situada delante de un féretro.

 

Mi Cárcel

— Déjame en paz, nunca quise que las cosas terminaran así. 

— No sabes lo que dices. 

— Claro que sí, siempre fue de esa manera, nunca me dejaste vivir, estuviste por encima de todos y todo. 

— Eras feliz. 

— Eso es lo que crees, apenas fue y es un placer efímero. Quiero vivir más allá de este maldito sillón. 

— Nunca lo lograrás, no eres nada, no eres nadie. 

— Quiero salir de estas cuatro paredes, respirar otro aire que no sea la humedad de esta podredumbre. 

— Afuera no es tan diferente, nadie te aceptará. 

— Es cierto, nadie me espera, sólo me acompaña esta culpa que no me deja respirar. 

—No hay forma de librarse de la culpa, es como la vergüenza, siempre estará ahí. 

— Tiene que haber algo más, no puedo, no tengo que seguir así. 

—Soy lo único que te queda. No tienes adónde ir. 

—Sólo puedo pensar que me quitaste mi libertad, por ti estoy encerrado en esta cárcel de carne y grasa que pesa 300 kilos de culpa y vergüenza. 

Pero tienes razón, ya lo he intentado tantas veces y por más que lucho y lucho no soy capaz de dejarte ir, éste debe ser mi destino, sigamos los dos confabulados para conseguir mi muerte en cada bocado.