Karl Marx, el hombre que lo cambió todo

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

Hablar de Karl Marx significa ineludiblemente adentrarse en un universo casi inabarcable de ideas que desde 1848 continúan en constante ebullición. El año señalado resulta esencial, pues fue cuando Marx junto a su amigo y compañero de luchas, Friedrich Engels, publicaron su famoso Manifiesto del Partido Comunista que contenía el germen de todas las ideas sociales, económicas y sociológicas que Karl Marx desplegaría años más tarde en El capital. 

La cooperación de las clases obreras de todo el mundo para enfrentar de manera internacional y orgánica la explotación capitalista —condensada en la consigna “trabajadores del mundo, uníos”—  constituyó un enfoque nuevo y poderoso para una sociedad europea inmersa en el maquinismo industrial iniciado un siglo antes y que había generado una nueva clase social urbana: el proletariado. 

Las poblaciones rurales, tentadas por la oferta de trabajo en los centros industriales de las grandes ciudades, comenzaron a mediados del siglo XVIII un éxodo masivo para trabajar en las grandes factorías que la máquina de vapor permitió. La fabricación  industrial y a gran escala, opuesta a la producción artesanal, fue así el catalizador de un nuevo mapa social desconocido hasta entonces y que tuvo en los grandes conglomerados urbanos su mejor representación. Sin embargo, este nuevo fenómeno desnudó de manera brutal y sin intermediaciones la naturaleza explotadora y cruel del capitalismo que, utilizando el principio de la oferta y la demanda aplicada al trabajo, pauperizó y cuasi-esclavizó a esas mismas clases rurales, ahora devenidas en un proletariado urbano dependiente de la industria y de los dueños de los bienes de producción. En una Europa sumida en los reacomodamientos que dejó el Imperio Francés tras la caída de Napoleón en 1815 y el ascenso de Napoleón III en 1848, el mapa social en Inglaterra y Francia y otras naciones industrializadas resultaba devastador por efecto de ese mismo capitalismo industrial que redujo a los proletarios a condiciones de existencia infrahumanas bajo una explotación sin garantías jurídicas ni amparo de leyes laborales. 

En este escenario, Karl Marx fue desarrollando todo su trabajo sociológico de carácter científico y su teoría crítica económica y filosófica.

Tanto Marx como Engels elaboraron juntos definiciones desconocidas hasta entonces para interpretar esa realidad europea con nuevas clases emergentes y nuevas formas de relaciones sociales.

De raíces iniciales hegelianas y tras haber estudiado a fondo la obra de su compatriota alemán Georg Friedrich Hegel, ya en 1844 y a los 26 años Marx escribe sus Manuscritos Económico-Filosóficos, hoy conocidos también como los ‘Cuadernos de París’, en los que ya esboza buena parte del pensamiento crítico de su obra posterior. Allí elabora conceptos como la alienación (o enajenación) de los asalariados de su propia actividad y trabajo. Si bien algunos consideran que los ‘Cuadernos de París’ (publicados recién en 1930, casi medio siglo más tarde de la muerte de su autor) no reflejan el germen del Marx más maduro, esta discusión aún no está cerrada, como en muchos otros aspectos de la monumental obra del pensador alemán. 

La vigencia de Marx viene dada, en gran medida, precisamente por el inacabable caudal teórico que supo concebir en múltiples campos, como ya señalamos.  Su corpus conceptual es tan rico como vigente, aun en pleno siglo XXI, siendo el de ‘lucha de clases’ uno de los elementos interpretativos más valiosos utilizados para explicar las dinámicas históricas y sociales que Marx supo enfocar con enorme lucidez. 

De la misma manera, la denominada ‘acumulación originaria’ o ‘acumulación previa’ es un concepto acuñado y desarrollado por Marx en el primer volumen de su obra El capital, publicado en 1867 y que resulta clave para entender la mecánica capitalista en sus orígenes y en su proyección sistémica. Para Marx, el sentido de la acumulación primitiva es privatizar los medios de producción, de tal modo que los propietarios de esos medios puedan lucrar gracias a la existencia de una población —el proletariado urbano y el trabajador rural— carente de esos mismos medios y obligada a trabajar a cuenta ajena para no sucumbir.

La amplitud de los campos analíticos que abrió Karl Marx para explicar el mundo material y las relaciones sociales resultó tan vasto e inmenso que sigue generando muchas subcategorías y formas de pensamiento subsidiarias a lo que tradicionalmente llamamos marxismo.

Hoy podemos hablar de un posmarxismo, de un marxismo-leninismo, de un freudo-marxismo, de un marxismo feminista, de un eco-marxismo, entre otras muchas categorías del pensamiento que el marxismo y su arsenal de ideas posibilitó. Se erigió, en síntesis, en uno de los sillares filosóficos y economicistas fundamentales para explicar nuestra modernidad y el propio decurso civilizatorio. 

Por supuesto, las corrientes capitalistas, no menos variadas en sus fundamentos —pero infinitamente más pobres en su corpus analítico—, han intentado extender el certificado de defunción del marxismo en múltiples ocasiones, arguyendo el fracaso de las tesis marxistas o la caducidad de sus postulados en el ámbito social y económico. Sin embargo, la teoría marxista y la praxis capitalista fungen como renovadores naturales de aquellos postulados planteados por Marx hace un siglo y medio, por cuanto el mundo demuestra, una y otra vez —igual que un teorema de Pitágoras—, la absoluta permanencia de sus tesis y conclusiones: la explotación humana, la brecha metabólica con el planeta y los ecosistemas, la expansión concentradora de la riqueza y un largo etcétera. El pensamiento de Karl Marx, lejos de quedar anquilosado por el paso de las centurias, renueva magistralmente su vigencia y nos ofrece una explicación del mundo plena de rigor científico y filosófico. Conforme la civilización avanza, vemos que la tecnología y las relaciones del mercado reproducen aquello ya planteado en El capital y, en general, en toda su obra. 

En lo personal, Karl Marx no sólo fue un perseguido por sus ideas, sino también un hombre que debió luchar contra circunstancias económicas adversas. Su amigo Friedrich Engels, en cambio, era hijo de un importante fabricante de telas alemán asentado en Manchester, Inglaterra, y no pocas veces Engels asistió a Marx en momentos de crisis familiar mientras él escribía sin pausa pero sin remuneraciones. 

Como una paradoja del destino,  Friedrich Engels había surgido de la clase explotadora a la cual Marx y el propio Engels se encargarían de analizar y estudiar en sus escritos. Fiel y brillante colaborador de Marx, Engels fue coautor junto a éste de obras como La situación de la clase obrera en Inglaterra, publicada en 1845 y el ya mencionado Manifiesto del Partido Comunista, de 1848. Obras que fueron medulares para el nacimiento de los movimientos socialista, comunista y sindical. Fue por ambos autores —pero en especial por Karl Marx— que el siglo XX contó con poderosas herramientas dialécticas que iluminaron multitud de procesos emancipadores y descolonizadores en todo el mundo, dándole a las masas asfixiadas y oprimidas los instrumentos para su liberación. Hoy Marx nos susurra que el planeta y la propia civilización pueden sucumbir por ese capitalismo deshumanizado que él estudió con su penetrante mirada hacia el futuro. Y una vez más deberemos reconocer que aunque Karl Marx murió en 1883, sigue más vivo que nunca.