Bolivia: las democracias que construimos

Juan Carlos Pinto Quintanilla

Bolivia es un país que está aprendiendo a aceptarse a sí mismo después de siglos de derramamiento de sangre y de negación a causa del colonialismo, que nos enseñó a sentir vergüenza de nuestra diversidad. Durante mucho tiempo los que se encumbraron en el poder nos hicieron creer que el ser indios era la mayor desgracia de esta tierra. Los primeros colonizadores explotaban a los indios y se preguntaban si tenían almas; en la República los consideraban como pueblos necesitados de patrones para vivir mientras imponían relaciones serviles.

Incluso en los años 70, a un dictador se le ocurrió la idea de traer africanos blancos para “mejorar la raza”, poniendo de manifiesto que el colonialismo se había desplegado como la forma de dominación permanente hacia la mayoría plurinacional de Bolivia.

Durante las grandes guerras nacionales que tuvimos con los países vecinos —que las perdimos todas, a pesar de las heroicas batallas finales en cada contienda que impidieron que se apropiaran de más territorio— fueron los pueblos indígena originario campesinos los que, como “carne de cañón”, estuvieron al frente de las batallas, defendiendo un país del que no se sentían parte y en el que no habían sido convocados a participar, y sin embargo defendieron con su sacrificio y heroísmo. Fue en esos espacios en los que la diversidad de un país plurinacional se encontró y se reconoció como tal, en donde se empezaron a gestar los movimientos sociales que cambiarían Bolivia. La historia de nuestro país se encuentra plagada de dictaduras militares y democracias excluyentes, que únicamente expresaban la estructura señorial de una sociedad que jamás quiso verse en el espejo de su realidad y vivió de cara al Primer Mundo copiando, imitando y sirviendo a los intereses imperialistas, conjugados con el poder local de una élite cómplice.

De ahí que las grandes batallas que libraron los movimientos sociales contra el neoliberalismo se convirtieran en referentes históricos del país y del continente por la defensa de los recursos naturales y de la vida. La ‘guerra del agua’ en Cochabamba, la ‘guerra del gas’ en El Alto y los innumerables cercos indígena originario campesinos generarían el contexto para el derrumbe neoliberal y la posibilidad histórica de una nueva época.

La elección de Evo Morales como presidente significó un quiebre en la historia boliviana y latinoamericana. Por primera vez las mayorías votaron por uno de ellos, se arriesgaron a soltarse de padrinazgos y señoríos para atreverse a construir un mundo diferente. Sin embargo, el camino recorrido en estos casi 13 años de construcción del Estado Plurinacional está lleno de reflexiones y retos históricos que a través de la democracia intercultural puedan construir el socialismo comunitario.

En este tiempo de cambio y desde los explotados y excluidos, Bolivia ha sido capaz de construir la sociedad más incluyente de su historia.

En términos de la teoría política, debemos decir que las tareas liberales nunca antes asumidas por los grupos de poder en la República, hoy son parte de la realidad a través del acceso fundamental de los explotados a la representación política y a posibilidades que mejoran su capacidad económica para combatir las desigualdades históricas. Existen leyes que penalizan la discriminación y existe un reconocimiento político al actuar de las organizaciones sociales al margen del sistema político institucional; éstas, entre muchas otras, han generado una mejor democracia representativa en el país. Al margen quedan las voces discordantes de los grupos minoritarios que, excluidos del poder de antaño, gritan en los medios de comunicación opositores la falta de libertad de expresión, mientras insultan al presidente Evo; denuncian sentirse perseguidos, empero no han rendido cuentas de su gestión cuando ellos eran parte de los gobiernos neoliberales;  o bien los que se han convertido en periodistas intocables que otorgan discurso a la oposición casi inexistente por su incapacidad de generar liderazgos propios. Sin duda, y en esta democracia, con la libertad que tienen de opinar y organizarse la oposición nunca antes ha tenido tantas posibilidades de generar propuesta de país; sin embargo, su única contribución ha sido el insulto y la mentira como estrategia política. Por eso su mayor propuesta alternativa de país es el NO.

A pesar del actuar mezquino de la oposición y la ofensiva imperialista que tenemos encima, no dejamos de reconocer que varios temas esgrimidos por la oposición han tenido asidero en nuestros propios tropiezos. De esta manera, los temas de corrupción —que no han nacido en este Gobierno, sino que son un mal del sistema capitalista y del Estado neoliberal— permanecen en calidad de tóxicos en la estructura estatal. La estructura de mandos y decisiones no se ha modificado en el nuevo Estado, incluso viejos partidarios opositores ocupan espacios de decisión, profundizando la perversión burocrática que es fuente de corrupción. No es con charlas y recomendaciones como mejor enfrentaremos este problema; es con control social y legislación; junto a un tema todavía más importante,  generalizar procesos de formación política para que el peguismo militante vaya desapareciendo y dando lugar al compromiso para construir el Estado Plurinacional. Nos urge multiplicar los actores políticos del proceso de cambio para que la democracia intercultural sea una realidad.

Generar cuadros que tengan formación política y de gestión, en un proceso de mayorías empoderadas que seguirán siendo autoridades, pero que necesitan reentusiasmarse en el ánimo colectivo de la revolución y no perderse en los intereses individualistas del mercado.
La democracia representativa está más vigente que nunca en nuestra historia, pero nos hace falta construir más interculturalidad para generar todavía más inclusión. Que se multipliquen las autonomías indígenas como señal presente de Estado Plurinacional; que las prácticas políticas ancestrales se incorporen en nuestro actuar político para que el poder sea fundamentalmente de servicio. Que la oposición asuma que no seremos ya un país del pasado e incorporen en su propia forma de hacer política a la interculturalidad y la inclusión, dando lugar al debate de propuestas ideológicas para el país y no tan sólo luchando para la preservación de sus privilegios de clase.

En definitiva, con conflictos y tropezones, con la mayoría gobernante y con un Estado Plurinacional en construcción, nuestras democracias gozan de buena salud, pero necesitan crecer envueltas de pueblo antes que de instituciones para que su energía creativa no desfallezca. A la vez, necesitamos crear una institucionalidad propia, sin los autoritarismos de antaño y con la seria convicción de que nuestros pueblos IOC son el espíritu de este país; y deben recrear el poder para hacerlo cada vez más de servicio, pero también con cada vez mayor compromiso y entrega revolucionaria que haga posible el socialismo comunitario. El camino es la democracia intercultural.