El período especial cubano: una lección de resistencia

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

Los imperialismos de cualquier signo, pero fundamentalmente el estadounidense, jamás aceptaron la autodeterminación de los pueblos en su zona de influencia. Y cuando surgieron naciones o satélites dispuestos a romper esta regla, hacia ellos volcaron toda la fuerza de su poder y de sus mecanismos imperiales para aplastar cualquier impulso soberano. Una praxis opresiva cuya forma se ajusta perfectamente a la aplicada contra Cuba desde el triunfo de su revolución, el 1 de enero de 1959.

Por aquella ley de los imperialismos que todo lo asfixian, en 1960 la administración norteamericana de Dwight D. Eisenhower impuso las primeras sanciones económicas contra Cuba para someter su intento de independencia. La siguiente presidencia, la de John F. Kennedy, fue más allá y dispuso sanciones mucho más brutales contra la pequeña isla que, aun así, estaba dispuesta a no ceder terreno ante ningún avasallamiento, ya fuese externo o interno.

Luego sobrevino la historia ya conocida de la contumaz resistencia cubana: la victoria sobre los ejércitos mercenarios que intentaron desembarcar en Bahía de Cochinos (véase en Democracia Directa la edición del 13 de mayo de 2018 la nota titulada Playa Girón: las 65 horas cruciales de América), la crisis de los misiles y los intentos desestabilizadores por parte de la CIA. Los atentados contra la vida de Fidel, los actos terroristas contra instalaciones cubanas y el aislamiento internacional al que Estados Unidos sometió a una pequeña y pobre, aunque férrea, nación que se atrevió a decir No a cualquier forma de dominación. 

Pero el contexto mundial de aquellos años era menos complejo que el actual, en cuanto los ejes de poder estaban bien definidos desde el fin de la II Guerra Mundial. El mundo estaba partido en dos hemisferios que se jugaban el destino en una Guerra Fría que dio marco a la confrontación entre dos modelos civilizatorios: el capitalista, liderado por Estados Unidos, contra un modelo socialista cuyo epítome estaba en la Unión Soviética.

Y aunque Cuba hizo su revolución con independencia ideológica, ese contexto mundial terminó por absorber hacia la órbita soviética a aquellos revolucionarios de barba fumadores de puros que lucharon en la Sierra Maestra para derrocar al dictador Fulgencio Batista.

Esta necesaria alianza con el otro gran polo mundial, que era la Rusia de los Soviets, le sirvió a Cuba para poder afrontar durante los primeros 32 años un bloqueo ilegal y genocida interpuesto por Washington a su vecino desobediente. El comercio con Rusia fue fluido durante esas décadas, con intercambio de materias primas, tecnología, recursos humanos y cooperación militar.

Una alianza que fue sólida en el marco del llamado Comecon (Consejo de Ayuda Mutua Económica), que era una estructura pensada para lubricar las relaciones económicas entre Moscú y los países socialistas del mundo. Para Cuba, estos intercambios llegaron a alcanzar los 6.000 millones de dólares anuales y lograron que los cubanos desarrollasen no sólo unas eficaces Fuerzas Armadas que mantuvieron a raya a la nación militarmente más poderosa del hemisferio, sino una serie de especialidades que hoy son referentes indiscutidos, como el sistema de salud cubano, reconocido mundialmente. Desde los primeros años de la revolución, también los índices de alfabetización de Cuba resultaron superiores a los estadounidenses y hoy se hallan al mismo nivel que los países más desarrollados, como Suecia o Japón.

Pero todo este círculo virtuoso de cooperación, crecimiento y exitosa lucha contra un genocidio programado por la vía diplomática, como fue —y sigue siendo— el bloqueo estadounidense a la isla, luego sufrió un revés dramático cuando la Unión Soviética colapsó y los flujos crediticios, tecnológicos y comerciales cesaron abruptamente. En 1991, Rusia y las naciones de su órbita socialista comenzaron a padecer su propia decadencia económica tras el caos político que desencadenó la Perestroika de Mijaíl Gorbachov, iniciada con su ascenso al poder en 1985.

Cuba quedó abandonada a su suerte, con el agravante de que el entorno latinoamericano se hallaba, en plena década neoliberal, entregado al Consenso de Washington, y sus respectivos presidentes obedecían como marionetas los dictados neocoloniales de la Casa Blanca.

En estos escenarios inéditos, Cuba sólo tenía clara una cuestión: no se entregaría a los desmanes de una apertura plagada de amenazas y no claudicaría en la consecución de su revolución socialista. Y aunque Washington pensó que los días de la contumacia cubana estaban contados, la historia demostró el grueso error de cálculo de los estrategas estadounidenses. Cuba resistió, pero obligada a entrar de lleno en el llamado período especial, que consistió en seguir la lucha y la vida cotidiana sin aquellos refuerzos estratégicos provistos por la Unión Soviética. 

Estados Unidos, además, recrudeció las sanciones y emitió leyes restrictivas, como la Ley Torricelli, que impedía la asistencia de terceros países a Cuba, o la Ley Helms-Burton de 1996, bajo la administración Bill Clinton para castigar, entre otros alcances de la medida, a las empresas que quisieran asentarse o invertir en la isla.

La influencia del bloqueo sin asistencia soviética tuvo un impacto brutal en la vida cotidiana de los cubanos, privados de los más elementales recursos que la vida moderna ofrece. La sociedad isleña debió aprender a vivir sin bolígrafos, sin alimentos frescos, sin jabón, sin papeles o lápices para estudiar. Incluso sin gasolina y sin energía eléctrica. Insumos todos drásticamente racionados o inexistentes.

Para tener una idea de aquella Cuba inmersa en el período especial, sobreviviente heroica de dientes apretados y voluntad indómita, imaginemos una panorámica aérea de La Habana en una noche cualquiera: una ciudad a oscuras, donde apenas podían apreciarse algunos edificios iluminados aquí y allá. Sólo los hospitales y las estaciones de policía gozaban de flujo eléctrico, mientras en miles de hogares, a veces muy deteriorados por la falta de recursos para la manutención, la población resistía los calores de trópico sin nada que pudiese aliviar aquel bochorno.

La alimentación fue también un capítulo dramático para la solitaria Cuba, donde la ausencia de carne y de una pirámide alimenticia adecuada producía diversas dolencias entre la población: desde subnutrición infantil, hasta neuritis (inflamación periférica de los nervios) por falta de vitaminas. Mujeres que debían conformarse con poco o nada para su higiene personal y hombres que iban a sus trabajos hacinados en transportes públicos obsoletos.

Toda una realidad artificialmente endurecida —pero aun así orgánica y disciplinada— propiciada por un vecino estadounidense tan opulento como despiadado. Washington no sólo planificó, sino que se dedicó por décadas a mejorar y perfeccionar ese genocidio a fuego lento que fracasó estrepitosamente desde el primer día de su implementación. El período especial cubano no sólo fue una prueba para las capacidades opresivas estadounidenses, sino también una fragua donde Cuba y los cubanos vieron amalgamarse con éxito el desafío supremo y la victoria indiscutible de un pueblo dispuesto a vencer.

Y si el período especial significó un sufrimiento singular para la nación cubana, también permitió constatar que una nación digna siempre triunfa. Cuba nos mostró que ese período especial fue, ante todo, un momento especialmente ejemplificador para los pueblos libres del mundo.