La Casa Grande de los bolivianos

Foto: @evoespueblo
El presidente Evo Morales, autoridades de Estado y ciudadanos en la inauguración de la Casa Grande del Pueblo.

Juan F. Cori Charca

Los que en el pasado alentaron el cierre de empresas públicas —léase Samuel Doria Medina— y quienes tenían que ir a pedir ‘limosna internacional’ para pagar salarios —pregúntele al expresidente Carlos Mesa— no están contentos.

El empresario y jefe de Unidad Nacional se siente tan indignado por la Casa Grande del Pueblo que exige al Gobierno algo que él no hizo cuando fue parte de la administración del expresidente Jaime Paz Zamora (1989-1993): construir hospitales.

La vez que se le preguntó cuántos hospitales se construyeron en la administración de Paz Zamora, Doria Medina respondió: “Cuando era ministro nos encargamos solamente de los temas estratégicos” (http://www.cambio.bo/?q=node/45787). Es decir que para ellos la salud no era un asunto estratégico por esos tiempos.

Es evidente, por tanto, que con sus apreciaciones sólo intenta afectar al Gobierno, como siempre lo hizo. Y para ello desconoce que entre los años 2006 y 2017 se edificaron 3.902 nosocomios y que en la actualidad el Ejecutivo destina unos 2.000 millones de dólares para la construcción de 49 en todo el país. Claro eso no lo dirá nunca.

En tanto que Mesa, amparado en el argumento de que la Casa Grande del Pueblo rompe con la “armonía arquitectónica” de la ciudad, la denominó, junto con la futura Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP), “verdaderos engendros” y sentenció que las construcciones infieren “una herida de muerte a nuestro centro histórico, probablemente sin antecedentes en América” (https://carlosdmesa.com/2017/07/10/por-que-se-construye-la-casa-del-pueblo/).

La Casa Grande del Pueblo no es una edificación cualquiera, ni menos un despilfarro. La nueva sede del poder político del país es una evidencia del cambio que logró el Estado en estos 12 años, de su crecimiento económico e inclusión social sin precedentes en la historia nacional.

El ministro de Minería y Metalurgia, César Navarro, sostiene que el Palacio Quemado, inaugurado en 1853 y que se mantuvo en su estructura hasta la fecha, es el reflejo de que “los gobiernos nunca se preocuparon por construir la infraestructura necesaria para desarrollar sus actividades con mayor eficiencia”.

Durante la inauguración del nuevo edificio, el presidente Evo Morales fue mucho más puntual en la definición del Palacio Quemado. Señaló que esa casona fue un “lugar de lucha de intereses políticos, primero entre los invasores españoles” y segundo entre “quienes ostentaban las políticas de seguir saqueando Bolivia”.

“En cada adobe, en cada ladrillo hay sangre de algunas personas asesinadas. En sus cuartos está el recuerdo de ambiciones, de mezquindades, están traiciones que planificaban de mucha gente que sólo veía el Palacio como una manera más rápida de ser rico o hacer plata a costa del pueblo. Siento que nunca pensaban en Bolivia”, señaló.

En efecto, en el Palacio Quemado fueron asesinados los presidentes Manuel Isidoro Belzu (1865), Agustín Morales (1872) y Gualberto Villarroel (1946), y muchos otros tantos personajes.

Como consecuencia, Morales afirmó que “no sólo fue el símbolo de poder político de Bolivia, sino también el símbolo de dolor y de sangre”.

Por ello, Rocío Molina, presidenta de la Asociación de Municipalidades de Bolivia (AMB), indicó que con la Casa Grande del Pueblo se da la vuelta a la “página en la historia”, pues se deja en el pasado el Palacio Quemado construido en tiempos “en que los bolivianos querían que se gobierne como en Europa, con monarquía y con princesas”. Ante las críticas con argumentos como aquél de que se debe conservar el patrimonio, Molina respondió: “¿Qué mejor patrimonio para nuestros hijos que el que hoy estamos creando? Éste es el verdadero patrimonio de nuestras nuevas generaciones, atrás queda el pasado”.

“Hemos escuchado críticas mezquinas y sin sentido que pretenden que sigamos viviendo en ese pasado, recordando esas épocas a las que ya no pertenecemos porque hoy, gracias al proceso de cambio, vivimos en una Bolivia participativa e inclusiva. Ese Palacio de Gobierno, donde antes se reunían pequeñas minorías y roscas en un living, hoy ya no está acorde a como se gobierna Bolivia, a como el presidente Evo y el vicepresidente Álvaro gobiernan Bolivia. Necesitamos una Casa Grande donde entren todos los bolivianos, donde sea nuestro verdadero hogar”. “Intereses mezquinos nos han dicho: ‘váyanse de la plaza Murillo’, ‘vayan a construir a otro lugar’. No, queridos compañeros y compañeras, ésta es la plaza Murillo, donde nosotros nos vamos a quedar porque es de la plaza Murillo de donde salieron los ejércitos a defender el Litoral boliviano, de esta plaza marchó Zárate Willca a combatir a la oligarquía, de esta plaza se alzó el puño y se fue a defender el Chaco boliviano, de esta plaza se alzó el fusil para la revolución nacional, de este plaza vimos inmortalizarse a Villarroel y en esta plaza resistimos dictaduras y recuperamos la democracia. Esta plaza Murillo vio llegar la primera marcha indígena en 1991 para reclamar tierra y territorio y luego convertirse en un movimiento imparable que no deja de cambiar Bolivia”.

“En esta plaza, el primer presidente indígena juró defender nuestro país, nuestra dignidad y sobre todo encaminar a Bolivia a un proceso de inclusión y participación. Hoy veo materializada una Bolivia que nos llena de orgullo a todos y todas”.

“Entonces, ¿cómo no construir la Casa Grande del Pueblo en la plaza Murillo? Y es que en la plaza Murillo nos vamos a quedar para gobernar en nombre de los bolivianos y bolivianas, bajo su liderazgo. Gracias por este regalo que no son sólo paredes y ventanas, sino que simboliza la lucha permanente por una inclusión, por una Bolivia con dignidad”.