[Opinión] Desafío histórico

Democracia Directa

Su campaña se centró en los jóvenes. Iván Duque planteó la importancia de la innovación en el futuro de Colombia, que la definió como la combinación entre talento y tecnología.

Hizo de la economía de las industrias creativas, que hoy ocupa más de 150 millones de empleos, la promesa de desarrollo para Colombia. Y lo explicó en lenguaje sencillo, porque es obsesivo con la tecnología, nada extraño entre los jóvenes de hoy, sostiene el economista y periodista Silverio Gómez Carmona.

Sin embargo, todo parece haber sido un anzuelo. La carga del uribismo en la gestión del nuevo mandatario colombiano, exfuncionario de la Corporación Andina de Fomento (CAF) y consultor de la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), es evidente.

En el gabinete de ministros que lo acompañará en los siguientes cuatro años resaltan los aliados del expresidente Álvaro Uribe y, por tanto, pone en evidencia el horizonte que seguirá Colombia, aliada estratégica del Gobierno de los Estados Unidos en la región.

En consecuencia, no fue ninguna sorpresa que el recién juramentado ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Holmes Trujillo, oficialice la decisión de Colombia de retirarse de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), tal como lo anunció Duque antes de ser posesionado.

De hecho, ya en abril el Gobierno de Colombia —junto con sus similares de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Perú— había decidido suspender su participación en el organismo subregional hasta que se resolvieran problemas administrativos y la designación del secretario general. Cualquiera diría que sus razones son fundadas, pero surgen preguntas como ¿qué hizo Argentina durante su gestión en la presidencia pro témpore de un año (2017-2018)? ¿Por qué no solucionó los temas pendientes? ¿Creó las condiciones para un éxodo del bloque? A estas alturas, resultan más que evidentes las respuestas.

La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), que tiene su punto de constitución en 2004 con la denominada Comunidad Suramericana de Naciones (CSN), fue creada con la misión de consolidar la integración continental con la que el libertador Simón Bolívar siempre soñó.

Pero además de alentar la integración energética, económica y de infraestructura, se trazó como objetivo principal impulsar el “fortalecimiento del diálogo político” para recuperar la soberanía continental que durante la larga noche neoliberal fue anulada.

En consecuencia, el primer paso que da Colombia para intentar quebrar la unidad continental a partir del desmembramiento de Unasur —integrada por Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela— no es una acción individual. Es, en realidad, un movimiento de alfil que realiza Estados Unidos en contra del continente.

Adolorido por su gran derrota al tratar de imponer a los latinoamericanos el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), Washington apadrinó acuerdos bilaterales en la región y uno de sus mayores impulsos, aunque no participe en ella, es la Alianza del Pacífico, constituida por Chile, Colombia, México y Perú.

La decisión de Colombia es un “error lamentable” —parafraseando al exsecretario de la Unasur, Ernesto Samper—, pero a la vez es una alerta para volver a las calles y pedir que los gobiernos actúen de acuerdo con los intereses de sus pueblos. El continente está ante un desafío histórico: protege lo conseguido o retrocede más de un siglo en su objetivo de consolidar la unidad y soberanía.