¿Suecia?

Víctor Montoya

Víctor Montoya*

Como muchos latinoamericanos que nunca salieron de sus países de origen ni abrazaron las esperanzas de llegar a Europa, debido a la pobreza y la mentalidad provinciana, ignoraba la ubicación geográfica exacta de cada una de las naciones del Viejo Mundo. 
Así, en mis años mozos, cuando aún no había culminado mis estudios de secundaria y me encontraba encerrado entre los gruesos muros de la cárcel, desconocía olímpicamente la existencia de Suecia, acaso ni se me pasó por la mente que estuviese ubicada en el techo del mundo y que un día llegaría a constituir mi segunda patria, pues desde que llegué en calidad de refugiado político, me abrió sus brazos solidarios y me adoptó como a uno más de sus ciudadanos, con las mismas responsabilidades y los mismos derechos.
Al cumplirse tres décadas desde que pisé esas tierras, como un conquistador sin espada ni coraza, llegó el instante de contarles que, una mañana de cielo despejado y aire fresco, el carcelero, fumando como todos los días, me entregó un sobre por la ventanilla de la celda.
–Es la segunda carta que te llega desde el extranjero —dijo—. No sabía que tenías tantos contactos...
Abrí el sobre con una sensación extraña y verifiqué que la carta, proveniente de la oficina de Amnistía Internacional en Estocolmo, me confirmaba que un grupo de trabajo decidió adoptarme como a uno de sus ‘presos de conciencia’ y que pronto me enviarían los pasajes con la fecha y hora exactas de mi partida. 
Ese día no comí ni salí de la celda. Me lo pasé pensando en el viaje y en ese país desconocido. 
Por la noche, acurrucado en un rincón de la celda, no pude relajarme ni entregarme al sueño. No me abandonaba la inquietud de saber dónde quedaba Suecia, un nombre que en mis oídos sonaba a Suiza. Así amanecí, sin pegar las pestañas y con el deseo irresistible de preguntárselo al carcelero, quien, antes de ingresar a trabajar como agente en el Ministerio del Interior, decía haber dado la vuelta al mundo a bordo de un trasatlántico.
Cuando el carcelero abrió la puerta, con el fin de ventilar la celda, aproveché para dispararle la pregunta: 

–¿Sabes dónde queda Suecia? 

–Allí donde el diablo perdió el poncho —contestó, mientras encendía un cigarrillo y su mirada recorría la celda.

–¿Suecia es lo mismo que Suiza? 
–Suiza es el país donde están los bancos y los relojes —dijo—, donde se habla francés, italiano y alemán, pero no suizo.

–Entonces, ¿Suecia y Suiza son países diferentes?

–Claro que sí, huevón. Suecia es el último paraíso en la Tierra, donde hay mujeres de pelo rubio y ojos azules como el cielo, que andan desnudas en verano y abrigadas con pieles en invierno. Además, si Suiza está en la parte central de Europa, Suecia está cerca del Polo Norte.

–¿Entonces Suecia es el país donde viven los esquimales? 

–No —contestó categórico—. En Suecia no hay pingüinos patinando sobre el hielo ni osos polares tendidos en la punta de un iceberg. Suecia es el país donde primero habitaron los vikingos y después los inmigrantes con sus reyes y sus reinas. Actualmente, es una sociedad moderna. Allí está la cuna del Absolut Vodka, de la LM Ericsson, de IKEA, de la Volvo... 

–¿Y en qué más se diferencian Suiza y Suecia? —pregunté cortándole la palabra.

–Suiza es un país con cadenas montañosas como Bolivia, en cambio Suecia es un archipiélago lleno de lagos, bosques y canales, donde la gente vive en medio de la abundancia. En otras palabras, confundir el nombre de Suecia con Suiza es como confundir el canal de Panamá con el canal... Ya sabes de quién, ¿no? Lo miré confundido, sin saber si me lo decía en broma o en serio. El carcelero, fumando y sin moverse, me miró con un halo de sospecha y dijo: ¿Y por qué me preguntas tanto? —Porque Amnistía Internacional me ofreció asilo político en Suecia. 
–Así que te irás al país de los vikingos —asintió. Lanzó una bocanada de humo cerca de mi cara y prosiguió. –¿Y me puedes decir quién te espera allí?
Quedé mudo por un instante. Luego contesté:
–No lo sé. Apenas tengo una dirección y un número telefónico. El carcelero se retiró de la puerta. Arrojó la colilla del cigarrillo y dijo:

–El exilio, a veces, es como un viaje sin retorno, como un pasaje de ida, pero no de vuelta...
Lo seguí con la mirada, hasta que desapareció en la celda contigua, donde metieron a otro preso, las manos esposadas y la cabeza encapuchada. 

Escritor y pedagogo*