¿Capitalismo salvaje o sólo capitalismo?

Adam Smith.

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

Sin dudas, el sistema actual que dirige al mundo y es poseedor de una hegemonía discursiva es el capitalismo, que, sin embargo, muestra por doquier fisuras, contradicciones flagrantes y anatemas, tal y como demostró Karl Marx hace ya 160 años.

Contiene, en síntesis, aspectos insolubles que determinarán con el tiempo su colapso definitivo debido a sus falsas premisas. El librecambismo sin intervención del Estado, el laissez faire (dejar hacer) como base de una expansión indefinida —que es en realidad insostenible— es uno de ellos. Si bien el capitalismo como sistema económico ha tenido la capacidad de cambiar el mundo, la pregunta que debemos hacernos es… ¿Fue para bien?

En la búsqueda de esa respuesta no bastaría enfocar la mirada en el progreso material que han experimentado las sociedades ricas y, por reflejo tardío y muy residual, las sociedades periféricas. Para indagar sobre los resultados genuinos del capitalismo se deben analizar amplios campos de estudio, que son los que permiten apreciar las consecuencias globales y los efectos totales de un sistema que basa su funcionamiento en las asimetrías, en el lucro como finalidad absoluta y en la concentración de la riqueza en pocas manos.

Todos estos aspectos resultan una plataforma indispensable de análisis para dilucidar los complejos efectos que conllevan. Las consecuencias ecológicas, sociales y demográficas del capitalismo como forma de organización civilizatoria arrojan un claro saldo negativo para la gran mayoría de la humanidad. 

Como todo sistema basado en asimetrías y desigualdades, el capitalismo reproduce también efectos asimétricos (ricos y pobres, desarrollo y subdesarrollo, bienestar de unos contra crisis endémicas de otros), pero también un militarismo creciente, que es la única forma posible de sostener y perpetuar estos desequilibrios.

Tal vez la prueba más tangible sobre la influencia del capitalismo —que es altamente industrialista y contaminante— la vemos en la destrucción del medioambiente y en el deterioro acelerado de los ecosistemas, cuyas consecuencias resultan de muy difícil administración.
Por supuesto existieron otros grandes desequilibrios que el capitalismo anidó en su seno desde su propio nacimiento: el esclavismo como fuerza de trabajo, el colonialismo como método de acaparamiento de los recursos, entre otros.

No obstante, estos fenómenos negativos de índole social y política pudieron ser —y son— mantenidos bajo cierto control debido a ese militarismo ya señalado en las prácticas capitalistas. Los padecimientos periféricos o los efectos indeseados de la pobreza inducida en las zonas proveedoras de recursos primarios pueden ser contenidos por el uso de la violencia militar, la ocupación, o mediante gobiernos tutelados por la corrupción o la disuasión. 

En cambio, los desequilibrios ocasionados en la naturaleza debido a una actividad económica desenfrenada —que es medular en la ecuación capitalista— no pueden ocultarse o contenerse con los mecanismos propios del sistema. La fuerza militar de poco sirve para enfrentar los desafíos ambientales. El planeta nada entiende de estructuraciones políticas y por ello su deterioro resulta inaprensible a las fórmulas tradicionales que posee el capitalismo en su menú.

Ante las actuales evidencias ecológicas imposibles de soslayar, que además dejan expuestas todas las patologías sistémicas surgidas de la lógica capitalista para entender el mundo, las usinas de pensamiento de los países industrializados y el arsenal comunicacional global del que disponen han intentado instalar una diferenciación entre tipos de capitalismo. Bajo esta lupa, existiría un ‘capitalismo salvaje’ y otro capitalismo moderado, bienhechor y ordenado. Básicamente puro y eficaz.

Este capitalismo utópico surgió en parte gracias a John Locke, que en el siglo XVII proveyó las bases en el ámbito filosófico social para que surgieran las ideas económicas de Adam Smith expuestas casi un siglo más tarde, durante la Ilustración.

En tanto filósofo social y jurídico, Locke reforzó el liberalismo político como premisa fundamental en la que se asentarían las bases económicas de un capitalismo supuestamente impregnado de libertad económica, tal como expuso Smith en su ensayo de 1776 La riqueza de las naciones. Sin embargo, la realidad sería muy distinta de la teoría y pronto el capitalismo expuso su esencia primordial: la explotación voraz de recursos y personas como eje indispensable de su funcionamiento. 

Por supuesto, en los siglos siguientes no faltaron pensadores como Friedrich Von Hayek o Isaiah Berlin, Aynd Rand, Karl Popper, entre otros, que intentaron justificar los desequilibrios sustanciales del capitalismo y sus desmanes sociales.

Y aunque en apariencia el capitalismo provee confort, acceso a altos estándares de vida e inclusión en el consumo (cualquiera que trabaje y gane dinero puede acceder democráticamente a bienes y servicios), ello constituye en realidad un mero efecto superficial, pues las dinámicas implícitas del capitalismo llevan a que cada vez menos personas accedan a ese consumo democrático sin sufrir las consecuencias del sistema.

Esto se debe a que el capitalismo busca disolver las garantías jurídicas y sociales en favor del mercado y sus agentes productivos. Según esta premisa, los mercados deben sustituir al Estado. De forma análoga, el capital concentrado busca reemplazar a la noción de desarrollo. Y el consumidor, en tanto sujeto esencial para la estructura capitalista, ha pasado a ser un concepto más importante que el de ciudadano, junto con sus derechos.

Aquellos postulados de la ilustración expuestos por Adam Smith, rebosantes de ideas libertarias y de progreso conjunto, hoy sabemos que son inaplicables mediante la lógica capitalista, pues ésta encierra y promueve graves desviaciones que derivan —por ejemplo— en las prácticas monopólicas que son enemigas de todo libre mercado.

Sabemos que sus desregulaciones van en un sentido unidireccional, pues mientras las grandes empresas y bancos se apoyan en un complejo entramado de subsidios estatales que desmiente la célebre ‘mano invisible de los mercados’, a las naciones periféricas se las obliga a abrir sus fronteras y a tolerar el proteccionismo de las economías centrales.

También quedó muy claramente establecido que cuando emergen las cíclicas crisis, (citemos el crack bursátil de 1929 y las crisis de hipotecas subprime de 2008) fueron los Estados nacionales los convocados para preservar cierto equilibrio en el cada vez más tambaleante sistema. Fue necesario aplicar todo lo que la ortodoxia capitalista critica: intervenir, regular y subsidiar.

Estas intervenciones son, probablemente, las que dejan más al descubierto la inviabilidad e insostenibilidad del sistema capitalista para autorregularse y otorgar un bienestar horizontal para todos. Sin el Estado y sus mediaciones, el capitalismo hubiese muerto asfixiado por sus propias contradicciones hace quizás un siglo.

Cuando en la década de 1990 un auge neoliberal recorrió el mundo tras la caída de la Unión Soviética, se ensayaron nuevas formas dialécticas para maquillar ese capitalismo enfermo y terminal, pero exultante tras el deceso del comunismo ruso. Se habló de una nueva ‘economía social de mercado’. Luego de un ‘capitalismo sostenible’, y también de un ‘capitalismo consciente’. Todas formulaciones espurias destinadas a una meta: camuflar la esencia voraz del único capitalismo existente y que resulta siempre salvaje, tal como Marx nos contó.