Las aventuras de un fumador

Víctor Montoya*

Las aventuras de un fumador se inician casi siempre en el umbral de la adolescencia, cuando se ha perdido el hábito de sonarse la nariz en el dorso de la mano y descubrirse el crecimiento del vello púbico. En mi caso, me inicié fumando las colillas que mi abuelo aplastaba en un cenicero de metal bruñido.
Recuerdo que una noche, inolvidable en mi vida, como tantas otras de mi adolescencia, entré en el cuarto de mi abuelo para prestarme sus lentes, con cuyos cristales más gruesos que la base de una botella veía metamorfosearse los objetos a mi alrededor; experiencia que me fascinaba tanto como tumbarme de espaldas a cielo abierto y contemplar las estrellas.
Sin embargo, esa noche fue una de las pocas veces que no pude satisfacer mi deseo, puesto que él mismo los usaba mientras leía un periódico a pocos centímetros de sus ojos. 
—Buenas noches, abuelo— le saludé, con una mirada que englobaba su cuerpo y el crucifijo que pendía de la pared.
Mi abuelo, al oír mi voz, se sentó en el borde de la cama, me golpeó con su aliento y me acarició la mejilla con su barba cortada en abanico. Después encendió un cigarrillo negro, sin filtro, fumó con dilección y echó una bocanada de humo que se disipó en el ámbito. 
Se vistió a tientas y salió del cuarto. Yo permanecí al lado del velador, las pupilas avispadas y contando las colillas aplastadas en el cenicero. Entonces me invadió la tentación de fumar por vez primera, atraído por la curiosidad y la aventura. 
Alargué el brazo para coger la colilla y, sin que nadie me viera, corrí hacia el patio trasero de la casa, donde había un descampado desigual y pedregoso. Estando allí, solo y  bajo un cielo cuajado de estrellas, encendí la colilla y la chispa resplandeció iluminándome los dedos. Absorbí con fruición, el humo me penetró hasta los pulmones y la brasa de la colilla me quemó la punta de los labios.
Cuando terminé de fumar, una extraña sensación se apoderó de mi cuerpo; mi cabeza parecía girar en sistema de rotación, mis extremidades languidecieron y mis ojos empezaron a ver los objetos como si estuviera con los lentes de mi abuelo. 
Al cabo de un rato sentí arcadas, como accesos de tos, y terminé lanzando la cena por doquier. A la hora de dormir no pude conciliar el sueño; tenía un sabor amargo en la boca y martillazos de dolor en la cabeza. Así, con los ojos dilatados, juré no volver a fumar, sino hasta alcanzar la mayoría de edad. 
No obstante, al día siguiente, volví al cuarto de mi abuelo para robarle otra colilla del cenicero. Recorrí la habitación con la mirada y, al constatar que mi abuelo no volvía aún de su paseo habitual, me acerqué al velador de puntillas, presto a coger una colilla. En ese trance, a mis espaldas, escuché la voz de mi abuelo: 
—¿Qué estás haciendo? —dijo—. ¡No sabías que una gota de nicotina puede matar un caballo o que tus pulmones pueden acabar como una coladera!
Yo me quedé perplejo, con la mirada extraviada en el vacío. Me disculpé y salí a paso resuelto, sin comprender por qué fumaba él, sabiendo que los cigarrillos podían despacharlo al otro lado de la vida.
El día que murió mi abuelo, no por fumador sino por viejo, pensé que había acabado mi aventura de fumador. Pero no, al contrario, recién empecé a fumar decididamente, entre el temor a ser descubierto por mis padres y los vertiginosos dolores de cabeza. 
Al final aprendí a echar el humo por la boca y la nariz, y a dialogar mientras fumaba, como si hablara con voz de humo. También aprendí a no quemarme los dedos con las cerillas ni los labios con las colillas.
Toda vez que iba al cine, con mi enamorada o sin ella, me sentaba en la última hilera de asientos, donde algunas parejas se besaban desaforadamente. Era el único sitio donde podía fumar sin temor a ser descubierto o reconocido, pues nadie me miraba ni me censuraba. 
En el cine, a oscuras y entre susurros amorosos, era donde de veras me sentía a gusto porque me hacía consciente de que yo no era el único fumador del mundo, pues hasta los actores de segunda categoría fumaban como locomotoras. Por ejemplo, en las películas basadas en pasajes de la Segunda Guerra Mundial se veían tantos cigarrillos como proyectiles, y en las del oeste, que eran las que más me gustaban, se mostraba al vaquero como modelo de fumador, sobre todo a Clint Eastwood, quien, montado sobre un caballo, fumaba un puro que no se le caía de la boca ni cuando un tiro lo desplomaba como costal de papas.
Durante la función, mi boca no exhalaba más que monóxido de carbono, sin sospechar que la nicotina, al llegar a mis pulmones, se vertía libremente en mi caudal sanguíneo y que en fracción de segundos, transportada por mi sangre, llegaba a mi cerebro, quitándome las energías y el apetito.
Ahora que he dejado de fumar no quiero ni pensar que lo que un día empezó como una aventura, otro día podía haber terminado como una pesadilla, como terminó la vida de tantos fumadores anónimos, quienes soltaron su última bocanada al saber que tenían cáncer en los pulmones o la laringe; enfermedades cardiovasculares o, simple y llanamente, una vida que se apagó igual que una vela. Por lo demás, el fumador ha sido siempre temido como una chispa en el polvorín o como un suicida que de a poco se quita la vida.

*Escritor y pedagogo