Posverdad, un recurso para dominar

Alejo Brignole *

Ya el filósofo francés Jacques Derrida a partir de 1970, o el mismo Friedrich Nietzsche en el siglo XIX, vislumbraron y anunciaron la actual sociedad posmoderna al declarar el fin de los relatos consolidados por el racionalismo.

Considerando que la modernidad fue iniciada en el Renacimiento y que terminaría derivando en el racionalismo kantiano —entre otros— sus verdades hoy son cuestionadas por esta posmodernidad, y uno de los instrumentos definidos es la denominada posverdad.

Para la filosofía, esa posverdad constituye algo que va más allá de las verdades totalizadas por el saber y la filosofía de aquel racionalismo superado, o por cualquier metafísica anterior a él. Lo que define la posmodernidad sería, por tanto, la imposibilidad de asentarse en comprensiones definitivas, pues todo —gracias a la ciencia y a la evolución inherente del conocimiento— puede ser refutado. Es decir, nada es totalmente verdad en cuanto existan condiciones para asumir una posverdad.

Sin embargo, la acepción de posverdad que hoy nos ocupa y que se discute más acá de las filosofías es la que parece imperar y que se impuso en las tácticas comunicacionales de los multimedios. Ellos parecen haberse adueñado de su significado para utilizarlo como esencia de su desempeño en la comunicación de masas. Podríamos decir que hoy los grandes conglomerados ya no informan, sino que producen relatos de la realidad que van más allá de la verdad. La verdad es convertida así en una instancia modificable, en una posverdad para uso propio.

Sin bien lo verdadero como valor absoluto no existe, pues su relato es siempre fragmentario y subjetivo, la cuestión que flota sobre este problema irresuelto por todas las filosofías y metafísicas es cómo debe utilizarse una hipotética verdad. Esta cuestión se agrava en un mundo de comunicación masiva constante, instantánea y subyugante.

Los medios de comunicación por supuesto no pueden poseer la verdad, pues ésta no reside en ningún discurso ni relato humano de manera totalizadora. Sin embargo y en teoría, los medios deberían intentar una aproximación a esa búsqueda realizando un ejercicio informativo que facilite abordar algo aproximado a esa verdad siempre escurridiza e inaprensible.

Por el contrario, las estructuras mediáticas concentradas hacen el recorrido opuesto: ocultan, tergiversan y desorientan. En definitiva, desinforman para construir un relato que en nada se parece a esa verdad o a su búsqueda. Es entonces que entramos de lleno en una hegemonía de la posverdad.

Pero para darnos una idea concreta o menos abstracta de lo que conlleva este fenómeno, vamos a exponer dos ejemplos muy claros de esta construcción posveraz. El primero ocurrió aquí en Bolivia con el caso Zapata en 2016, cuando el relato mediático expuso eventos inexistentes, apoyándose en argumentaciones que nada tenían de cierto, como un supuesto hijo del presidente Morales y Gabriela Zapata.

Una serie de denuncias falsas, de acusaciones espurias y pruebas inventadas generaron un relato difundido por la CNN y muchos otros medios nacionales que terminaron por contaminar a la opinión pública boliviana. El resultado de esta construcción mediática fue el rechazo del electorado a una reforma de la Constitución para incluir las dos reelecciones continuas del Presidente propuesta en el referéndum de 2016.

Luego se descubrió que nada de la narrativa dispuesta por los medios tenía sustento en la realidad constatable, aunque el daño ya estaba hecho: la sociedad boliviana definió su curso político basándose en falsedades flagrantes estructuradas como una posverdad.

El segundo ejemplo, tan claro y acaso más grave que el boliviano, tuvo lugar en el escenario argentino en las elecciones presidenciales de 2015. Los medios concentrados —con el Grupo Clarín a la cabeza— y en completa consonancia con las estrategias de Washington construyeron en los últimos años del gobierno kirchnerista un relato sustentando en posverdades creadas a medida: que el país estaba tocando fondo y que la izquierda estaba dejando una pesada herencia, o que los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner habían logrado alzarse mediante robos con todo un PBI nacional. La sociedad argentina asumió estas posverdades, privilegiándolas incluso por encima de una realidad que podían constatar, pues la Argentina de los Kirchner resultó un país estable, con gran inclusión social, con una salud macroeconómica muy lejos de posibles crisis y una movilidad social ascendente como hacía décadas no se conocía en ese país.

Hoy, tras el triunfo de Mauricio Macri, aquella posverdad que sirvió para perpetuar los intereses estratégicos transnacionales, ya no tiene ningún sentido para sus ciudadanos y los argentinos deben tolerar (igual que en Brasil con Temer) un desempleo rampante, una democracia secuestrada por el poder corporativo, desnutrición infantil, deterioro calamitoso de las condiciones de vida y un peligroso avance estratégico del Fondo Monetario Internacional para pauperizar a toda la población, transfiriendo las riquezas nacionales a los centros financieros mundializados. Una vez más, en Argentina quedó demostrado lo que los medios niegan: que la realidad no se puede construir con artificios argumentativos, pues de una u otra forma lo tangencial emerge con fuerza. Ya en el terreno de la semiótica, podemos señalar que según algunas fuentes, el vocablo posverdad fue usado por primera vez en un texto de 1992 por el dramaturgo estadounidense de origen serbio Steve Tesich en la revista semanal neoyorquina The Nation. En un análisis donde mencionaba el caso Watergate y la Guerra del Golfo, expresó: “Nosotros, como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en algún mundo de posverdad”.

Otros también utilizaron el término con frecuencia durante la era Bush y en el contexto de la guerra de Irak para describir el andamiaje de mentiras construidas para impactar y confundir al público y obtener resultados políticos concretos. A esa ciudadanía estadounidense manipulada le costó una masiva pérdida de derechos constitucionales en el marco del Acta Patriótica de 2003, y al mundo le significó un avance brutal sobre sus derechos a la intimidad y sobre la integridad soberana de múltiples naciones que fueron invadidas y bombardeadas a partir de una posverdad escandalosa: que en Irak había armas de destrucción masiva.

Sobre su aplicación en América Latina en estos años, la región corre el riesgo de reiterar una y otra vez lo que podríamos llamar el “síndrome argentino”, que ocurre cuando una sociedad goza de cierto grado de bienestar, inclusión y proyección nacional, y sin embargo sus electorados deciden dar un salto en falso que los hunde en una realidad gris y llena de carencias —muchas veces padecida— bajo el manto de una posverdad diseñada para la dominación. Lo maravilloso de estas construcciones posmodernas de un discurso creado es que logra lo inaudito: que los ciudadanos validen a sus propios verdugos dándoles nuevas oportunidades de saqueo y expolio.

Hoy Bolivia vive una pugna notable. Existe una realidad desde 2006 que se puede verificar en un avance social e institucional de alcances históricos. Pero también Washington y sus aliados internos procuran reiniciar una suerte síndrome argentino para que los beneficiados de esta nueva realidad boliviana, rica y humanizada salten a un caldero hirviente de injusticias sociales. Y que lo hagan por propia voluntad. Es decir, asumiendo como legítimos los falsos relatos de la posverdad.

* Escritor y periodista