El retorno del México plebeyo

Katu Arkonada

El 1 de julio se celebraron en México unas elecciones históricas, en las que un proyecto con raíces en la izquierda y lo nacional-popular ganó las elecciones. Andrés Manuel López Obrador, candidato de Morena y de la coalición Juntos Haremos Historia, obtuvo 30 millones de votos (53%), la cifra más alta obtenida por ningún candidato presidencial en el país norteamericano.

La elección más grande de la historia (más de 4000 cargos de elección popular, entre ellos el de Presidente, 500 diputados, 128 senadores y nueve gobernaciones, incluida Ciudad de México) deja una victoria contundente. Es la confianza en un líder que creció ante las adversidades en la que era su tercera y última candidatura presidencial, pero, sobre todo, es un voto contra un régimen neoliberal que dejó un México sumido en la violencia, pobreza y desigualdad. Un voto contra el Pacto por México firmado por el PRI, el PAN y el PRD.

El pueblo mexicano votó, por tanto, contra un acuerdo cupular y autoritario que buscaba iniciar un nuevo ciclo de reformas neoliberales. Votó por dar una oportunidad al único que no salió en la foto del Pacto por México y prometió derogar la reforma educativa y realizar una consulta en torno a la reforma energética, ambas herencias negativas del sexenio de Peña Nieto.

Pero aquí viene el primer aviso. El 53% de los votos obtenidos va mucho más allá del núcleo duro de Morena (o del PT o PES, aliados en esta campaña electoral). Es un voto que no se podría llamar prestado, que amplía como nunca antes el apoyo a un presidente en un país presidencialista, rozando la hegemonía (política, no cultural), pero sí un voto extremadamente exigente que va a necesitar ver cambios reales durante los primeros meses del nuevo gobierno que se instaurará el 1 de diciembre de 2018.

Estas elecciones son también el fracaso de la comentocracia, los intelectuales y legitimadores mediáticos del régimen neoliberal del PRIAN, que no pudieron (re)imponer la idea de “un peligro para México”, ni tampoco en el tramo final de la campaña, la del voto “útil” o cruzado.

También fracasó en estas elecciones el fraude, la compra masiva de votos en muchas delegaciones de la Ciudad de México (Iztapalapa o Coyoacán, por poner dos ejemplos).  

Y estas elecciones fueron sobre todo las del retorno del México plebeyo, las del “primero los pobres”, a pesar de que, paradójicamente, Morena y AMLO hayan ampliado su base de votantes con capas medias y medias-altas como nunca antes. Y junto a las y los de abajo, la juventud, y especialmente los ‘millenials’, que escogieron, aunque también pudiera parecer paradójico, al candidato de más edad para representarlos. Es, en definitiva, la victoria de lo popular frente a lo cupular.

Los datos

Las cifras del triunfo de López Obrador son más que contundentes.

Por primera vez en México, la izquierda va a gobernar el país, la Ciudad de México, y tener mayoría en el Senado y en la Cámara de Diputados. Además, tanto en el Poder Ejecutivo como en el Legislativo habrá paridad de género.

AMLO ganó además en 31 de los 32 estados de la República (sólo Guanajuato siguió apostando por el PAN). Especialmente significativa es la victoria en el mayor distrito electoral del país, el Estado de México, cuna del PRI, donde Morena y la coalición Juntos Haremos Historia gobernarán en 55 municipios (incluido la cuna del peñanietismo, Atlatomulco, además de Toluca y Ecatepec) frente a 33 ganados por el PAN y 23 por el PRI.

El triunfo moreno se dio también en cinco de los nueve estados donde la gobernación estaba en juego (CDMX, Veracruz, Chiapas, Tabasco y Morelos) y en 11 de las 16 alcaldías que conforman la Ciudad de México.

Y todo ello sin grandes brechas regionales en la composición del voto, así como tampoco de género, clase o estudios.

En el apartado de datos es necesario destacar no sólo la victoria de AMLO, sino la estrepitosa derrota del PRI (no se puede entender una sin la otra). No sólo no ganó ninguna de las nueve elecciones a gobernador, sino que en la elección presidencial tampoco consiguió ni uno solo de los 300 distritos electorales en los que se divide el país, así como ni una sola de las 32 entidades federativas. El viejo Partido de la Revolución Institucional se queda con menos del 10% de los 2.464 municipios mexicanos; y sólo por hacer una comparación, en la Cámara de Diputados tendrá un grupo más pequeño que el del PT, que hasta la pasada elección contaba con el 3% del porcentaje a escala nacional.

¿La cuarta transformación?

Andrés Manuel López Obrador ha sentenciado en numerosas ocasiones que se viene la cuarta transformación de México, luego de la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana. Una transformación pacífica y democrática (según los estándares de la democracia liberal).

Es claro que si la Revolución mexicana fue la primera revolución social de todo América Latina, y de todo el siglo XX, la producida el 1 de julio es una revolución electoral sin precedentes en la historia de México. Una suerte de jacobinismo de las urnas.

Y realmente, los cambios ya se empezaron a sentir. Antes siquiera de ser declarado presidente electo de forma oficial, AMLO ya ha hablado con Trump durante media hora, acordó un encuentro con el Secretario de Estado, Mike Pompeo, y se reunió en Palacio Nacional con el presidente saliente Peña Nieto, así como con las élites económicas agrupadas en torno al Consejo Coordinador Empresarial.

Pero, ¿qué tipo de gobierno podemos esperar de López Obrador?
En principio, un gobierno que pivotará entre la democratización institucional y el combate a la corrupción en el ámbito político, la redistribución económica sin afectar los intereses del gran capital en el ámbito económico, y la defensa de la soberanía nacional en el ámbito internacional.

En lo político, las prioridades son combatir la inseguridad y violencia que vive México, que provocó la militarización y paramilitarización de una buena parte del territorio para librar una guerra social de exterminio. El narco y la necropolítica serán el principal problema por enfrentar.

Asimismo, una batalla encarnizada contra la corrupción, lucha de la que AMLO ha hecho su principal bandera. Sin embargo, López Obrador se equivoca en dos cosas a la hora de encarar esta batalla: la corrupción no va a desaparecer por la mera voluntad del presidente, por muy honesto que él mismo sea (aunque es claro que perseguirla de manera efectiva, sea ésta cometida por compañeros o familiares, ayudará); y al contrario de lo que el próximo presidente afirma, la corrupción sí es un hecho cultural, profundamente arraigado en la sociedad, con un origen en el colonialismo y la lógica capitalista de la modernidad.

También es de esperarse una política de respeto a las libertades: la de prensa, el derecho a disentir, el respeto a la diversidad sexual o a los derechos humanos, como afirmó el propio AMLO en un spot de campaña, citando al intelectual mexicano Ignacio Ramírez ‘El Nigromante’: Yo me hinco donde se hinque el pueblo.

Entre los pendientes en el ámbito político que no se profundizaron durante la campaña electoral, la inclusión de los pueblos y comunidades indígenas. Fue un acierto la presencia de Marichuy en la precampaña para dar voz a los sin voz, pero es el nuevo presidente el que tendrá que diseñar una política de Estado para los pueblos indígenas, respetando su autonomía.

Si analizamos el área económica, es urgente y necesaria la redistribución de la riqueza en un país del G20 que no crece más del 2% anual, donde el salario mínimo son 88 pesos diarios (menos de cinco dólares), donde cuatro mexicanos tienen tanto como el 50% de la población más pobre, el 10% controla más de 2/3 de la riqueza nacional y el 1% acumula 1/3 de la riqueza de México.

La apuesta en el ámbito económico es clara, reforzar la soberanía sobre los recursos naturales, a partir de la auditoría de los contratos y concesiones obtenidas desde la reforma energética, y una apuesta por el mercado interno que permita una reactivación neokeynesiana de la economía. Asimismo, un plan de apoyo y empleo a jóvenes de la mano del empresariado, que habrá que afinar para que no se convierta en un programa de becas que autorice mano de obra barata a las élites económicas.