‘El Mazamorra’, testigo privilegiado de los planes y desenlace rebeldes

El óleo de Del Carpio (1778), posterior al cerco de La Paz, muestra una procesión por la plaza de armas, justo enfrente del Cabildo con sus 13 arcos.
Foto: Museo de Arte Sacro, La Paz

Cambio

Y después al 29 de junio, cuando en la casa de doña Vicenta Juaristi de Eguino (posterior pareja controvertida de Clemente, pues eran primos cercanos)  juró una veintena de patriotas “sostener la revolución  y protegerse mutuamente”.

Doña Vicenta informó esa noche del estado de la fábrica de municiones en los altos de Santa Bárbara, con 50 mil cartuchos y 200 tiros de cañón, en trabajo conjunto con las mestizas Simona Manzaneda y  Nieves Linares. 

Para entonces, Mariano Michel, enviado por Chuquisaca a La Paz junto a su hermano presbítero Juan Manuel Mercado, había vuelto a La Plata, pero su presencia durante más de un mes había resultado muy activa desde el 6 de junio hasta unos días antes del 16 de julio. 

Las tres jornadas  anteriores fueron quizá de mayor intensidad, pues los encausados en juicio por sedición dieron cuenta de reuniones el jueves 13, viernes 14 y el sábado 15, tanto en casa de Juan Antonio Figueroa como en el salón de billar de Mariano Graneros, el ‘Challatejeta’.

 Simulando el juego, los patriotas ultimaron los detalles para que durante la procesión se tome el cuartel, destituya a las autoridades y convoque a los jefes indígenas para que participen en el gobierno de la ciudad y de las provincias. 

Otro de los que jugaron papel activo fue el Melchor Jiménez, el ‘Pichitanka’, que sondeó la ambigua lealtad de los soldados de guardia, según se desprende de sus declaraciones efectuadas entre diciembre de 1809 y enero de 1810, en el proceso que les siguió la Corona (Ponce Sanjinés, HAM, 1954) y de la investigación efectuada por Juan Reyes (GAMLP, 2011). La siguiente versión  condensa los testimonios de la época.

Manuel Josef del Cosío 

Alias ‘El Mazamorra’. Natural de la ciudad de Lima, 28 años, sin destino alguno y casado con Manuela Garralde, natural de La Plata. Ignora cuál fue el origen que motivó la conmoción, pero dice constarle que en los altos de la casa de un sacerdote concurrían con frecuencia a la habitación  de un abogado de Charcas llamado Michel, los siguientes: Ramón Arias, el presbítero Mercado, Pedro Herrera, Matías Mercado, los hijos de Pacheco, dueña de casa y otros eclesiásticos y seculares. 

Confesó que a principios de junio se presentó en esa ciudad Michel expresando tener instrucciones reservadas de  la Real Academia de Charcas para acordar los asuntos que ya había evacuado en Cochabamba, aunque no translució esa comisión y sólo se lo vio entrar en la sala, donde abrió el pliego.

Y recordó que hace cinco años (1805) se suscitó expediente ante el gobernador Antonio Burgunyó   sobre sublevación que maquinaron Murillo, Torres ‘El Sietejetas’,  Tomás Palma y Romualdo Herrera, quienes después de arrestados y encausados fueron absueltos y puestos en libertad, a excepción del ‘El Sietejetas’ que se fugó desde el cuartel; y aunque se recogieron por el gobierno los pasquines que al efecto fijaron en los puentes de San Francisco y Churubamba escritos por Herrera, se indemnizaron a pretexto de ebriedad, por lo que no se volvió a hacer presión sobre el particular. 

Decisión final

Sobre los progresos en la casa de Michel e ideas de insurrección y sus perjuicios, insistió en que luego del regreso de aquél a La Plata, vio reunirse por el mes de julio en las casas de Murillo y con bastante frecuencia al presbítero Mercado, Ramón Arias, Francisco Monroy, al ‘Pichitanka’, Isidro Zegarra, Manuel Rivero, a ‘Challatejeta’, a Andrés, yerno de Murillo; a Landaeta y Pedro Cosío, quienes, lo supo mediante Juan de la Cruz Monje, aseguraron hallarse dispuestos a hacer una formal oposición al partido de los europeos, que querían oprimir a los americanos.

También que a resultas de reuniones en la casa de Murillo y de haber llegado en junio el extraordinario de Charcas con pliegos para el gobierno y cartas para tres, comenzaron a publicar  que, noticiosos de la entrega de estas vastas provincias a la dominación de la princesa del Brasil, se habían opuesto arrestando a Pizarro el 25 de mayo, aconsejando al vecindario paceño que despertasen del letargo; y que los individuos que asistieron a las referidas convocatorias se resolvieron por último en la casa de Monroy, y con ratificación de juramento que tenían hecho, a asaltar el cuartel de esta plaza apoderándose de todas las armas, artillería y demás útiles de guerra.