Esos lugares no lugares

 

Homero Carvalho Oliva*

Antonio Tabucchi es uno de mis escritores favoritos, ahora estoy disfrutando de su libro Viajes y otros viajes, una recopilación de lugares visitados y revisitados; uno de sus artículos se denomina Washington: una parada con Einstein, y en la introducción menciona las estaciones de trenes y al antropólogo Marc Augé, autor del libro Los no lugares, obra en la que —según Tabucchi— incluye estaciones, aeropuertos y supermercados, y los describe como “esos espacios arquitectónicos de nuestra época en los que pasamos buena parte de nuestro tiempo, pero que vivimos como ‘en suspenso’ porque son espacios de uso y de paso”. Como un buen libro nos remite a otro bueno, busqué el de Augé, cuyo título completo es Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad.
Marc Augé acuñó el término en 1990 y define a los “no lugares” de la siguiente manera: “Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar. La hipótesis aquí defendida es que la sobremodernidad es productora de no lugares, es decir, de espacios que no son en sí lugares antropológicos y que, contrariamente a la modernidad baudeleriana, no integran los lugares antiguos: éstos, catalogados, clasificados y promovidos a la categoría de ‘lugares” de memoria”, ocupan allí un lugar circunscripto y específico”. Según el autor, todos esos espacios, que no lugares, son proclives para un estudio de la “etnología de la soledad”.
Los últimos años los he pasado viajando, tanto por tierra como por aire, y debo reconocer que me gustan los supermercados al punto de que soy quien hace las compras en mi casa. Por estas razones leí el libro de Augélo en una tarde. Después de hacerlo recordé mis propios “no lugares”; sin embargo, debo aclarar que hasta hace unas tres décadas, en Bolivia los aeropuertos y las estaciones eran sitios de encuentro y todavía no existían los supermercados.
Haciendo un breve inventario de algunos “no lugares” que conozco, empezaría con la pista de mi pueblo, Santa Ana del Yacuma, que el año 1960, cuando salí en un avión carnicero hacia la ciudad de la Paz, era una simple planicie de ripio. Recordé el pequeño aeropuerto, de ese entonces, en El Alto y, en contraposición, su magnífica estación de trenes, un lugar que a mí me parecía inmenso y mágico, desde donde tomaba el ferrobús que iba a Cochabamba. También recuerdo la antigua estación de buses de la ciudad de Oruro y la de Santa Cruz.
Mi primera salida al exterior fue a la Ciudad de México, urbe pornográficamente grande para mi carácter aún provinciano y con un aeropuerto descomunalmente laberíntico. Eso fue en 1980 y desde entonces no he dejado de viajar por diversas razones. Conozco los aeropuertos de casi todas las capitales latinoamericanas, así como muchas ciudades europeas. Las estaciones de trenes más lindas que conozco son la de Florencia, Italia, y la Estación Central, en New York. No puedo dejar de mencionar la estación de trenes de Múnich y el inmenso puerto marítimo de Estocolmo. Hoy podría calificar como un “no lugar” también a las redes sociales. De cualquiera manera, “los no lugares” nos confirman que somos aves de paso. Y ahora en todas las capitales nos perdemos en los gigantescos mall, en los que existen de todo: cines, patios de comida, supermercados, boutiques, tiendas de electrodomésticos, celulares, muebles. En fin…
Susana Sanguineti, en su ensayo Cuando el no lugar se mete dentro de la casa, afirma: “Creo que los ‘no lugares’ son más bien lugares interiores propiciados por lugares de afuera, en donde el hombre se evade, donde quiere no ser más, donde quiere no pertenecer, ser uno más no diferenciado. Como el adolescente que en algún momento quiere irse no le importa dónde pero solo, donde nadie lo conozca, ni lo asfixie con cariño ni con requerimientos”. A todos nos pasa que a veces solamente queremos estar solos, pero no en nuestra casa, y entonces buscamos un café lejano, que esperamos no sea frecuentado por nuestros amigos ni conocidos, para leer o tomar algo y sentirnos a gusto con nuestro cuerpo, con nuestro espíritu y con nuestros recuerdos. 

*Escritor, poeta y gestor cultural