Burlando la vigilancia masiva

HOMBRES Y PROCESOS 

CONTRARIOS A LATINOAMÉRICA 

Por Alejo Brignole

El mundo sabe ya desde hace muchos años que quien controla la información controla la realidad y sus variables. En nuestra era digital y tecnológica, este axioma se ha vuelto una obsesión para algunos países, que han logrado crear un escenario de verdadera guerra silenciosa que se dirime en el plano informático. Tanto Rusia como Estados Unidos, China o la Unión Europea son emisores y grandes receptores de ataques digitales. Se cuentan por cientos cada día en sus sistemas de vigilancia, defensa o comunicaciones.

Sin embargo, el verdadero problema reside en la utilización que hacen estos pocos países de ese callado y sigiloso arsenal digital. Desde inicios de la década de 1990, Estados Unidos maneja el concepto denominado Joint Vision (visión conjunta), que consiste en tener cobertura total de comunicación y vigilancia en todo el orbe a través de redes interconectadas. Poco después, en 1996, el almirante estadounidense William A. Owens introdujo el concepto de “sistema de sistemas” en un artículo publicado por el Instituto para los Estudios de Seguridad Nacional.

Para lograrlo, la mayor potencia mundial ha invertido en estas dos décadas cientos de miles de millones de dólares en radares terrestres, en interceptores de frecuencias en el espacio y en satélites espías tanto de captación de datos y espectros de luz como fotográficos de alta resolución. Estos sistemas pueden fotografiar un rostro humano desde el espacio o leer el titular de un periódico desde su órbita satelital. E incluso detectar presencia humana bajo estructuras de hormigón.

Tales avances permitieron consolidar también un tipo de militarismo cimentado en la acción a distancia, lo cual ha ido generando también nuevas doctrinas de combate y estrategia, pero también una sociedad global reducida a un mero rehén del poder tecnológico concentrado.

Estos recursos lo utilizan los Estados más avanzados, saltándose de manera arbitraria conceptos como privacidad, derechos humanos, intimidad y muchos otros, dándole forma a lo que el filósofo y politólogo estadounidense Sheldon Wolin denominó tecnofascismo.

En este contexto, no hace falta ninguna aclaración o nota al pie para entender que Estados Unidos es hoy el mayor problema mundial para resguardar esos derechos ciudadanos. El hombre común que utiliza soportes digitales es vigilado de mil maneras por unas tecnologías que lo invaden, lo clasifican, lo indizan y lo desnudan mediante algoritmos que almacenan sus preferencias, sus desplazamientos físicos y sus rutinas diarias. Y por supuesto sus comunicaciones digitales habladas, grabadas o escritas.

Cuando en 2013 el exanalista informático de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense (NSA) Edward Snowden filtró los protocolos y datos que utilizaba la agencia norteamericana para la vigilancia de personas (incluidos los políticos y diplomáticos aliados de todo el mundo), la Aldea Global supo que estaba a merced de una superpotencia dueña de unos recursos extraordinarios que utilizaba sin ética y de manera irrestricta.

Muchos de esos documentos filtrados por Snowden (y antes por Julian Assange a través de la web Wikileaks) mostraron la estrecha colaboración que brindan los grandes proveedores de servicios digitales a las agencias gubernamentales norteamericanas. Tal sería el caso de Microsoft y todos sus servicios de correo electrónico o sistemas operativos. Y Google, con su Gmail, cediendo los datos generales del público que utiliza sus servicios. En el caso de Microsoft, su producto más afamado –el sistema Windows– es comercializado en todo el mundo con una denominada backdoor o puerta trasera que debió incluir como parte de acuerdos (probablemente forzosos) con el Gobierno estadounidense y sus agencias de seguridad.

Esta denominada ‘puerta trasera’ de un sistema informático consiste en una secuencia especial dentro del código de programación, mediante la cual se puede evitar los escudos de seguridad del algoritmo (autentificación) para acceder al sistema. Dicho más sencillamente, no es otra cosa que una puerta de acceso para que un determinado programa pueda ser voluntariamente hackeado y revisado por las agencias federales, u otros que así lo requieran.

Podríamos hacer una lista más extensa de las empresas que colaboran con el Gobierno facilitándoles el espionaje, según figuran en los cientos de miles de documentos filtrados por Snowden y Assange: Facebook, Apple, AOL, British Telecomunications, Vodafone y la todopoderosa empresa telefónica estadounidense Verizon, que son parte de un club mucho más numeroso de empresas colaboracionistas.

Eso incluye la violación de cifrados en sistemas operativos de telefonía móvil, como Android, o los encriptados de dispositivos como fueron los BlackBerry ya en desuso. La lista podría continuar.

Desde una perspectiva estratégica latinoamericana, esto resulta catastrófico si consideramos que nuestros organismos públicos, los medios de comunicación, las agencias gubernamentales y los movimientos sociales que luchan abiertamente contra las premisas hegemónicas estadounidenses en toda la región utilizan servicios digitales de la factoría norteamericana, facilitándoles la tarea en clasificación de datos y vigilancia. De esta manera, Estados Unidos sabe qué se debate, qué se planifica, qué se discute y qué se piensa en el seno de las organizaciones latinoamericanas refractarias a su influencia. En Bolivia, sin ir más lejos, estamos haciendo la Revolución avisando con anterioridad los pasos estratégicos que vamos a dar.

El episodio de Edward Snowden fue importante en múltiples aspectos, pues no sólo mostró una realidad oculta a la ciudadanía, sino que disparó algunas iniciativas verdaderamente valiosas para sortear el cerco vigilante que padece la sociedad global a través de los instrumentos que el capitalismo ofrece para un uso cotidiano y estandarizado.

La constatación de que los correos electrónicos son vulnerados mediante filtros de palabras, procedencia y temática hizo que un grupo de innovadores y científicos suizos creara el sistema de correos electrónicos ProtonMail (www.protonmail.com), que no sólo utiliza un sistema de doble encriptamiento, sino que además está domiciliado en Suiza y por tanto fuera de la jurisdicción estadounidense y de la propia Unión Europea. Esto garantiza la privacidad de sus datos y una saludable marginalidad política en cuanto a las presiones habituales que efectúa Washington a sus aliados de la OTAN (a la cual Suiza no pertenece).

Las cuentas gratuitas de ProtonMail de correo electrónico utilizan dos contraseñas de usuario codificadas y esta doble llave hace que los servidores de la empresa sólo puedan guardar los datos del usuario de forma encriptada, haciendo que la recuperación de dicha contraseña resulte imposible. Ni siquiera ProtonMail puede descifrar los mensajes de los usuarios, aunque ello sea solicitado por una orden judicial. El contenido de los mensajes solamente lo conocen el remitente y el destinatario si ambos utilizan ProtonMail. Al igual que Snapchat, ProtonMail también proporciona la posibilidad de poner fecha de caducidad a los mensajes de forma opcional, programando su eliminación del sistema después de un lapso determinado por el usuario.

La importancia de este tipo de herramientas liberadas de injerencias indebidas y lesivas de la intimidad se tornará con el tiempo en insustituible en un mundo cada vez más cercano a ese tecnofascismo descrito por Sheldon Wolin.