Todo el oro de Zaruma

Un lugar en el que los españoles descubrieron y explotaron el oro.

Aitor Arjol*

Zaruma huele a café y oro. Tal afirmación no constituye una metáfora, sino el sueño consciente del buen olfato. Una hermosa villa situada entre claroscuros y cerros casi pelados, perteneciente a la provincia de El Oro, en el sur de Ecuador. Asimismo declarada como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco hace veinte años, atendiendo a las particularidades de su fisonomía humana y a la legendaria riqueza aurífera de sus montañas cuya explotación alcanzaría su cenit durante el período colonial.
La Villa del Cerro de Oro de San Antonio de Zaruma tiene una larga historia que arranca mucho antes de que un reducido grupo de barbudos con armadura se presentaran animados por los rumores del oro que escondían aquellos cerros. Codicia, esperpento y la lógica de un controvertido espíritu aventurero corrían por las venas de un grueso de gente que irrumpiría en las montañas, poco después de que Pizarro hubiera entrado a Cajamarca camino de los reductos incaicos en Perú.
Quien mejor sabe es Vicente Poma Mendoza, el historiador más ilustre de la provincia de El Oro, quien en su obra Documentos de Zaruma: historiografía orense relata acerca de las primeras vicisitudes de aquella zona que se remontan al período entre 1531 y 1560. A diferencia de otros importantes enclaves mineros descubiertos con posterioridad en lo inhóspito de la selva o producto de desordenadas circunstancias, los cerros de Zaruma ya gozaban de una legendaria fama aurífera.
Como menciona el historiador orense, de 1539 data el registro del proceso judicial más antiguo, donde se da buena cuenta de las celebraciones en la coronación de Huayna Cápac, el antepenúltimo de los reyes incas. En tales ceremonias era usual la entrega de distintas riquezas tanto a los dioses como al rey, entre ellas oro, “que no tenía valor nominal pero que era utilizado en ofrendas sagradas, utensilios de belleza y hasta de carácter doméstico”, de forma que según aquellos legajos los “Quitus, Cañaris y Chinchasullos (…) ofrendaron al monarca dijes de oro de Zaruma”.
El mismo oro atrajo la fatal codicia de los conquistadores, hasta el punto que “el cacique Quinnara condujo millares de aborígenes a Cajamarca llevando oro con el fin de pagar el rescate de Atahualpa, se dice que cruzó el valle del río Piscobamba —arteria madre del Catamayo o Chira, pero cuando se enteró de que el Inca había sido sacrificado (…) resolvió enterrar el tesoro en galerías”.Con independencia de que la Zaruma fuera fundada por Alonso de Mercadillo o el capitán Salvador Román, en 1539 ya había comenzado la explotación de las minas de oro, asimismo alimentada con la constante presencia de militares, frailes y encomenderos en torno a aquella primitiva ubicación, que hacia 1560 fue nombrada como Asiento de Minas de Zaruma y finalmente en 1595 se constituye en San Antonio del Cerro Rico de Zaruma.
En el mismo período, las crónicas también aluden a que las minas de oro de Zaruma ya contaban con una treintena de ingenios metálicos traídos de Panamá y destinados a moler material pétreo.
Oro y más oro en los cerros cuya explotación sería indispensable en el sostenimiento y desarrollo económico de la Real Audiencia de Quito, pese a estar alimentada por palabras tan oscuras como los mitayos, juyungos, almojarifazgo o alcabalas. En 1574, el virrey Francisco de Toledo había ordenado “el establecimiento de la mita en Zuma”, con el propósito de abundar más en su producción, por lo que fueron traídos aborígenes y juyungos —negros provenientes de África— para trabajar en la extracción de oro en condiciones de esclavitud. 
A pesar de que la mita había sido suprimida en 1720 por Felipe V, tales deplorables condiciones permanecieron en la práctica hasta principios del siglo XIX, haciendo honor a una parte de la historia colonial ahí presente, junto con otros enclaves mineros, como Huancavelica, Logroño o Zamora, y que a grandes rasgos también recuerdan el infierno en las bocas de Potosí, estas últimas quizás más conocidas, pero descubiertas con posterioridad a las minas de la actual provincia ecuatoriana. Sobre tales y cuales entrañas se asienta hoy la villa de Zaruma, silenciosa y a menudo dormida en la bruma de sus bancales y laderas. Como testigo de aquellos tiempos, la mina del Sexmo: un recorrido limitado a 500 metros por una antigua galería recuperada, donde son visibles las historias que los cerros sí se atreven a contar.

*Escritor español