Nuestro Aleph

Jorge Luis Borges

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra?
¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado?
Borges - El Aleph

 

Pablo Cingolani*

A Julio Carmona

Cuando Ernestito, el alter ego del amauta, de José María Arguedas, el inmortal —otro cuento memorable de Borges, con el que arranca su libro más memorable: El Aleph—, cuando Ernestito, caminando por el Cusco, por el Cusco inmemorial, por nuestro Cusco, le dice a su papá: “Las piedras hablan, papá”, está resolviendo todos los enigmas, todos los olvidos, todas las visiones, todos los destinos. 
Cuando un niño habla, no sólo las piedras hablan, pueden hablar, sino que todo interrogante, toda inquietud, toda la desolación del hombre, encuentra un cauce, encuentra una morada, encuentra huella, horizonte, luz. 
Borges exploró como ninguno en la erudición, fue una rara avis —extraña pero nuestra— de la literatura profunda, de esa que sólo se escribe con el corazón en la mano. Pero a Borges se le escapó, de su corazón, de sus manos, de su pluma, la grandeza inconmovible de los Andes. 
La llanura inabarcable —habitante profuso de muchos de sus textos—, la llanura que cerca y acecha a esa Babel que es Buenos Aires le impidió ver las montañas, el duro cuarzo, el brillo de la obsidiana, los hombres que construyeron imperios y metáforas con la mera piedra, la simple piedra, esa donde el propio Borges intuyó que podía habitar otro Aleph. 
El niño, Ernestito, no sólo contesta las preguntas desesperadas de un Borges que siente cómo se diluye el amor, la pasión, la devoción por esa Beatriz Viterbo frente a la cual (frente a su foto) clama: Soy yo, soy Borges —una escena conmovedora, y desgarrante, digna también de un Shakespeare, digna de dioses, digna de Homero, digna de guerreros que sangran— pero que se disuelve frente a la inocencia de un niño que le asegura a su protector, a su sangre, a su mayor certeza: las piedras hablan, papá. Arguedas, que acabó sus días suicidándose —y ésta es otra historia que hablamos mucho con Álvaro Díez Astete y es la historia también de un Perú, de una América, que habrá que decir y asumir algún día, no este día, no en este texto—, pone en la boca de un niño —un niño, mi dios: toda la gracia en estado puro— la verdad de la verdad, el Aleph de todos los Aleph, la evidencia de que la sensibilidad, el amor, lo puede todo: puede hacer milagros, no prodigios (¿esto lo decía Kavafis? No recuerdo bien), puede hacer que las piedras hablen. 
El Aleph de Borges es oracular. Pero la verdad de Ernestito es más oracular aún. No es el Indostán, son los Andes. 
No son los tigres, son los jaguares, los uturuncos. No es sólo la grandeza de Alejandro El Magno, es la grandeza, la grandeza de la piedra labrada, la piedra hecha cultura, la piedra hecha irradiación de esa cultura, que encarnó en Pachacutec, en la metáfora tawantinsuyana, en el terrible y bondadoso poder de las montañas más temibles y amables de la Tierra: donde no sólo hay monjes que meditan como el Tíbet, sino ese pueblo indomable, ese pueblo desconocido aún para el ancho y ajeno mundo, ese pueblo criador y creador de montañas, de una cultura de las montañas, como es el pueblo de los Andes, como son los quechuas y los aymaras, moradores de esas montañas. 
Ese tesoro escondido lo alimentan, lo forjan y lo hacen crecer a diario todos nuestros hermanos que, como el niño Ernestito, saben que las piedras hablan y que, como don Borges, tal vez lo hayan olvidado o se extravían o se pierden en medio de tanta modernidad al pedo que no sólo puede confundirlos a ellos, sino sobre todo a nosotros, los hijos putativos de Borges.
Voy a esto: entre la inquietud sincera de un Borges a la mística esclarecedora de Arguedas, hay un lazo, hay un sinceramiento común, hay un desgarro compartido, hay una realidad-real que es la nuestra. 
En esa tensión, los de aquí debemos definir todo, y cuando digo todo es pobreza, marginación, exclusión, discriminación, racismo, democracia, mercado, globalización, tecnología, futuro, sentido común. 
Respuesta, sin repetir y sin respirar: o seguimos preguntándonos dónde queda nuestro Aleph o seguimos la huella del niño, esa verdad, tan simple, como las piedras, que hablan, que nos hablan y que han construido caminos, acueductos, casas, silos, muelles, rumbos, fortalezas; esas piedras que han construido un lenguaje, una filosofía, un pensamiento, un latir, una poética; esas piedras que han construido poder, organización, amparo, economía, filosofía: esas piedras que una vez se elevaron para construir un arraigo, un sentido, una patria.
Somos hijos de las piedras. No somos, nunca seremos, nunca vamos a ser parias. Como Ernestito, simplemente, hay que escucharlas. 
Esto es un final y esto es personal: la escena más conmovedora de Los ríos profundos, la obra magna de José María Arguedas, es cuando, precisamente, el río, el río profundo, el padre de todos los ríos, el rey de los ríos, el señor de todos los ríos, el monarca de las aguas, el dios, el espíritu de las aguas, se manifiesta, clama por volver a la vida de los hombres, los incita, los busca sublevar para que retornen y regrese esa comunión líquida, con lo líquido, que es lo mismo que decir con la vida.
El amauta lo resuelve, tan honda como simplemente, invocando tres veces —las tres veces que Pedro negó a Cristo— repitiendo el nombre del río: Apurímac, Apurímac, Apurímac. Nunca sentí tanto ardor, ni tanto estremecimiento ni tanta belleza sintetizada en tan solo una palabra. Tal vez allí, también, se encuentre oculto otro de nuestros Aleph. 
Río Abajo, 10 de junio de 2018

*Escritor argentino