¿Por qué es importante la cooperación con Rusia?

Alejo Brignole *

A pesar del predominio militar desplegado por Estados Unidos en todo el mundo, con cerca de un millar de bases operativas en todos los continentes y con el mayor presupuesto bélico en la historia de la humanidad, existe un cuasi unánime acuerdo en un tema sensible para Washington: Estados Unidos no podrá ejercer su hegemonía unilateralmente en lo que queda de este siglo XXI.

El sueño unipolar acariciado con primor tras la caída de la Unión Soviética en 1991 se hizo trizas apenas una década más tarde, cuando China comenzó a consolidar sus políticas económicas e industriales y cuando Rusia inició un rearme que desoxidó la vieja maquinaria militar soviética.

La promesa rota por Estados Unidos hecha a Mijaíl Gorbachov de no llevar la OTAN hasta los países del Pacto de Varsovia y mucho menos hasta las fronteras rusas fue el detonante que despertó a Moscú de su letargo. Con la incorporación de Polonia y Hungría en 1999, y en 2004 con otros países que fueron parte de la Rusia soviética, como Bulgaria, Estonia, Lituania, entre otros, Rusia comenzó a restaurar su protagonismo internacional interventor que paulatinamente contuvo los avances estadounidenses en todo el orbe.

Bajo el gobierno del actual presidente Vladímir Putin, la anexión de la península de Crimea como territorio de la Federación Rusa, en 2015, significó una respuesta contundente al expansionismo de la OTAN, asentada en las propias fronteras rusas.

Hoy Moscú apuesta fuerte en el escenario internacional y su apoyo a Bashar Al-Asad en la guerra Siria es un excelente ejemplo de la contención forzosa que le impone a una Europa tutelada por Washington. También pone de manifiesto aquella conclusión que los analistas actuales abordan: a Estados Unidos se le está acabando el libre juego en el que podía ejercer de policía del mundo.

Que Washington y sus sostenedores del complejo militar-industrial entiendan estas nuevas reglas ya es materia para otro análisis. De esta comprensión, o de su contumaz negativa —hay que decirlo— depende la suerte de la humanidad, pues la historia nos enseña que en el juego de las tensiones geoestratégicas la guerra suele ser el recurso para dirimir la supremacía.

Por otra parte, Estados Unidos ya entiende —o entenderá por diversos medios— que China en lo económico y Rusia como parapeto militar le quitarán valiosos espacios vitales, los cuales deberá compartir —en el mejor de los casos— en pie de igualdad o negociándolos. Como dato añadido, los nuevos escenarios devienen peligrosamente militarizados, pues en ellos se juegan intereses vitales para las respectivas economías.

Una de las primeras muestras más claras de la creciente debilidad estadounidense a nivel global fue la cumbre en Singapur, celebrada el 12 de junio entre Donald Trump y su —publicitado— archienemigo de Corea del Norte, Kim Jong-un.

Rusia, pero sobre todo China, ya le marcaron el campo de juego a Donald Trump en la escalada militar que protagonizó con aquel régimen comunista. A pesar de las vociferaciones del magnate inmobiliario que amenazaba con regresar a Corea del Norte a la Edad Media, finalmente tuvo que peinarse el jopo, plancharse la corbata y sonreír para la foto con uno de los más publicitados protagonistas del eje del mal de este siglo XXI.

Si tuviéramos que resumir en una frase estas rupturas evidentes en la tradicional política exterior norteamericana, históricamente agresiva, avasallante del derecho internacional y lesivo para cientos de países, sería: “se acabó la fiesta”. Va llegando la hora de usar las palabras en vez de la aplastante maquinaria bélica, tan cómoda, lubricada y eficiente cuando se tata de aplastar a los más débiles. El problema para América Latina reside en que es —en efecto— una región débil en lo militar y artificialmente dependiente en lo económico y geoestratégico.

De allí que Estados Unidos ya tiene en su agenda futura un mayor avance táctico de proporciones imperiales sobre todo su patio trasero, el cual ahora ha extendido hasta los confines australes de la Patagonia argentina.

Aquella Doctrina Monroe de 1823, que reclama para Estados Unidos todo el continente, ya fue relanzada en este siglo XXI. Una jugada que promete ser virtuosa para los intereses de Washington, pero siniestra para los pueblos del sur continental. Tales proyecciones, ciertamente agoreras, prevén una recolonización de nuestros recursos y el secuestro institucional tal como está ocurriendo en Brasil, Honduras o Paraguay, entre otras naciones del entorno. Atento a ello, no debemos olvidar que el factor multipolar puede ser utilizado defensivamente por nuestros gobiernos si queremos sobrevivir como naciones soberanas ante ese avance ya en marcha. Introducir a Rusia y China en la ecuación estratégica, sobre todo en el campo militar y en la cooperación económica no participativa de Estados Unidos, será clave en el siglo que corre. El presidente Evo Morales —que estuvo de visita de trabajo en Rusia durante esta semana— anunció acuerdos en dos áreas sensibles en esta nueva heterodoxia multipolar: cerrará convenios de exportación comercial entre La Paz y Moscú, y Rusia cooperará en la modernización de las Fuerzas Armadas bolivianas.

Si tomamos en cuenta que uno de los ejes en que ha girado la dominación hemisférica de Washington fue siempre la dependencia tecnológica militar, veremos que éste es el camino más acertado. Históricamente Estados Unidos nos vende armas y dicta los cursos técnicos para la utilización de los equipos adquiridos (ya sean misiles, aviones, radares o helicópteros).

Fue en esos intercambios donde se afianzó el nocivo adoctrinamiento de nuestras FFAA. Romper con este cordón umbilical en que el proveedor resulta ser también el saqueador es la gran tarea que América Latina debe encarar en esta centuria.

De igual manera, debemos asegurarle a China y Rusia ciertas fuentes de recursos desde una posición cooperativa —no dominante ni subordinada— como instrumento para inhibir la apropiación pretendida por Estados Unidos de nuestros recursos. La implicación de las potencias emergentes en el delgado equilibrio de las naciones periféricas será lo único que logre moderar —junto a una actitud soberana— el poder que Washington pretende ejercer en las próximas décadas.

Y por supuesto debemos limpiar la discusión en torno a si China significa un nuevo imperialismo o una dominación latente para nuestra región, como afirmó cínicamente Rex Tillerson en febrero de este año siendo aún secretario de Estado. “China se está afianzando en América Latina, está usando el poder económico para llevar la región a su órbita. La pregunta es, ¿a qué precio?”, dijo sin pestañear.

También calificó como “alarmante” la mayor presencia de Rusia en la región y su venta de armas a países enfrentados a Washington. Y en un alarde de cinismo se atrevió a advertir: “América Latina no necesita un nuevo poder imperial”.

¿Se estaba refiriendo al viejo poder imperial portugués, inglés o español, o hablaba de su propio país imperialista?

Lo cierto es que América Latina tiene entre manos una oportunidad histórica en el reacomodamiento global que está produciéndose, por ser no sólo una de las regiones planetarias más ricas, sino también menos conflictivas y homogéneas culturalmente. Acrecentar estas alianzas será la manera de evitar un nuevo y brutal siglo de expolio y genocidios exportados por el vecino del norte.

* Escritor y periodista