El Robinson y la literatura de los naufragios

Aitor Arjol*

Una isla desierta. Un hombre desaliñado y con el sol marcado en las costillas otea el horizonte. Se ha puesto la mano en la frente a modo de visera para no dejarse encajonar por el exceso de luz radiante y pesada del mediodía. En el pecho le cuelga un viejo arcabuz asido a una correa negruzca y dos bolsos de similar índole cargados de pedernales y pólvora, respectivamente. Registra el infinito en toda su extensión. En busca de alguna señal manifiesta. Alguna goleta que por casualidad registre la isla en los hilos de su travesía. Cualquier gesto o atisbo de civilización. 
El hombre lleva casi un año repitiendo cada dos o tres días la rutina de revisar concienzudamente el paisaje del océano, aquejado de soledad y el frecuente vuelo de pájaros y raras aves, algunas de las cuales le sirven de acompañamiento en una dieta, severa al principio por el desconocimiento del medio y después profusa en pescado, marisco, algunas leguminosas que tuvo la oportunidad de cultivar por su cuenta y la carne de unos extraños roedores del tamaño del gato de la abuela Margaret, según recuerda en sus ratos libres, de cuando el gato arañaba la cancela del jardín para llamar la atención o mantener las uñas afiladas.
Pero de momento no surge novedad alguna en el extraño horizonte de aquel marinero preso de la soledad. Demasiado tiempo incluso el vuelo de una mosca que para cualquier habitante de Londres pasaría desapercibida y aquí, sin embargo, se transforma en un juego matemático de parábolas, brisa caliente y porcentajes en cuanto a las posibilidades de que el insecto se pose en tal o cual parte del ramaje. Sombra sobre sombra. Eso piensa. 
Pero finalmente, el náufrago se levanta de su improvisado asiento y rehace el camino de vuelta a su escueta cabaña. A un lado de la puerta de entrada al habitáculo yace una alargada mesa construida con piezas de madera de distinta índole y al lado de lo que pareció ser un cabrestante, descansa la sombra de un sextante, la tapa de una brújula que alguna vez señaló el norte y restos de otro reciente hallazgo, pues ayer la marea había devuelto un remo partido y un cofre cerrado a cal y canto.
Náufrago, isla y naufragio. Los tres principales elementos de una fugaz visión descrita que han permanecido en nuestra literatura hasta el presente. Casi todos los teóricos y lectores conocen esta literatura como sinónimo de Robinson que inclusive el Diccionario de la Real Academia de la Lengua define como “hombre que en la soledad ajena y sin ayuda llega a bastarse a sí mismo”, en clara alusión a la obra Robinson Crusoe, escrita por Daniel Defoe, en 1719. Una narración de la que su autor poco podría sospechar que con el tiempo acabaría siendo considerada como la primera novela de aventuras, así como el punto inicial de una saga de robinsones de toda procedencia y circunstancia, en el afán de que cada país quería tener su propio Robinson particular, así como las particulares recreaciones que del mismo personaje harían otros escritores de renombre, incluso en la actualidad.
En efecto, el escritor inglés era un exitoso comerciante inglés, en una época y contexto donde las aventuras oceánicas, las exploraciones marinas y la búsqueda de territorios estaban a la orden del día. De la misma forma, una incipiente clase media dedicada al comercio también pensaba en dotar de una educación alternativa a sus hijos. Es el caso de Daniel Defoe, quien había escuchado la historia real de un marinero llamado Selrik, al que habían abandonado en la isla de un archipiélago asilado en mitad del océano Pacífico y que sobrevivió durante cuatro años hasta que lo rescataron y regresó a Londres convertido en toda una celebridad para curiosos y profanos.
Daniel Defoe se basó en aquellos hechos para escribir Robinson Crusoe en apenas dos meses y con el propósito inicial de enseñarle a su hijo cómo salir frente a las adversidades. La acogida de la novela fue espectacular y terminó dando origen a una interminable lista de robinsones. El propio Rousseau escribió un tratado pedagógico en el que además de motivar a los niños a que aprendieran por sí mismos a partir de su propia concepción del mundo, añadía que Robinson Crusoe sería la única obra que recomendaría a su pupilo. En Alemania, Joachim Heinrich Campe escribió El nuevo Robinson, en 1779, aunque más bien adaptado a un propósito más moral y religioso. En España la novela de Daniel Defoe había sido prohibida por la Iglesia Católica y tuvo que ser el fabulista Tomás de Iriarte el que diera entrada a la versión de Campe. En 1812, Rudolf Wyss posibilita la publicación de una versión suiza, ‘el Robinson suizo’, protagonizada por una familia al completo. Incluso en 1852, la escritora canadiense Catharine Parr Traill también sucumbió a la misma moda y escribió un Robinson canadiense. O el propio Julio Verne, que aportó dos novelas a la saga: Escuela de Robinsones (1882) y, sobre todo, Dos años de vacaciones, en la que esta vez naufraga toda una legión de niños en una isla llamada Chairman, en la que tendrán que salir adelante haciendo uso de notable ingenio.

*Autor español.