El mejor amigo del hombre

Nunca desacató las instrucciones que le impartía ni desoyó mi voz de mando. Yo levantaba la mano y él agitaba la cola.

Víctor Montoya*

Un compañero latinoamericano, al retornar a su país después de diez años en el exilio, se encontró con la enorme sorpresa de que su perro era el único ser que no lo había olvidado, pues el perro, según le contaron los inquilinos, no dejó de ladrar ni batir su cola desde cuando lo sintió llegar a la plaza del pueblo. 
Esta anécdota, que él me la refirió en una de sus cartas, me recordó a Ulises, el héroe de la “Odisea” y rey de Ítaca, en la que el viejo perro Argos, agobiado por una misteriosa enfermedad y abandonado sobre un montón de boñiga, murió de felicidad al ver por última vez a su amo.
La anécdota me recordó también a mi perro, que murió atropellado por un auto que le partió el espinazo. Se llamaba Laika en homenaje al primer can lanzado al espacio en calidad de astronauta; era pelado como los perros de la puna, veloz como el perro Argos de Ulises, flaco como el perro galgo de don Quijote y bravo como el perro Buck de Jack London. Lo cuidé desde que era apenas un cachorro, desde que me lo regalaron envuelto en un aguayo. Él creció lamiéndome la cara y yo contemplándole sus brillantes ojos de azabache.
Con el paso del tiempo nos hicimos amigos inseparables, tan inseparables que mi madre nos servía la comida juntos y juntos nos bañaba en la batea. Lo apreciaba como a un hermano; era un perro obediente, hecho de instintos y reflejos condicionados. Nunca desacató las instrucciones que le impartía ni desoyó mi voz de mando. Yo levantaba la mano y él agitaba la cola, le disparaba con el índice y él se tiraba con las patas en alto. Así nos la pasábamos todo el rato, jugando como dos niños que se divierten hasta más no poder. 
Por las mañanas me acompañaba a la escuela y por las tardes me esperaba sentado junto a la puerta, dispuesto a jugar con la pelota de trapo, que él escondía detrás de una tapia habida en el fondo del patio. Jugábamos hasta que la luna se mostraba en las alturas y mi madre nos llamaba a cenar. Después me ponía a hacer los deberes y él iba a recostarse en su caseta, desde cuya puerta vigilaba la casa con un ojo cerrado y el otro abierto.
Aunque era de regular tamaño, lucía una recia musculatura y unos colmillos afilados que infundían miedo y respeto. Lo pude comprobar el día en que nos atacó un bóxer de pelo corto y hocico chato, que tenía fama de ser depredador de peatones y jefe de una manada de perros sin dueño. El hecho ocurrió de un modo insólito. El bóxer, al vernos cruzar por la calle, se desprendió de la cadena corrediza que lo sujetaba de la collera y se lanzó al ataque, estremecido de furor y echando espuma por el hocico. Yo me quedé helado de pavor, pero mi perro, con los ojos ardientes como ascuas y el pecho resollándole más de lo habitual, se le enfrentó con una valentía admirable. 
Por un instante, no muy lejos de mis ojos, se mordisquearon sin piedad, hasta que mi perro le hincó sus afilados colmillos en el pescuezo y lo revolcó en el suelo, como quien pone a prueba sus instintos salvajes. Pasado el incidente, en medio de un fino polvo que se disipaba en el aire, el perro bóxer se retiró con el rabo entre las patas y relamiéndose las heridas, mientras mi perro, dispuesto a defenderme y salvar su propio pellejo, se me acercó jadeante y con una mirada que parecía decirme: “Soy el mejor amigo del hombre”. Después corrió haciendo cabriolas y yo lo seguí a pasitrote, pensando que un perro valiente es más temible que el cancerbero de tres cabezas que guarda las puertas del infierno.    
Desde entonces se acrecentó nuestro afecto mutuo y se prolongó hasta el día en que murió en mis brazos, tras ser atropellado por un auto que le partió el espinazo. Su muerte me causó un dolor inmenso, lloré y lo enterré en el fondo de una quebrada, donde no llegaba la corriente del río ni el silbido del viento.
Años después, cuando le conté esta historia a un amigo sueco, éste me miró con una chispa de ironía y preguntó: 

–¿Es verdad que los perros de tu pueblo duermen en el patio? 

–Sí –contesté–. Los perros no son objetos de adorno sino los candados de la casa, los guardianes de los bienes de sus dueños. Los perros, como los humanos, tienen sus derechos y sus deberes, y, aunque se los cuida y ama demasiado, no se les cepilla los dientes ni se les atusa el pelo. Los perros de mi pueblo no están acostumbrados a consumir alimentos envasados sino a comer lo que sobra en la olla o en la mano. Los perros de mi pueblo se crían a cielo abierto y no como pájaros enjaulados. No necesitan que nadie los sobreproteja ni les cambie el paño, pues son perros que responden a su propia naturaleza, sin que por esto dejen de ser los animales más nobles y los mejores amigos del hombre.

–Lo que es aquí –dijo resignado el amigo sueco–, el perro ha dejado de ser perro para convertirse en amo y señor de la casa. Por si fuera poco, los perros ya no ladran ni muerden, son perros modernos en una sociedad moderna.

–Así es –le dije–. Los perros son como los humanos, mientras más tienen, menos ladran.

*Escritor y pedagogo