El imperialismo visto desde abajo

Espacio de Formación Polítíca

Por Alejo Brignole

Al considerar el problema de los imperialismos en América Latina acuden invariablemente referencias históricas ineludibles que nos remontan a los primeros procesos hegemónicos: el luso-hispano en primer lugar y luego el reparto tardío que consumaron potencias europeas como Francia, Inglaterra u Holanda en América del Norte y el Caribe con algunos enclaves en Sudamérica.

Podríamos incluso alargar la mirada hacia los imperialismos precolombinos como el azteca en el siglo XV y el incanato del siglo XVI, que fueron fuertes en sus zonas de influencia (el actual México y la cuenca sudamericana del Pacífico, respectivamente). Estos imperios originarios también ejercieron dinámicas tangentes a las que luego padeció América Latina con los imperialismos europeos: fueron dominantes, explotadores de recursos y sometedores de los pueblos mediante el vasallaje.

En el caso del imperialismo azteca, su caída tras la irrupción de Hernán Cortés en 1519 nos deja muy interesantes lecciones respecto de las fuerzas utilizadas en los equilibrios imperialistas y sus mecanismos liberadores. En el juego de las alianzas, los pueblos sometidos por el poder fortalecieron a unos invasores —los españoles— infinitamente más opresivos que el poder azteca.

Una característica presente en prácticamente todos los procesos imperialistas de la historia, desde el Imperio Persa bajo Jerjes en el siglo V a.C hasta el Imperio Romano, el británico o el francés del siglo XIX, ha sido la utilización de los propios conquistados como fuerza de choque imperial. Es decir, se metaboliza a los pueblos sometidos para que sirvan al proceso expansivo que los sometió. Y si Roma utilizaba a los tracios e hispanos en sus legiones, los británicos lo hicieron con los cipayos de la India o con los Gurkhas nepalíes, que aún en la actualidad forman parte de las tropas de asalto del Reino Unido en varios conflictos.

Los ejércitos napoleónicos que dominaron a casi toda Europa desde 1801 hasta 1815 no estaban formados sólo por soldados franceses, sino que Bonaparte reclutaba tropas de los propios territorios doblegados al influjo francés. Batallones de suecos, italianos, españoles o alemanes formaban una parte considerable de la Grande Armée.

Por supuesto, estos mecanismos de asimilación no están exentos de peligros, pues introducir al enemigo en las propias filas ha significado muchas veces un debilitamiento interno cuando el poder imperial decae o se tambalea. La Batalla de Ayacucho de 1824 fue un excelente ejemplo, ya que las tropas españolas —compuestas por indígenas y mestizos— traicionaron a sus reclutadores y desordenaron el combate en favor del mariscal Sucre, dándole la victoria a los independentistas.

Pero prescindiendo de estos antecedentes más profundos que la historia nos ofrece, hablar de la problemática imperialista en América Latina significa abordar ineludiblemente el imperialismo estadounidense, cuyos primeros vestigios se remontan a 1823, cuando fue enunciada la doctrina Monroe.

Sintetizada en la frase “América para los americanos”, este enunciado fue en realidad elaborado por John Quincy Adams y atribuida luego a James Monroe —ambos presidentes de Estados Unidos— y establecía que cualquier intervención de los Estados europeos en América sería vista como un acto de agresión que requeriría la intervención de Estados Unidos.

Y aunque esta doctrina en principio se perfiló como una defensa regional contra las potencias europeas —hegemónicas y colonialistas— luego sirvió para consolidar el nuevo imperialismo estadounidense. Algo que resultó trágico para los pueblos no anglosajones de América, incluidos los propios españoles, que terminaron siendo desalojados de sus últimos retazos imperiales en América al finalizar el siglo XIX.

El problema que significó y aún significa con especial importancia el imperialismo norteamericano en nuestra región debe abordarse desde múltiples enfoques, pues su influencia salpica todos los aspectos que atañen a un poder totalizador. Implica una hegemonía cultural, militar y económica. No obstante, reside en esta última razón —la economía— el principio motor de todo imperialismo, tal como la historia nos demuestra.

La extracción y la transferencia de riquezas hacia la metrópoli resulta así la dinámica prevaleciente. Es decir, se asegura el bienestar y la supervivencia del poder central a través de la explotación periférica tutelada mediante mecanismos opresivos, en general de índole militar, pero también de sesgo cultural, que son los que finalmente aseguran una sumisión pasiva de los explotados.

Este componente cultural lo han entendido muy bien los pensadores estratégicos, que fueron dando forma a la hegemonía estadounidense en América Latina. Convencer antes que vencer. Colonizar las mentes, los razonamientos y los paradigmas sociales para facilitar así todas las otras penetraciones funcionales al dominio del hegemón (en este caso la nación norteamericana).

Atento a ello, las luchas antiimperialistas de América Latina desde mediados del siglo XIX fueron tomando forma tras la firma del Tratado Guadalupe-Hidalgo de 1848 (donde México perdió la mitad de su territorio expoliado durante la administración de James K. Polk).

Muchos pensadores refractarios al colonialismo informal estadounidense advirtieron que la lucha debía entablarse, ante todo, en el campo de las ideas. No bastaba combatir con las armas los procesos intervencionistas perpetrados manu militari por diversos gobiernos estadounidenses (contra Nicaragua, República Dominicana, México, Cuba, Granada, Guatemala, Honduras, Colombia, entre otros), sino que la batalla estaba en el campo psicosocial, en las ideas y sobre todo en los procesos educativos, como el gran muro de contención hacia las formas invisibles de dominación. Algo que entendieron muy bien pedagogos como el brasileño Paulo Freyre o políticos como Salvador Allende y Fidel Castro.

Estas vertientes antiimperialistas en América Latina —haciendo un análisis más detallado— podríamos englobarlas en tres tipos claramente definidos: una tipología intelectual, cuyos representantes serían innumerables en estas páginas. Citaremos apenas a los peruanos José Carlos Mariátegui o Raúl Haya de la Torre, el argentino Jorge Abelardo Ramos, o el boliviano Sergio Almaraz Paz, entre tantos otros.

En otro campo de lucha se da en el terreno institucional y político, donde sin dudas destacaron figuras como Jacobo Árbenz en Guatemala, Salvador Allende en Chile o Jorge Eliécer Gaitán en Colombia (éstos últimos asesinados por manipulaciones de Washington).

Pero también la vertiente militar del antiimperialismo ha sido principal como respuesta orgánica, en tanto recurso necesario ante el avasallamiento de facto que impone toda hegemonía a través de las armas. En este campo, resultan protagonistas ineludibles el nicaragüense Augusto César Sandino, Ernesto Che Guevara, el mexicano Emiliano Zapata o el propio José Martí.

El caso de Martí resulta en extremo interesante, pues se emparenta con la figura de su compatriota Fidel Castro en un aspecto destacable: ambos fueron antiimperialistas consumados en los tres aspectos necesarios de la lucha: el militar, el intelectual y el político. Dominaron los tres campos, pues trabajaron activamente para educar en la emancipación, mientras luchaban con las armas y además establecían arquitecturas políticas para la independencia.