Imágenes del mundo rural

Ramiro Ramírez S.*

Teodocia
Mestiza agitada. Mezcla de afro y aymara. Cabellos negros y lacios, piel brillante, morena. Fugaz como el viento, Teodocia de la Villa Alto.

 
Dominga
Con el torso desnudo y las trenzas sueltas está Dominga. Emerge del río fresca, empapada. Su cabellera negra destaca entre las piedras pulidas por la corriente cristalina. 
Sus trenzas desatadas la envuelven hasta la cintura. En sus ojos vivaces se refleja un río agitado. Dominga parece flotar en el aire de Las Palmeras. Su inocencia desnuda está lejos de la furia que domina monte adentro.

 
Alicia
Como quien atiende su puesto en la acera de la esquina, está sentada en el suelo. Sus delgadas piernas blancas forman una equis cubierta por largas polleras que le sirven a la vez de mantel. En el centro de la equis ha puesto su manjar verde. 
Mastica y mueve la boca con avidez mientras un hilillo continuo de savia delinea su dentadura. El sombrero de chola le queda pequeño. Sus trenzas delgadas descuelgan doradas detrás del pabellón de sus orejas.
Ha comenzado un ampliado campesino y ella está en primera fila, casi solitaria. Las demás mujeres están algo rezagadas, silenciosas.  La miran y sonríen. Sus piernas de leche dejan al descubierto la profusa vellosidad de sus canillas. Su figura espigada, esquelética, destaca entre las comisas ocres y los sudores de la asamblea. Unos gruesos lentes amplifican sus ojos celestes intensos, sus cejas espesas se mueven al compás de su mandíbula sujeta por flexibles ligamentos, como toda ella.
En una comunidad la observan como un bicho raro. Algunos malintencionados la pintan como el mismísimo demonio y andan difamándola. Es que a veces tiene un tufo a trago feroz. “No queremos que esté en la comunidad”, dicen algunas mujeres que creen que Alicia viene de otro planeta.

 
A Esther/Dominique
El padre Hugo hizo un gesto casi infantil de complicidad. “Estas monjas sí que son mujeres”, le dije pensando en Esther y Dominique, que estaban empeñadas no sólo en terminar un bellísimo templo en el pueblo sino porque sus fieles cumplieran un poquito con la palabra de Dios. Se las veía siempre movilizadas, inquietas, preocupadas porque para ellas esto de los derechos humanos se había convertido en algo más que rosarios y crucifijos, por eso muchas veces se vieron envueltas en sendos líos. 
El corregidor y sus amigos quisieron satanizarlas entre la gente para ahuyentarlas. Alguna vez incluso les prendieron fuego al pino de su casa y les dijeron que fue un accidente. 
Ellas denunciaron abusos contra la gente y buscaron en vano justicia. Es que además de hermosas y gentiles, las dos monjas tenían coraje de sobra y una inmensa ternura en la mirada.

*Periodista